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jueves, 28 de octubre de 2010

SE FUE

¿Qué se puede decir de una chica que se fue?
Poca cosa. Puedes recordar cómo era. Los buenos momentos que pasaste con ella. Puedes hablar de sus manías (las manías siempre resultan entrañables cuando se habla de ellas en pasado). O puedes decir que te quiso, y que la quisiste. También puedes gritar que no es justo, que nadie debería morir a los 30 años. Pero todo esto no servirá de nada. Se fue, y ya está.

Se fue un domingo de Octubre, hace ya mucho tiempo. Años. O días. Quizá fue hace sólo unos minutos. ¿Qué más da? ¿Qué importancia tiene el tiempo, ahora? ¿Cómo se puede medir el tiempo transcurrido desde que tu vida dejó de existir? Cuando ella se fue, se lo llevó todo. Me dejó solo, y eso fue igual que no dejar nada. O quizá fue aún peor. Infinitamente peor que no dejar nada: me dejó un recuerdo. El recuerdo de su última tarde.

La habitación de hospital era triste. Las paredes tenían un extraño color gris que no hacía nada por elevar el ánimo de los internos y sus familiares. Ella estaba en la cama, en el centro de la habitación. Parecía minúscula y frágil. Sobre todo frágil. Aunque seguía siendo bella.

Sus padres habían insistido en intentarlo todo: los mejores médicos, aquella carísima clínica privada, consultas con especialistas, todo. Aquello les costó una pasta larga, supongo. La misma que le habían negado a su hija cuando decidió casarse conmigo. El destino es curioso, a veces. Puedes regatearle los fondos necesarios para la felicidad, pero tarde o temprano acabará haciéndote pagar. En cualquier caso, no sirvió para nada. En ocasiones, la enfermedad gana la partida, y no es cuestión de dinero. De cualquier modo, nunca pude sentirme agradecido. Nunca supe si considerar aquella tardía preocupación por la vida de su hija como un primer favor o como una última burla.

Porque es cierto que en aquel momento sus padres nos proporcionaron comodidades. Pero nos robaron algo mucho más importante. Nos robaron tiempo, intimidad. Nos quitaron algunos minutos, cuando nosotros ya sentíamos que cada instante tenía el infinito valor de las cosas infinitamente escasas. Sin embargo, ella insistió. Sabía que aquella era la única forma que sus padres tenían de intentar reparar errores, de hacer las paces. De pedir perdón. Ella siempre sabía perdonar. En eso, como en tantas otras cosas, éramos muy distintos: yo nunca he sabido.

De hecho, creo que ser tan tremendamente diferentes fue lo que nos hizo encajar. Nuestra historia fue extraña desde el principio: ella era una chica de buena familia, guapa, brillante, y con un extraordinario talento para el piano. Estaba destinada a triunfar. Hubiera debido encontrar un hombre como ella, enamorarse y ser feliz. Pero se enamoró de mí. De alguien que no podía darle la felicidad, ni una vida cómoda, ni un futuro seguro y confortable. Ella podía haber tenido a cualquier hombre, pero me eligió a mí. Nunca acerté a comprenderlo. Yo sólo podía quererla. Supongo que a ella le bastaba así.

A sus padres no, desde luego. Ellos lo vieron de otra forma. Seguramente más realista. Estás tirando tu vida a la basura, le dijeron. No esperes que te ayudemos a hacerlo. Él o nosotros. Ella no lo dudó. Salió de la casa de sus padres con un portazo, y entró de lleno en su propia vida. Conmigo. También era una chica valiente.

Nos casamos por lo civil, en una ceremonia sencilla a la que sólo asistieron cuatro amigos. Lo celebramos con un par de cervezas en un local cercano. Y no hubo viaje de novios. Todo muy austero. A juego con lo que sabíamos que iba a ser nuestra vida, al menos en los primeros tiempos. No nos importó. Comenzamos a vivir en un piso diminuto. Cuarenta metros cuadrados por los que pagábamos un alquiler astronómico que ella se encargaba de costear dando clases de piano en una academia cercana mientras yo me dedicaba a escribir. El resto del tiempo, lo dedicábamos a ser felices. Y la mayoría de las veces, lo conseguíamos.

De hecho, éramos tan felices que me daba miedo. Porque, a diferencia de ella, yo nunca fui valiente. Sólo me permití aparentar despreocupación cuando no tenía nada que perder, pero eso es fácil. Luego, la tuve a ella, y el miedo a perderla comenzó a infiltrarse en algún lugar oscuro de mi cabeza. Comenzó a susurrarme que estuviese alerta, porque aquello no podía durar: la felicidad nunca dura mucho tiempo. Desgraciadamente, en algunas ocasiones la paranoia es sólo una forma de sensibilidad más aguda. A veces, el miedo es sólo otra cara de la premonición. Yo tenía miedo de que algo me la arrebatase. Tenía tanto miedo de que algo fuera mal que sabía que algo iba a salir mal. Por una maldita vez en la vida, no me equivoqué.

Ironías del destino, cuando empezó a notar los primeros síntomas, creímos que estaba embarazada. Nos asustamos, nos ilusionamos. Luego, los médicos nos sacaron de nuestro error. La ilusión se fue para siempre, y el susto se transformó en el más absoluto terror. No estábamos preparados para eso.

Ella insistió en contárselo a sus padres. Al fin y al cabo, son mis padres. Yo no quería compartirla con nadie, y mucho menos con ellos, pero también había prometido hacer lo que fuera por ella. Lo único que podía ofrecerle era apoyarla, y estar junto a ella. Me tragué el orgullo, y asentí. Los llamamos para contárselo, y un instante después se presentaron en casa, incrédulos, destrozados. La abrazaron. Todavía la querían, a pesar de todo (es decir, a pesar de mí). Y ella se fundió con ellos en un abrazo interminable, todos deshechos en lágrimas. Recuerdo que al verlos a los tres allí, abrazados en nuestro minúsculo hogar, sentí que nunca como entonces había estado tan al margen de mi propia vida. Tan lejos del dolor, y a la vez tan cerca. Fue una sensación extraña.

Para ellos tampoco fue fácil. Nada volvió a ser fácil ya para nadie. La evolución de la enfermedad fue la peor posible. Fulminante. Dolorosa. Pese a los esfuerzos de sus padres, pese a todos los especialistas y todas las pruebas, nada funcionó. En menos de un año nuestro mundo se redujo a aquella habitación. A aquel color gris que reflejaba perfectamente la falta de esperanza en la que se había convertido nuestra vida.

Todos nos desvelamos por hacerlo lo mejor posible. Ella, sus padres, y yo. Lo hicimos lo mejor que supimos, y los médicos nos ayudaron como pudieron. Los tratamientos no funcionaban, y la ayuda médica se limitaba a darnos algo para el dolor. Pronto aquello tampoco sirvió. De todos nosotros, ella fue la que mejor se portó. No me extrañó, porque ella siempre fue buena en todo lo que hizo. Sus padres también estuvieron a la altura. Creo que el único que no dio la talla fui yo. Tampoco me extrañó.

Porque lo único que podía hacer era sentirme culpable. Por encima de todo, por encima incluso del dolor inmenso de verla morir lentamente, del miedo a saber con seguridad que iba a perderla, lo que me envolvía a todas horas, en cada momento, era una insufrible sensación de culpabilidad. No podía evitarlo. Lo único en lo que pensaba era en todo aquello a lo que ella había renunciado para estar conmigo. Había perdido su vida, su familia, su carrera en la música (hubiera sido muy buena, y hubiera llegado lejos). Había dejado de lado todo su mundo por mí. Puede que hubiera sido feliz conmigo, como yo lo fui con ella. Pero para mí estar con ella fue tocar el cielo con las manos, y la tuve gratis: yo no renuncié a nada. Ella, en cambio, había pagado un precio muy alto por aquellos pocos años de felicidad, y constantemente me preguntaba si habría valido la pena. Si lo que yo había hecho, en realidad, era robarle el poco tiempo que le quedaba. Si tal vez no hubiera sido mejor para todos haber seguido cada uno por su lado. Aquella sensación me atormentaba. Creo que entonces me di cuenta de que algunas veces no es posible saber si las decisiones que tomas son las correctas.

Viví en el hospital, con ella, durante meses. Sólo iba a casa de vez en cuando, una visita breve para cambiarme de ropa, y volvía enseguida a su lado. Saber que no quedaba mucho tiempo me hacía insoportable estar lejos de ella. Y entonces llegó Octubre.

Aquel domingo se hizo evidente que seguir así ya no tenía sentido. En realidad, era evidente desde hacía tiempo, pero fue aquel día cuando ella decidió que ya tenía bastante. Estuvo hablando con sus padres, a solas, mientras yo esperaba en la puerta, con la mirada perdida en la pared frente a mí. Luego, ellos salieron, con cara de estar hechos polvo, y su padre se dirigió a mí, sin mirarme, con una voz hueca y cansada.

-Quiere verte.

Entré en la habitación, y cerré la puerta detrás de mí. Me acerqué a su cama, me senté a su lado y le cogí la mano. Parecía dormir, pero abrió los ojos y me miró.

-Hola.

Sonrió. Su sonrisa tenía un extraño aspecto en aquel rostro demacrado. Le pedí fuerzas a un Dios en el que no creía para no echarme a llorar en ese mismo instante. Ahora no, Señor, ahora no. Si ella puede, yo debo poder. Por favor. Concédeme esto, al menos.

-Hola, niña.

-Sabes que esto es una despedida, ¿verdad?

No supe qué decir. Bajé la mirada.

-Mírame.

Quise gritar “No puedo”, pero no lo hice. Seguí en silencio. Sin mirarla.

-Mírame.

Entonces la miré. Y supe que estaba leyendo en mis ojos cómo me sentía. Me conocía bien, después de todo. Y ya he dicho que era una chica lista.

-No tienes la culpa de nada, ¿vale?

No respondí. Ella insistió.

-¿Vale?

-Vale.

-Todo eso que crees que me he perdido…. no ha sido nada. De verdad.

-No.

-En serio. No me has quitado nada. He tenido lo que quería. Lo demás no importa.

-Ya.

No debí sonar muy convencido, porque la sonrisa se borró de su cara.

-¿No me crees?

-No.

-Entonces vete.

La miré, y vi que lo decía en serio. Por si había dudas, insistió.

-Si no me crees, no te quiero a mi lado. En este momento no.

Entonces compré el derecho a permanecer junto a su lecho de muerte con una mentira. No era la primera, pero sí fue la última. Quizá la que más me dolió.

-Te creo.

Volvió a sonreir.

-Estarás bien, ¿verdad? Quiero decir, ahora que vas a ser un viudo alegre…

-No lo seré. Alegre, no.

-Lo serás. Quiero que lo seas, ¿vale?

-Vale.

-Ven aquí.

Me acosté a su lado, con cuidado de no atrapar bajo mi cuerpo alguno de los tubos que se habían encargado de mantenerla viva hasta entonces. La abracé con cuidado. Y permanecimos así hasta el final. Abrazados. Llorando. En silencio. Recuerdo que llovía. Nunca me ha gustado la lluvia, pero esa vez me pareció que era lo apropiado. Que encajaba con la situación. Después, ella se fue.

Cuando salí de la habitación, sus padres todavía estaban allí. Como yo, no tenían otro sitio a dónde ir. No pude decirles nada. Simplemente los miré un instante, y después me largué de allí.

Cuando salí del hospital, hacía frío. Comencé a caminar bajo la lluvia.

No sabía a dónde iba, pero no me importaba.

Ella se había ido.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

POR QUÉ ME SUICIDÉ

Algunas cosas son difíciles de comprender, lo sé. Pero, de todas formas, creo que a todos nos gustaría entender por qué la gente hace lo que hace, conocer sus motivos. Casi todo tiene una explicación, y casi todos tenemos nuestros motivos para hacer lo que hacemos. Por eso quiero explicarles por qué me suicidé.

La historia arranca hace unos siete años. Por aquel entonces yo era un triunfador. Abogado brillante, esposo de una mujer increíble, con dos hijos estupendos… mi vida era, sencillamente, perfecta. Me lo había currado, desde luego. Nadie me había regalado nada. Y aunque trabajaba como un burro, sabía disfrutar de lo que tenía. Sin remordimientos, sin complejos: me lo había ganado.

Visto con perspectiva, creo que por ahí fue por donde empezó a patinar todo. Supongo que a veces se me iba la mano con lo de disfrutar. Siempre me han gustado las mujeres, y, a pesar de que quería mucho a Mónica, en ocasiones no es fácil resistir la tentación. Cuando ella se iba con los niños al chalet de la sierra, solía salir a tomar una copa, alguna noche. Y más de una (y más de dos) de aquellas noches acababan en una cama equivocada, entre unos brazos extraños. Entonces no me parecía nada grave. Yo tenía cuidado, y Mónica, si alguna vez sospechó algo, se lo guardó para ella. Quizá porque también tenía su armario lleno de esqueletos, no lo sé. Ni me importa. Habíamos llegado a una especie de acuerdo, y éramos felices. ¿Qué importaba una noche de juerga más o menos?

Fue en una de aquellas noches cuando conocí a Daniela. Una morena espectacular, con los ojos claros. Recuerdo que tenía un peculiar acento (era hija de argentino y colombiana, aunque había nacido en España), lo suficientemente perceptible para acentuar su exotismo, lo suficientemente suave para no resultar empalagoso. Era simpática. Y estaba muy buena. Nos conocimos en un bar. Ella estaba sola, y yo andaba en busca de compañía. Congeniamos, y acabamos en su casa. Eso fue todo. O, para ser exactos, eso debería haber sido todo.

Antes de continuar con la historia, quizá convenga aclarar a qué me dedicaba. Yo era uno de esos abogados que se dedican a blanquear dinero de origen incierto. Me siguen, ¿verdad? Trabajaba para una empresa con sede en Gibraltar, a donde viajaba con frecuencia, aunque las oficinas centrales estaban en Madrid. Desde allí era desde donde controlaba un tupida red de empresas, bancos, filiales de empresas y empresas fantasma por las que el dinero circulaba sin cesar, en cantidades enormes. Montar aquella telaraña no había sido fácil, pero una vez en marcha, funcionaba de lujo. No era sencillo controlar todo aquel entramado, ni siquiera para mí. No podías permitirte ni un respiro, porque el más mínimo despiste podía suponer un desastre, y no sólo económico. Yo trabajaba para gente que se jugaba mucho, y que podía ser tremendamente expeditiva en caso de que las cosas les fueran mal. Así que mi trabajo requería una gran concentración. También una gran dedicación: pasaba muchas más horas en la oficina que en mi casa. A cambio, aquel trabajo me proporcionaba mucho dinero, una buena cuota de poder, y algún que otro remordimiento que había aprendido a ignorar sin demasiados problemas.

Una de las cosas que aprendí en aquel trabajo fue a dominar las emociones. A controlar un puñado de trucos de tahúr para que la cara nunca reflejase lo que tenías en la cabeza. Puedo asegurarles que es algo muy útil. Más que útil, imprescindible. Así que no me costó demasiado disimular la mañana en que llegó a mi oficina un sobre con mi nombre, sin remitente ni distintivo alguno. Al abrirlo, cayeron sobre mi mesa un puñado de fotos en las que se nos veía a Daniela y a mí en una actitud inequívoca. El fotógrafo había hecho bien su trabajo. No había nada más. Ni una nota, ni un mensaje, ni una petición. Nada. Sólo las fotos. Como les digo, supe disimular. Pero he de reconocer que aquello me puso sumamente nervioso.

La cosa se repitió un par de veces más, a lo largo de un mes. Otra carta, y un correo electrónico. Sólo fotos. Estaba claro que alguien quería ponerme nervioso. Y lo estaba consiguiendo. Aquello sólo podía suponer problemas. Problemas serios. Por un lado, deseaba que todo aquel asunto no fuese más que una broma pesada de alguien con un dudoso sentido del humor. Por otro, sabía que no lo era. Que aquello era sólo el primer paso de algo más complicado, y que tarde o temprano alguien tendría que hacer el siguiente movimiento. Y lo estaba deseando, la verdad. Prefería enfrentarme de una vez a lo que fuera que seguir con aquella incertidumbre.

El siguiente movimiento llegó, en efecto. De donde menos me lo esperaba, pero llegó. Fue una noche, cuando estaba a punto de irme a casa. Germán me llamó a su despacho. Sería sólo un momento, me dijo. Bueno, pensé, es el segundo de a bordo. Si le apetece retenerme durante horas tampoco podría quejarme. Cuando entré en su despacho me recibió con una sonrisa, me hizo sentarme en una butaca y me ofreció un whisky. Sé que él sólo bebe del bueno, así que se lo acepté. Sirvió un par de copas, se sentó junto a mí, y fue directo al grano, como acostumbraba.

-Bueno, Martín. No merece la pena andarse con rodeos, así que seré directo. ¿Qué piensas de las fotos?

Por un momento, me olvidé incluso de poner cara de póker. Así que era él. En un segundo valoré mi situación, y la conclusión no fue muy esperanzadora. Podía darme por jodido. Pensé que no valía la pena disimular.

-¿Qué quieres que te diga? Una noche loca. Ya sabes cómo son esas cosas.

-Eso está feo, Martín. Estás casado, tienes hijos…

El tipo me miraba como si fuera mi padre. No podía creer que me estuviera echando un sermón. Él, cuyos líos de faldas eran tan frecuentes que incluso yo había tenido que hacer malabarismos más de una vez para sacarlo de alguna situación incómoda. Sabía que tenía que haber algo más, así que esperé. Y no tuve que esperar mucho.

-¿No sabes quién es Daniela?
-No.
-Es la nueva amiga de Max. Te has metido en un buen lío, Martín. Ya sabes cómo es Max con sus mujeres.

Me quedé en silencio. No sabía qué decir. Y, de haberlo sabido, no creo que hubiera podido decir una sola palabra. Max era mi jefe. El Don, como lo llamábamos todos. Maximiliano Prunetti, napolitano, refinado, elegante. Una leyenda en el ámbito en el que nos movíamos. Con reputación de tipo fiable entre los italianos, los colombianos y los marroquíes. Coleccionista de obras de arte, de coches deportivos y de mujeres. Y, según me constaba (demasiado bien), celoso, despiadado y cruel. La conclusión seguía allí, tan clara que casi era una presencia física entre Germán y yo: estaba jodido.

-No lo sabía, Germán. Me conoces, y sabes que ni siquiera la habría mirado si hubiera sabido que era la chica de Max.

Levantó las manos, en un ademán pretendidamente tranquilizador. El muy cerdo estaba disfrutando.

-Te creo, Martín. Te creo. Es más, estoy seguro de que fue así. ¿Sabes por qué?

Dejó la cuestión en suspenso durante un instante. Antes de proseguir, me miró de una forma extraña. Supongo que así es como miran los gatos a los ratones, antes del zarpazo definitivo.

-Porque yo lo preparé para que fuera así.

No recuerdo mucho más de aquella reunión, la verdad. Sólo sé que volví a casa como envuelto en una nube, mientras tres pensamientos se alternaban en mi cabeza. Uno: aquello no podía pasarme a mí. No era posible. Dos: claro que era posible. De hecho, era un clásico: el tipo de confianza que traiciona al jefe, la chica que juega a dos barajas, y el imbécil (yo) al que era fácil utilizar. Tres: estaba jodido.

Germán se reunió conmigo un par de veces más. Al principio no me pidió nada. Creo que sólo intentaba comprobar que yo había entendido correctamente la situación. Yo la había comprendido perfectamente: me tenía en sus manos. Fue entonces cuando decidió contarme lo que esperaba de mí. Algo simple, en realidad: yo tenía que desviar algún dinero a una cuenta invisible y hacer que pareciera cosa de Max. Una vez que el asunto saliera a la luz, el Don estaría acabado. Con los socios no se jugaba. Era algo simple, en efecto. Simple, pero peligroso.

Yo no tenía opción. El asunto no me convencía en absoluto, pero, ¿qué podía hacer? Negarme sería tanto como ponerme la soga al cuello. Y ni siquiera podía soñar con ir con el cuento a Max: eso sólo serviría para que Germán me acompañara en mi viaje, pero no iba a librarme de dormir con los peces. Ni a mí, ni a mi familia. Como buen napolitano, Max era respetuoso con las tradiciones del gremio, y para él había ofensas que iban más allá de una sola persona. Como solía decir, era una cuestión de respeto. Por otra parte, si cumplía con mi parte del trato sólo tenía la palabra de Germán de que nada iba a pasarme. Una palabra que no valía nada. Pero una posibilidad, al fin y al cabo.

Fueron unos días horribles. No podía dormir, ni comer, y estaba constantemente de un pésimo humor. Siempre a punto de saltar. Incluso Mónica, habitualmente impasible ante mi comportamiento, por extraño que éste fuese, lo notó. Pero todavía faltaba lo peor.

Porque Germán no me lo había contado todo. Sólo una semana antes de la fecha prevista para la operación me hizo saber que el plan tenía un final ligeramente distinto del que yo había imaginado. Además de desviar el dinero hacia una de sus cuentas, yo tenía que hacer que el Don estuviese en un determinado lugar, en un determinado momento. Una vez allí, ellos se encargarían. No quise preguntar de qué iban a encargarse. No era necesario. En realidad, debería haberlo imaginado, porque así es como se hacen estas cosas. Cuando estás jugando con miles de millones, no conviene dejar cabos sueltos, y Germán prefería no dejarle a Max la posibilidad, remota, si, pero posibilidad, al fin y al cabo, de convencer a los socios de su inocencia. Este era uno de esos asuntos en los que conviene dejar las cosas bien atadas.

Aquello acabó de revolverme el estómago. No es que Max fuera mi amigo. De hecho, yo lo consideraba un hijo de puta con mayúsculas. Pero llevarlo de la mano al paredón era más de lo que yo estaba preparado para soportar. Fueron los peores días de mi vida. Mientras, Germán parecía disfrutar con todo aquello. Cuando nos cruzábamos en la oficina, le costaba reprimir una asquerosa sonrisa de suficiencia.

Pero, ahora lo veo claro, cometió un error. No sé si fue por sadismo, porque le gustaba verme sudar, o porque en realidad necesitaba planear las cosas con antelación, pero me dio demasiado tiempo para pensar. Cuando alguien está acorralado, no es buena idea darle tiempo para pensar. Nunca se sabe lo que se le puede ocurrir a alguien desesperado, y les puedo asegurar que yo lo estaba. Llevaba semanas sintiéndome un hombre muerto, y jugar con un hombre muerto puede ser peligroso: ya no tiene nada que perder.

Cuando llegó el momento, todo comenzó a desarrollarse según lo previsto. El día acordado, una enorme cantidad de dinero fue transferida desde una de las empresas del grupo a una cuenta indetectable ( y creánme cuando digo indetectable; esa era mi especialidad, después de todo). Cité a Max en mi despacho, a última hora. No fue fácil, porque no le gustaba quedarse hasta tarde en el trabajo, pero insistí en que era importante, y acabó por acceder a encontrarse conmigo. Según lo planeado, avisé a Germán. Era mi parte del trato, y la había cumplido. No estaba orgulloso, pero no siempre puede uno estar orgulloso de lo que hace, ¿verdad?

De todos modos, me permití introducir alguna pequeña variación en el plan original. Me jodía que aquel payaso se saliera con la suya, así que decidí cambiar algunas cosas. Y creo que el nuevo final que yo había diseñado fue una sorpresa para todos. Porque, cuando Max acudió a mi despacho, a última hora de la tarde, cuando nadie quedaba ya en el edificio, se encontró con una auténtica carnicería: allí estaba Germán, con la cabeza destrozada de un escopetazo (disparado con la escopeta de Max, por cierto: una Abiatico & Salvinelli, hecha a mano, carísima, que solía guardar en su despacho). Allí estaba también Daniela, bellísima, desnuda y muerta, al lado de su amante. Y allí llegó la policía, convenientemente avisada, al cabo de un minuto, para hacerse cargo inmediatamente de la situación: Max, una escopeta con sus huellas, un socio, un ataque de cuernos, la sangre que se sube a la cabeza,… una historia vieja como la vida misma. Aliñada, además, con un fraude multimillonario.

No me dirán que no fue original. Sin embargo, yo sabía que después de aquello no podía esperar salir con bien de esa historia. Aún descabezada, la organización comenzaría a rastrear el dinero desaparecido, y pronto todos los dedos apuntarían hacia mí. Quizá no pudieran demostrarlo nunca, pero no era gente que necesitara pruebas. Así que decidí suicidarme.


Mi cuerpo apareció varios días después en un pantano del norte de Madrid, dentro de mi coche, hundido en el barro. Estaba horriblemente descompuesto ya, pero mi mujer no tuvo ningún problema en identificarme, a pesar de las lágrimas. Era mi coche, era mi ropa, era mi reloj… Nadie acertó a explicarse de qué manera había estado implicado en aquel extraño caso, pero supongo que todo el mundo dio por hecho que me había quitado de en medio un segundo antes de que ellos lo hicieran por mí. Todo parecía la jugada desesperada de alguien que sabe que ha llegado al final de un callejón sin salida.

Al final, todos decidieron echar tierra sobre el asunto: la policía pensó que era mejor no remover más, la empresa se resignó, mi familia lloró en mi funeral… Todos decidieron seguir adelante, pero nadie llegó a comprenderlo.

Por eso tenía que explicarlo. Ahora ya saben por qué me suicidé.




Eso sí, les puedo asegurar que no fue barato.

Porque hay muchos tipos capaces de cualquier cosa por dinero (y por suerte yo conocía a unos cuantos), pero algunas cosas son extremadamente caras. Ejecutar (nunca mejor dicho) el trabajo de la oficina requirió profesionales eficientes y discretos, y estos nunca son baratos. Tampoco fue sencillo conseguir un cuerpo para hundirlo en el pantano, ni conseguir una nueva identidad, ni encontrar el lugar ideal en el que comenzar de nuevo. Pero el dinero, si tienes el suficiente, facilita mucho las cosas. Para qué negarlo.

Supongo que a estas alturas ya lo habrán adivinado: la transferencia fue suficiente para todo eso. Incluso para la cirugía estética (todavía no me he acostumbrado del todo a mi nueva cara), y para comprar una casa en este rincón apartado (siempre había soñado con comprarme una casa en Brasil). Para empezar una nueva vida.

Y para vivirla bien. De hecho, podría decir que soy feliz.

Aunque, a veces, todavía eche de menos a Mónica y a los niños.
Pero sólo a veces.

jueves, 19 de agosto de 2010

LA ÚLTIMA VEZ QUE LA ACARICIÉ

Siempre es de temer ese instante en el que el destino llama a tu puerta. Ese instante en el que sientes que ha salido tu número, y que por fin te ha tocado pagar la factura. La vida es avara con los bienes que nos dispensa, y cuando nos concede un año de alegría, podemos estar seguros de que, tarde o temprano, nos pasará la cuenta. Para equilibrar. Porque la naturaleza, si algo aborrece, es la felicidad.

Y nunca podemos estar seguros de cuando llega ese momento, ese instante decisivo. Es mucho más fácil verlo a posteriori. En retrospectiva. En esos momentos, cuanto más duro sea el golpe, más impredecible puede ser la reacción. Habrá quien silbe, quien cante, quien llore, quien maldiga a los dioses… pero poca gente podrá mantenerse fría, ecuánime, con la cabeza despejada. Pocos podrán darse cuenta de que es el momento en el que la vida cambia, en el que la línea recta de tus planes se desvía definitivamente, hacia no se sabe dónde.

Creo que, en mi caso, fue una tarde de un domingo de Febrero cuando el destino decidió cobrarse alguna deuda. Es curioso cómo el destino puede encarnarse en cualquier cosa. Puede ser un terremoto, un accidente aparatoso, un edificio que se viene abajo, un conductor borracho,….. o algo menos espectacular, más insidioso. Como una llamada de teléfono, por ejemplo. Como una mujer diciéndote, entre lágrimas: me han encontrado un bulto. Naturalmente, en ese preciso momento no me di cuenta de nada. En primer lugar, entrenado desde siempre para desechar la intuición y valorar solo los hechos, los números, los resultados, aquello podía no ser nada. No quería, no podía preocuparme hasta que aquello fuera algo. Sin embargo, lo sabía. No hice caso, pero lo sabía… Por otro lado, no tenía sentido la rebelión, la lucha, la desesperación: ella me necesitaba, y es tan absurdo luchar contra una llamada de teléfono…

Acudí, naturalmente. Soy bueno en momentos de crisis. Un buen soporte, un tipo sólido, siempre con la voz tranquila, un razonamiento tranquilizador, lógico, lejos de los dramatismos…. Estaba asustado, pero hacía mi papel, y lo hacía bien. En la vida, cada uno tenemos un personaje que interpretar, y lo menos que se puede esperar es que lo hagamos bien. En realidad, eso es todo lo que cabe esperar. Acudí a la llamada y entré en escena, y me convertí a la vez en actor y en público de la historia. Lo primero es el miedo, sutil, ligero, filtrándose por cualquier rendija, mordiendo las horas de vigilia, posándose sobre el ánimo como una sábana fría. Te desorienta, porque acelera tus pensamientos, tu razón, hasta que todo gira tan rápido que eres incapaz de aislar una única idea, un único deseo… Después vienen las dudas, la incertidumbre… Pero lo peor es la rabia. Cuando el miedo se transforma en algo espeso, amargo, pesado… en algo que te acompaña en todo momento, a todas partes. Cuando te transforma en otra persona distinta, sin esperanza, sin ganas de luchar. Cuando te hace odiar a todos los que no han tenido la mala fortuna de ser elegidos por el destino, a todos los que no están pasando por lo que tú estás pasando. Es en ese momento cuando al fin te das cuenta de que la vida es así. Cuando comprendes que no hay manera de cambiarla, aunque no te guste. Y cuando comprendes, al fin, que no queda sino batirse.

Y nos batimos, claro que sí. Nos sometimos a toda la batería de pruebas necesarias. Algunas dolorosas, otras humillantes, todas aterradoras…. Sólo sirvieron para confirmar las peores sospechas. Era grave. No extremadamente grave, quizá se había detectado a tiempo, y eso abría una puerta a la esperanza, pero sí lo suficiente para que la posibilidad de que saliera mal fuera palpable, cercana. Ninguno de los dos estábamos preparados para convivir con esa posibilidad. Nadie está preparado a los 30 años para mirar a la muerte a los ojos, para tenerla como compañera inseparable en el día a día.

Sin embargo, lo hicimos bastante bien, dadas las circunstancias. Mantuvimos el tipo, animamos a los demás, padres, hermanos y amigos, y nos animamos entre nosotros, procurando tener siempre una palabra de aliento, o un gesto de tranquilidad, cada vez que intuíamos que el otro la necesitaba. Es una situación extraña, la de espiar constantemente al otro, en busca de alguna señal que delate una inminente caída, una crisis, un momento de debilidad. Te sorprendes a ti mismo mirándola con espíritu médico, con el celo de un doctor que vigila el avance de la enfermedad. Te esfuerzas por escudriñar su ánimo, como un psicólogo en busca de los primeros síntomas de depresión. Y, cuando ella te mira, te esfuerzas en disimular, porque crees que es mejor aparentar normalidad. ¿Normalidad? No puede haber nada menos normal que mirar a la mujer que quieres como un doctor, y no como un amante; nada más lejos de la normalidad que espiarla en busca de su dolor y no de sus ilusiones. Pero para cuando comprendes que la vida ha abandonado todo vestigio de normalidad, de lógica, ya te has acostumbrado. Eso es lo malo: uno se acostumbra a todo.

El estudio concluyó que el tratamiento indicado era quimioterapia. Muy agresivo, y muy desagradable. Con muchos efectos secundarios. Pero era lo que había que hacer, así que lo hicimos. Los miércoles, cada dos semanas, íbamos al hospital, a recibir aquellas inyecciones de esperanza, de curación, y a la vez que dábamos un paso más hacia la salvación de su cuerpo, bajábamos un peldaño más, inexorablemente, hacia la perdición de nuestra inocencia. Porque en aquel hospital dejamos de ser jóvenes para siempre. En aquel departamento, una especie de semisótano, como si hubiesen reservado el sitio a propósito para reunir allí, lejos de las miradas de los demás, a todos los apestados, nos dimos cuenta de que fuera cual fuera el resultado de aquella lucha, la vida nunca volvería a ser como antes.

Porque nadie puede volver a ver el mundo con los mismos ojos después de haber pasado por aquel sótano. Nadie pude pensar igual después de haber pasado tantas horas, tantas mañanas de miércoles entre aquellas paredes, con olor a hospital, rodeado de seres vencidos, destrozados, con la mirada perdida. Te sorprendes odiando a la gente a la que ves sana. Te descubres un día valorando, con ojo experto, la evolución que ha seguido aquella chica, apenas una niña, a la que conoces ya de tantos miércoles, a la que has visto ir transformándose de un ser alegre y luminoso, con una sonrisa incontenible, en un despojo humano, sin la más mínima chispa de energía en sus gestos, sin el mínimo deseo de vivir en sus ojos.

Y te da por hacer cambalaches, trueques sin sentido, por ofrecer sacrificios estúpidos e irracionales a un dios en el que ni siquiera crees. Te da por pensar, de repente, cuando un miércoles no encuentras a uno de los habituales, y las miradas de todos los demás te dicen que ya no lo volverás a encontrar, que es una buena señal. Que ese dios en el que no crees ha decidido llevarse a otro, y que quizá se conforme con eso. Cada nueva baja, cada nueva muerte te parece algo bueno, necesario, productivo. Te parece un paso más hacia tu salvación, y te alegras por ello. Quizá sea eso lo peor de la enfermedad, después de todo. La manera tan cruel que tiene de destruir la endeble naturaleza humana, esa forma de despojarte de toda dignidad, en pos de la supervivencia, para que sólo te quede una inmensa vergüenza de ti mismo. Porque intentas ser amable, desde luego. Y solidario. Pero la solidaridad, la amabilidad, la ayuda… todo eso deja paso, cuando estás a solas contigo mismo, en las horas interminables de la madrugada en las que el sueño te rehúye, a la certeza fría y nítida de saber que tu humanidad se ha evaporado, posiblemente para siempre. La sensación de vergüenza, asfixiante, pegajosa, que te queda cuando te ves forzado a reconocer (no tiene sentido mentirse a uno mismo) que deseas la muerte de aquella chica, apenas una niña, porque intuyes que eso te dará alguna posibilidad más. Que deseas que desaparezcan todos, uno tras otro, que incluso los matarías con tus propias manos, con tal de seguir un día más formando parte de los afortunados supervivientes.

Ella siempre fue más optimista que yo, y esperaba que todo fuera bien, Así que, cuando las cosas empezaron a ir bien, no fue una sorpresa para ella. Para mí si. Una sorpresa que, además, no me acababa de creer. Es la maldición del pesimista, siempre esperando lo peor, siempre dispuesto a creer lo peor, siempre desechando cualquier indicio de esperanza, dispuesto a hacer caso omiso de cualquier signo de mejora. Todas las pruebas, todo el seguimiento, todos los controles mostraban que el tratamiento funcionaba. La evolución era buena. La enfermedad remitía. Ella era feliz. Yo tenía miedo. Y cuanto mejor iba todo, más miedo tenía. Es fácil ser valiente cuando no tienes nada que perder. Pero cuando empecé a sentir que había esperanzas, que podíamos empezar a vislumbrar una lucecita al final de aquella oscuridad, toda mi valentía se reveló ficticia, postiza. Después de todo, en aquel sótano iba a aprender algo acerca de mi propia naturaleza, de mi propio carácter. Ya sabía que era capaz de odiar a los que no habían enfermado, a los que mostraban indiferencia por nuestro dolor. Sabía también que podía alegrarme por el dolor de los demás, como si una desgracia ajena pudiera suponer, de alguna forma, un leve remedio que mitigara la nuestra. Me quedaba averiguar, tan solo, si después de sentir tanta vergüenza de mí mismo, después de sentir tanto miedo, de ver tan de cerca la fea cara de la realidad, podría recuperar algún día la sensación de vivir sin miedo. En aquellos momentos, hubiera jurado que era imposible. Una vez que has conocido ese miedo, ¿cómo es posible olvidarlo, pasar siquiera un día sin pensar que todo ese infierno puede repetirse en cualquier momento?

Pero, como dije antes, uno se acostumbra a casi todo. Y la vida sigue, contigo o sin ti, así que no te queda otra solución que seguir adelante. Disfrutar de los pequeños momentos en los que consigues olvidar la espada que cuelga sobre tu cabeza, y apretar los dientes el resto del tiempo. Poco a poco, consigues diseñar una rutina en la que encaja tu estado de ánimo con las cosas que tienes que hacer, con la intendencia diaria. No te olvidas del dolor, ni del miedo, pero te acostumbras: el dolor está ahí, casi constantemente, y aprendes a vivir con él. Hacíamos cosas normales, salíamos, íbamos a pasear, hacíamos la compra, seguíamos con el trabajo (el mío, al menos; lo cual supuso una gran ayuda para no volverme loco). También hacíamos el amor. Y todo, especialmente esto último, todo lo hacíamos de una manera especial, intensa, íntima. Cada acto de normalidad, por simple que fuera, suponía apretar más el lazo que nos unía, hacía más sólida aquella unión entre nosotros, que, a fin de cuentas, nos sentíamos como dos cachorrillos apaleados, abandonados por la fortuna. Cada instante de cotidianidad, cada cosa que hacíamos juntos, era un supremo acto de rebeldía contra el destino. Contra aquel injusto destino, contra aquella sensación de parias, de víctimas de algo superior a nosotros, irracional, primitivo.

Fue duro. Había días de aparente tranquilidad, en los que todo discurría sin sobresaltos, sin que nada nos recordara que estábamos viviendo de prestado. En libertad condicional. Luego, de repente, aparecía algo que nos devolvía bruscamente a la cruda realidad. Una mañana con nauseas, vomitando hasta el agotamiento. Recuerdo la sensación que tenía mientras le sujetaba la cabeza, inclinada sobre el baño, y le acariciaba el pelo, intentando tranquilizarla. Recuerdo haber pensado: qué distinto de la ayuda prestada en las borracheras de hace tiempo, cuando éramos jóvenes, cuando éramos inconscientes, cuando estábamos a salvo de la realidad y nos sentíamos fuera del alcance del destino. Ahora estoy aquí de nuevo, ayudándola a vomitar, acariciándola, y ya no es divertido. Ya no estamos a salvo de nada.

Otros días eran sudores por la noche, provocados a medias por la enfermedad, por el tratamiento y por el miedo al futuro. Noches en vela, el uno junto al otro, en la cama, en silencio. Compartiendo el miedo, que es, quizá, la experiencia compartida que más puede unir a dos personas. Y, cada dos miércoles, la visita obligada a aquel sótano en el que se encontraba a la vez nuestra esperanza y nuestra agonía. Aquellas miradas de derrota, aquel ambiente de resignación, aquellas imágenes de cuerpos maltratados por la enfermedad…. Todos estos detalles te abofeteaban de vez en cuando, algunas veces cuando menos te lo esperabas, sin previo aviso, y otras avisando su presencia, con lo que la espiral de los pensamientos aterrorizados empezaba con antelación. Todos estos detalles llegaron a formar parte de nuestra rutina. A todos estos detalles nos acostumbramos.

Pero hubo un detalle que no soporté jamás. No pude. Se trataba de su pelo. Al principio nos habían hablado del tema. Nos habían dicho que uno de los efectos secundarios del tratamiento, inevitable, era la caída del cabello. Bueno, en aquellos momentos uno lo acepta, no es lo peor de lo que te dicen, así que piensas, vale, está bien, podré con ello. Sin embargo, no pude. Cuando comenzaron a aparecer sus cabellos por todas partes, en la almohada, en sus blusas, en mis camisas,…. no lo soportaba. Eran un recordatorio permanente de la batalla en la que estábamos metidos. Eran un truco sucio del destino, con el que pretendía crisparnos los nervios, acogotarnos, encogernos el ánimo, no darnos ni un solo momento de tregua… En mi caso, el truco funcionaba muy bien.

Aquellos cabellos comenzaron a ser omnipresentes. A diario, yo me iba al trabajo y no veía la almohada, pero, aún así, durante todo el día tenía la sensación de encontrarme su pelo en cualquier parte. En mi ropa. En el coche. En todos lados. Alguna vez encontré su pelo en mi cazadora, en mitad de un bosque de castaños por el que tenía que hacer pasar una carretera, y no pude contener las ganas de llorar. Era ridículo. Me encontraba a 30 kilómetros de ella, en mitad de un bosque, llorando como un niño sin que nadie me viera… todo por haber encontrado un pelo en mi cazadora.

Su pelo siempre me había gustado. Era muy fino. Suave, con un tacto perfecto. La más leve brisa era suficiente para alborotarlo. Era rubio, sin exagerar, con reflejos de distintos tonos, y solía cambiar a lo largo del año, como un indicador de la variación de las estaciones. En los meses de verano, con más sol, se volvía mucho más claro. Más brillante. Nunca antes había pensado en su pelo como aquellos meses. Y nunca después.

Un día ella llegó a casa con un nuevo corte de pelo. Mucho más corto, con un pequeño flequillo sobre la frente. Estaba muy guapa. Sus ojos tenían un velo de interrogación cuando me miraron. Una pregunta silenciosa. Un deseo de aprobación, de que yo le demostrara que podía ser fuerte, que ella tendría alguien en el que apoyarse cuando lo necesitara. Sus ojos mostraban todo eso, y no pude negárselo. Me tragué lo que sentía, hasta dejarlo bien dentro de mí, en un sitio a donde nadie pudiera llegar, y traté de sonreír. Ella me sonrió, también, no sé si porque se creyó mi expresión o porque, a pesar de no creerla, supo por qué intentaba engañarla. Nos abrazamos, y supimos que podríamos con aquello. O, más exactamente, que ella podría, y que yo trataría de seguirla, de estar a su lado.

Poco a poco, su pelo se volvió más frágil, quebradizo. Los cabellos en la almohada pasaron a ser mechones. En la ropa, en el coche, por casa, en el baño… ningún lugar estuvo a salvo de aquel lúgubre recordatorio de su enfermedad. Y una tarde, en Mayo, ella me miró, y eso fue todo. De alguna manera, supe lo que ella me quería decir antes incluso de que pronunciara la primera palabra. Está bien, le dije a ese dios en el que no creía, está bien; si tiene que ser así, así será. Si ella puede, yo también podré. Y la acompañé al baño en el que, aunque yo todavía no lo sabía, iba a tener lugar el momento más duro de mi vida, hasta ese momento. El más especial, también. El que más recuerdo, sin duda.

Cuando cogí la vieja máquina de cortar el pelo me entretuve en comprobar su funcionamiento, el deslizamiento de la cuchilla, el contacto, el aceitado… cualquier cosa, por innecesaria que fuera, hasta que conseguí reunir el valor necesario para mirarla a los ojos. Ella me miró, de nuevo, y a continuación se sentó, dándome la espalda. Se quitó la camisa, lentamente, en silencio, y esperó a que yo comenzara lo que tenía que hacer. Así que comencé. Conecté la máquina, y con pasadas lentas, suaves, cuidadosas, comencé a cortar su pelo. A librarla de aquel pelo maravilloso que ya sólo se había convertido en una molestia. Y seguí haciéndolo, una y otra vez, hasta que su cabeza quedó apenas cubierta por una pelusa escasa, corta, casi transparente. Ninguno de los dos dijo nada. El suelo se había llenado de su pelo, de montoncitos suaves, leves. El suelo se había llenado de aquel pelo que era como un símbolo de nuestra derrota. De aquel pelo que era, al mismo tiempo, el símbolo de nuestra esperanza. La prueba definitiva. Lo que nos iba a demostrar a nosotros mismos que siempre podríamos estar juntos, en cualquier situación, en cualquier circunstancia. Creo que los dos los sentimos así, a pesar del silencio. A pesar de las lágrimas que pugnaban por salir y no salieron.

Cubrí su cabeza con espuma, y tomé una cuchilla nueva del armario. Lentamente, con mucho cuidado, fui afeitando aquella pelusa suave, aquel último vestigio de normalidad, de inocencia. Y continué haciéndolo hasta que la espuma desapareció por completo, y su cabeza se convirtió en una superficie lisa y suave. Recuerdo haber descubierto una mancha roja en la parte posterior de su cabeza. Era pequeña, ligeramente alargada. Intenté adivinar alguna forma en el diseño de aquella mancha, pero no se parecía a nada. Sin embargo, contemplar aquel nuevo detalle de su cuerpo me hizo sentir como si la hubiera visto desnuda por primera vez. Me trajo aquella sensación, casi olvidada, mezcla de miedo, admiración y gratitud. Y le apreté ligeramente la nuca, intentando transmitirle lo que yo sentía. Ella tomó mi mano y se la llevó a los labios, y la besó. Apenas un roce, un gesto exquisito y delicado. Eso fue todo. Y fue suficiente.

No sé cuánto tiempo pasamos así, en silencio, yo a su espalda, sin vernos la cara. Con mi mano en la suya, cerca de su boca. Noté que tenía algo atrancado en el pecho. Algo que venía de muy adentro, algo ancestral, primitivo, maravillosamente humano, doloroso. Algo que no había sentido antes. Algo que todavía hoy recuerdo. Una caricia intensa, especial, íntima. Una caricia que no supe nunca dónde nacía, ni dónde acababa. Una caricia que nunca más he vuelto a sentir, desde entonces, desde aquel día. Desde la última vez que la acaricié de aquella forma, sintiendo su miedo, su dolor, su esperanza.

Desde que comprendí que la quería, y que no podría vivir sin ella.






miércoles, 28 de julio de 2010

DONDE LOS SUEÑOS NUNCA MUEREN (II)

(Continuación)

Su madre se mostró encantada cuando le dijo que pensaba quedarse unos días. Sabía que, en el fondo, su madre pensaba que debería irse para salvar los restos del naufragio (¿Qué restos, mamá? Ni siquiera hay restos…), pero hacía tantos años que no tenía al hijo en casa que decidió aprovechar aquella oportunidad para volver a mimarlo. Javier no se negó. Era agradable sentirse querido. Y siempre le había gustado la cocina de su madre.

Después de comer, el lunes, fue a casa de Laura. Vivía en una casita blanca, algo apartada del pueblo, que se asomaba al mar desde unas rocas grises y desnudas. La encontró sentada en el porche, arropándose con los brazos, el pelo negro bailando con la brisa, al ritmo de las olas. Tenía la mirada perdida en el horizonte del que habría de volver su marido, su amante. No supo el tiempo que permaneció contemplándola. Ella se dio cuenta al fin de su presencia. Se apartó el pelo de la cara y lo invitó, con una sonrisa blanca y triste, a sentarse con ella. Miraron el mar, en silencio, hasta que ella se levantó.

-Hay café hecho. ¿Te apetece? Todavía debe estar caliente.
-Me vendría bien. Ya empieza a hacer frío aquí.

La siguió al interior, pasando la vista por las paredes llenas de detalles femeninos que ponían el contrapunto justo al ambiente seco de una casa de pescador. Tomaron un café caliente y espeso, y después Laura sacó de algún sitio una botella de aguardiente viejo. Ninguno sabía qué decir.

-Te veo muy bien.
-Por Dios, Javi. Si estoy hecha un desastre.
-No es verdad. Sigues preciosa.

Ella sacó un paquete de Camel y encendió uno con movimientos nerviosos. El humo flotaba entre los dos.

-No sabía que fumabas.

Laura se encogió de hombros, con un gesto que quería decir cualquier cosa. Él alcanzó el paquete y cogió uno. Su primer cigarrillo en mucho tiempo. El sabor áspero del tabaco comenzó a transportarlo al pasado, y el humo azul creó un clima de confidencia.

-Háblame de tu mujer.
-¿Mi mujer? Se llama Susana. La conocí en la universidad. Tenemos dos niñas, un perro, …. Lo normal.
-¿A qué se dedica?
-Es profesora, como yo.
-Antes decías que nunca te casarías con una mujer que trabajara.
- Las cosas cambian.
-¿Sois felices?
-Estamos separados.
-Lo siento. No lo sabía.
-No importa. ¿Y qué hay de ti?

El mismo gesto cansado otra vez, la misma mirada perdida. Laura parecía haber cambiado. Sus ojos tenían un velo de tristeza profunda, amarga. Él nunca la había visto tan hermosa.

-¿Cómo es que no te fuiste nunca del pueblo?
-Esta era toda mi vida. Aquí tenía todo lo que necesitaba.
-Antes parecías odiar esta tierra, el pueblo, toda esta vida.
-Puede que odiarla fuera la única forma que tenía de rebelarme contra ella. Siempre sentí que algo me pegaba a esta tierra con tanta fuerza que no podía luchar contra ello, y eso me asustaba. Entonces, lo único que se me ocurría era hacer planes para marcharme de aquí algún día. No sé –
se encogió de hombros-. Es algo difícil de explicar.

Él la entendía muy bien. Conocía esa sensación, y era algo contra lo que no se podía luchar. Él lo había intentado, y había perdido. Recordó lo que ella había dicho.

-Dijiste que tu madre dejó algo para mí.

Laura salió de la sala para volver al instante con un libro viejo, gastado, con una filigrana dorada sobre las tapas negras. Se lo entregó.

-Siempre quiso que lo tuvieras tú.

Javier pasó sus manos por el libro sintiendo que aquel tacto suave y casi olvidado le ponía un nudo de lágrimas en la garganta. Lo abrió al azar, y la poesía de Lorca le trajo imágenes de Raquel leyendo historias mágicas, en aquel mismo libro, al calor de una lumbre. Recuerdos de noches de invierno, en las que la voz de Raquel les dormía el alma y les despertaba los sueños. Recuerdos de Laura, con los ojos llorosos, suplicando: “Otra vez, mamá. Otra vez”.

Ella se sentó a su lado y le abrió el libro por la primera página. Al lado del título, Raquel había escrito una dedicatoria, con su letra redonda y menuda. Leyó: “Para Javier. Por si se le olvida soñar”. Entonces lloró, sin saber que lo estaba haciendo hasta que notó las lágrimas correr por su cara. Se abrazó a Laura, y el aroma tibio del abrazo le hizo insoportable el dolor de las cosas perdidas. Ella también lloraba. Sin saber cómo, sus labios se unieron. El beso le supo a lágrimas, a veinte años de distancia, a pena, a tiempo perdido. Sintió que se hundía en una espiral oscura, sin fin.

Se amaron con furia, con el frenesí acumulado en tantos años de soñar con el cuerpo lejano del otro. Ella lo llevó con un ritmo sabio y natural a un lugar en el que todo tenía sentido, y él se dejó llevar, aferrándose a ella para no perderse en el delirio de oscuridad que los envolvía. Aquel cuerpo terso y caliente se convirtió en todo su mundo. Hasta que el mundo acabó por explotar, y la habitación se llenó de pedazos de cielo.


Aquella noche, mucho tiempo después, en la soledad de su cuarto, Javier sentía todavía el sabor de aquella piel en la boca, y el calor de aquel cuerpo en la sangre. Sin poder evitarlo, comenzó a pensar en Laura, en Susana, en las niñas, … Sus pensamientos se transformaron en un torbellino inverosímil, desbordante. Sentía su corazón retumbar en el silencio de la casa. No podía dormir, y decidió coger el libro que reposaba sobre la mesilla, a su lado. Comenzó a leer. Una página, dos, tres. Leyó hasta que los versos esparcieron un aire nuevo por la habitación y le refrescaron la conciencia. El día siguiente lo encontró dormido, con el libro entre las manos.

Aquellos días pasaron rápidamente, llevándolos de vuelta a la adolescencia, a los años de amores culpables y escondidos. Ellos saboreaban cada momento como si quisieran recordarlo para siempre, como si olvidar uno solo de aquellos instantes fuera un pecado mortal. Aprendieron a conocer el cuerpo del otro, sin prisas, parándose en cada detalle, en cada pliegue de la piel, llenándose de un sabor intenso, embriagador. Él pasaba el tiempo en casa, en la playa, en cualquier sitio. Sólo esperaba el momento de encontrarse otra vez entre aquellos brazos que eran el puerto que había buscado durante toda la vida, de sentir aquellas manos acariciarle la cara. Ella sentía que el tiempo pasaba más despacio cuando él no estaba. No le importaba nada que no fuera perderse en aquel cuerpo que había sido parte de sus sueños durante tantos años. Ninguno de los dos quería pensar en el mañana. Intentaban en vano que el destino se olvidase de ellos, que el futuro les dejase vivir para siempre en aquel mundo que habían construido para ellos solos. Pero no podían engañarse: los dos sabían lo que iba a pasar.

Javier notaba a su madre cada vez más agitada, como si quisiera quitárselo de encima y no se atreviese a decirlo. Eran ya casi dos semanas las que había pasado en el pueblo, y su madre no sabía qué pensar. Él estaba seguro de que todavía no habían empezado a circular rumores, pero eso era algo que pasaría tarde o temprano, en un pueblo tan pequeño. Lenta y dolorosamente, la realidad comenzó a filtrase por las rendijas de su paraíso. Laura nunca le hizo la menor insinuación, pero llegó el momento en que los dos tuvieron claro que tenían que hablar de ello.

Estaban en la cama, en casa de Laura. El sol entraba por la ventana mal cerrada mientras ellos fumaban un cigarrillo a medias. Era uno de esos momentos de reposo, tranquilos. Uno de esos instantes en los que el silencio no es incómodo o inútil.

-¿Qué vamos a hacer ahora?

La voz de Laura lo sobresaltó, como si hasta ese momento no hubiera sabido que estaba acompañado. ¿Qué hacer? Era una buena pregunta, y sabía que en algún lugar debía haber una respuesta.

-No lo sé –contestó con un suspiro, apagando el cigarrillo.
-Sabes que me iré contigo si me lo pides, pero preferiría que no lo hicieras.
-No quieres abandonarlo, ¿verdad?
-No puedo hacerlo. Pero siento que si me pides que me vaya tampoco podré negarme.
-Entiendo.
-¿De verdad?

Algo en el tono de su voz le hizo incorporarse para mirarla. Ella miraba fijamente la pared, aunque Javier no hubiera sabido decir qué estaba viendo en realidad.

-¿Qué quieres decir?
-Creo que no lo entiendes tan bien como dices. No acabas de comprender cómo están las cosas.
-¿Y cómo están las cosas?
-Esto no durará. Un buen día Susana te llamará de nuevo a su lado, y tú te irás.
-No me iré.
-Si, claro que te irás. Abrazarás a tus hijas, pedirás perdón a tu mujer, y le rogarás a Dios que no te dé más oportunidades de echar abajo tu vida. Eres de esos hombres que siempre vuelven a casa.
-Susana no volverá a llamar.
-Te llamará. Seguro. Sólo alguien tan tonta como yo te echaría para siempre de su lado.

Él trató de sonreír, pero cuando la miró supo que ella no había intentado ser graciosa. No quería pensar en lo que ella decía, pero aquellas palabras le escocían como una herida abierta en algún lugar impreciso del cuerpo, o tal vez del alma. Susana. Volver a Madrid. Dejar a Laura. No sabía si quería hacerlo.

-Si que quieres hacerlo, Javier. Puede que no desees dejarme, pero lo que sí quieres es volver a Madrid con tu mujer y tus hijas. Y con tu perro.

Javier no supo si había estado pensado en voz alta o ella le había leído el pensamiento. Ahora no sabía qué decir.

-¿Qué pasará contigo?
-Me quedaré aquí, mirando al mar, pensando en ti. Tú te irás olvidando poco a poco de mí, porque ni yo ni este mundo tenemos un sitio en tu vida. Hace veinte años que nos dejaste atrás.

Laura hablaba con una voz hueca y quebrada, como si estuviera totalmente vacía por dentro. Como si fuera una muñeca en la que resonaran las palabras que alguien decía en otro lugar, muy lejos de allí. Sintió que la pena le mordía en el alma como un lobo hambriento, mientras desde el mar le llegaba el murmullo de las olas, convertido en una risa que se burlaba de la gente que cree en finales felices.

-Pase lo que pase, Laura, nunca te olvidaré.
-Claro que me olvidarás. Esto ha sido sólo un sueño.

Él se levantó y se vistió en silencio. Ya estaba atardeciendo. Al salir, se volvió desde la puerta para decirle en un susurro, casi como una oración:

-Hay sueños que nunca se olvidan.


No fue directamente a su casa. Sus pasos lo llevaron hasta una cala pequeña y apartada, de arena blanca y fina. En el cielo, un cuarto de luna se elevaba perezosamente. Sin saber por qué lo hacía, comenzó a caminar hacia el mar. Con las olas rompiendo en su pecho, sin importarle que el gélido abrazo del agua de Abril le doliera en la piel, la imagen de Raquel volvió a bailar ante sus ojos. Aquella playa escondida había sido el único refugio contra la tristeza de una mujer tranquila, capaz de maravillarse ante una puesta de sol cada día. El lugar favorito de Raquel. Como un último homenaje a la mujer que en otro tiempo le había enseñado a disfrutar con todas esas pequeñas cosas, se sumergió en el agua helada. Aguantó la respiración tanto como pudo, en medio de un silencio perfecto y oscuro. Cuando salió de nuevo a la playa, tiritando, se sintió limpio y suave como un niño pequeño.


Al día siguiente, cuando sonó el teléfono durante la cena, supo que era Susana antes de que su madre contestara. Lo cogió sin saber qué decir, pero todo fue bien. Tuvieron una conversación sincera y fácil, sin palabras de más. Él hablaba recordando lo que Laura había dicho, y sintió que algo se le rompía en el pecho. Después de un rato, al colgar, supo que Laura estaría en el porche, sentada, mirando a lo lejos, al mar, con un cigarrillo colgando de su sonrisa triste. Subió a su habitación. El libro estaba sobre la mesilla, al lado de la vieja fotografía. Raquel. Laura. Se acercó a la ventana. Fura comenzó a caer una llovizna fría. Pensó que resultaba irónico: el cielo lloraba mientras él se tragaba las lágrimas.


Cuando fue a despedirse de Laura ya tenía hechas las maletas. Ella lo vio subir por el camino de piedra y sintió en los huesos el frío de un invierno todavía lejano. Él llegó a la casa y se sentó en el porche, a su lado. No dijeron nada. Javier le entregó aquella fotografía vieja en la que el tiempo se había parado para siempre, y que ya no tenía sentido en su habitación de adolescente. Ella la miró sin verla, acariciando el marco con un dedo. Raquel les había dicho un día que las palabras no tienen cabida en las despedidas. Ahora que se separaban para siempre comprobaban que era cierto: la única manera de decir adiós es compartir en silencio el dolor de los recuerdos que todavía no son pasado. Se marchó sin mirar atrás, y ella lo vio alejarse sintiéndose aplastada por los años de soledad que aún no había vivido. Mientras Javier salía de su vida con pasos cansados, Laura repitió lo que él le había dicho aquella noche:

-Hay sueños que nunca se olvidan.

Luego dejó que la brisa tomara las palabras de sus labios y las llevara hasta el mar, para hacerlas espuma contra las rocas.

Volvió a Madrid en el mismo sucio tren que lo había traído. Había pasado las últimas horas en el pueblo ante la tumba de Raquel, y se fue dejando sobre la tierra húmeda dos rosas rojas. Su madre y su hermana lo despidieron en la estación. Quizá creyeron que las lágrimas de sus ojos eran para ellas. Susana había dicho que podían intentarlo de nuevo, pero no estaba segura de que fueran a lograrlo. Él si lo estaba. Sabía que lo conseguirían. Aunque nunca pudiera olvidar a Laura, aunque aquellas dos semanas alimentaran sus sueños durante toda la vida, sabía que aprendería a ser feliz en Madrid, con su mujer y sus hijas. Iba a renunciar a muchas cosas. Al mar, a sus sueños, a Laura… Sabía que le iba a doler, pero era el precio que debía pagar por su segunda oportunidad. Y estaba dispuesto a pagarlo.

En el camino de vuelta sus pensamientos tomaron un rumbo distinto. Sin remordimientos, sin lamentaciones. Se sentía en paz consigo mismo, con las maletas llenas de la sabiduría que da el desencanto. Los campos de Castilla pasaban veloces por la ventana. Por algún sitio entraba un aire tibio de primavera, fragante y adormecedor. Cerró los ojos y se sintió de nuevo viajando, como veinte años antes, en busca de unos sueños que le hicieran olvidar los que había dejado atrás.

Cuando despertó, Madrid se presentía ya a lo lejos como una nube de humo sucio sobre el cielo azul. Se desperezó. Luego, sin saber por qué, buscó en su bolsa el libro de Raquel. Mientras leía la dedicatoria, en sus oídos resonaron palabras de otro tiempo, de otro lugar.

Otra vez, mamá. Otra vez.

martes, 27 de julio de 2010

DONDE LOS SUEÑOS NUNCA MUEREN

Se despertó en un tren, sin saber muy bien dónde estaba. En el silencio de la noche, el monótono traqueteo resonaba en su cabeza como un desfile interminable de almas en pena. Se desperezó, y recordó por fin: volvía al pueblo.

Era un viaje que había hecho en sentido inverso hacía ya muchos años. Todavía lo recordaba: un viaje con toda la ilusión del mundo, creyendo que lo iba a conducir a una vida feliz, y que sólo lo llevó al lugar donde mueren todos los sueños. A un lugar en el que el mar apenas era un recuerdo en medio de un desierto gris. Ahora, a medida que se acercaba de nuevo al mar, en su pecho se agitaban emociones encontradas. La felicidad se presentía con el olor de la sal en el aire. A lo lejos se intuía de vez en cuando el resplandor de una tormenta lejana. El lo sintió como un recordatorio del motivo de su viaje: aquella tierra que él había abandonado hacía ya tanto tiempo no le permitiría olvidar que iba a un entierro.

Acabó de despejarse cuando el sol asomaba en un horizonte brumoso, tiñendo el paisaje con una luz irreal. Raquel había muerto. Su querida y vieja Raquel ya no estaría esperándolo en la estación con un abrazo entrañable y sincero, apretándolo con fuerza contra su pecho. Lo habían llamado a Madrid para decírselo, y él había sentido que el mundo dejaba de girar por un instante, aunque nadie más pudiera darse cuenta de ello, y que el tiempo comenzaba a caminar hacia atrás, hacia aquellos momentos que alguien, al otro lado de la línea, se empeñaba en decir que ya no se repetirían jamás. Después de aquella llamada, lo siguiente que supo fue que iba en aquel tren camino de un pueblecito de Santander, de su viejo pueblo. A medida que se aproximaba al final de su viaje se sentía cada vez más inquieto, con las viejas heridas palpitando de nuevo, con la cabeza llena de imágenes de un pasado feliz y ya irrecuperable. Se dejó arrastrar por la nostalgia y pensó por fin en aquello que había intentado esquivar durante todo el viaje. En aquel reencuentro que tendría lugar en el mismo pueblo que un día, hacía años, había sido el escenario de una despedida: iba a ver a Laura.

El tiempo gastado en el viaje le sirvió para reflexionar. El lento desfile del paisaje en la ventana marcaba el ritmo de sus pensamientos. Había dejado en Madrid una vida rota: una mujer a la que engañaba, dos hijas que adoraba a las que no había podido ver en el último mes, y un trabajo de profesor en la universidad, enfrentado todos los días a las caras soñolientas de los mismos alumnos aburridos. Una vida que nada tenía que ver con los sueños de antaño. Con aquellos sueños por los que valía la pena luchar. Todo se le había venido abajo, y nunca podría averiguar con certeza de quién había sido la culpa, aunque no podía evitar pensar que era su propia cobardía la que había comenzado a envenenar sus sueños. Alguien lo había convencido de que triunfar significaba aprender a vivir con la boca siempre llena del amargo sabor de la decepción, y él había escogido los caminos equivocados, uno tras otro. Hasta llegar a olvidar de donde venía. Hasta que aquella sangre joven y rebelde que bullía con el mar, con las montañas, con los sueños, se le fue adormeciendo. Con los años, había llegado a acostumbrarse a la infelicidad. Hasta que aquella llamada le había recordado que una vez fue feliz.

Su madre y su hermana lo esperaban en la estación. Con su cabeza todavía lejos de allí trató de corresponder a los saludos. Un beso quizá un poco frío, un abrazo tal vez demasiado breve y un paseo por el pueblo, en silencio, hacia casa. El pueblo había cambiado tanto que ya no lo reconocía como aquel lugar en el que había crecido y del que le había costado tanto trabajo separarse. También la casa parecía haber cambiado. Sólo su habitación permanecía igual. Se sintió en un santuario mientras recorría con la vista aquellas paredes. Sus ojos se posaron en el retrato que estaba sobre la mesilla, en el que aparecían Laura y él, jovencísimos, abrazados, mientras Raquel, tras ellos, los miraba. Dos chicos jóvenes, inocentes. Felices. Y la sonrisa de Raquel protegiéndolos del mundo. Había pasado mucho tiempo. Su madre subió cuando comenzaba a deshacer la maleta.

-¿Qué tal el viaje, hijo?
-Bien, mamá.
-¿Y Susana y las niñas?
-Están bien.
-¿Cómo es que no han venido?
-Nos hemos separado, mamá.
-¿Qué?
-Que nos hemos separado. Hace casi un mes que Susana se fue a casa de su madre.
-Pero… pero, ¿por qué? ¿Qué pasó?
-Tuvimos problemas, mamá. Las cosas ya no marchaban como al principio. No nos entendíamos. Y... bueno, había otra mujer. Y ella se enteró. Aunque supongo que eso fue sólo la gota que colmó el vaso. Ya nada era como antes.

-Pero,...¿y las niñas?
-Las niñas viven con ella. Todavía no saben nada, creo. Para ellas, lo único que sucede es que están pasando unas vacaciones con su abuelita.

Aquella mañana el ambiente en casa fue raro. Él no lograba identificar aquel caserón con el lugar que recordaba. Había sido el lugar de su infancia, en el que las voces de los niños resonaban en los muros de piedra durante todo el día. Pero él ya no era un niño, y sus ojos no eran los mismos. Ya no podían ver las cosas del mismo modo que antes. Sin ganas, le contó a su madre todos los detalles de la historia, mientras ella escuchaba a mitad de camino entre el asombro y la vergüenza. Le habló de Verónica, que era mucho más joven que él; le contó cómo Susana se había enterado sin sentirse ofendida, ni siquiera sorprendida; se oyó hablar a sí mismo dando unas explicaciones que nunca antes se había molestado en buscar. Tuvo que escuchar un buen sermón, exactamente como se había imaginado. Se sentía cada vez más incómodo. Mientras apuraba el desayuno aprovechó una pausa en el discurso materno para cambiar de tema.

-Mamá, ¿y Raquel?

Su madre se tomó unos instantes antes de responder. La evocación le llenó los ojos de lágrimas.

-Murió en la cama, la pobrecilla.
-¿Así, sin más?
-Si, así, de repente. Últimamente se quejaba de todo, pero hacía años que no tenía un mal catarro. Ya sabes cómo era.
-Si. Ya sé cómo era.

Su hermana los contemplaba en silencio, apoyada en la puerta. Cuando habló por primera vez, le echó encima un millón de recuerdos:

-Laura está destrozada, Javier. Tendrías que pasar a verla.

Su madre se quedó recogiendo la mesa. Él salió con su hermana a pasear por un camino retorcido entre pequeños prados verdes. El sol empezaba a calentar, y olía a hierba cortada. Se les fue la mañana evocando a la vieja Raquel, la mujer que los crió, que vivió en su casa tantos años, que les enseñó a ver el mundo a través de sus ojos azules, capaces de transformarlo todo en juegos y risas. Cada uno le contó al otro cosas que nunca antes le habían contado a nadie, recuerdos comunes que se habían transformado en propios con los años. Intercambiaron la imagen que cada uno tenía de Raquel, riendo y llorando. Él se dio cuenta, de repente, de cuánto había echado de menos a su hermana durante todo ese tiempo. Hacía años que no hablaba tanto con ella. Pensó que de haberla tenido a su lado, en Madrid, todo habría sido distinto.

-Al principio fue muy duro. Me acordaba mucho del pueblo, del mar. Pero no tenía a nadie con quien hablar. Nadie podía entender cómo me sentía.
-Además, Laura estaba aquí, ¿verdad?

Él la miró con una sonrisa triste, cansada. Era inútil tratar de engañar a su hermana respecto a eso. Ella lo conocía demasiado bien, y era la única persona que estaba al tanto de lo que había pasado entonces. De cómo Laura, la hija de Raquel, aquella niña que había crecido con ellos, en su misma casa, prácticamente como una hermana más, se había convertido en la primera pasión de la adolescencia de Javier. En el primer amor. Hacía casi veinte años de eso.

-No se te ha pasado, ¿verdad? Todavía no la has olvidado.

Él no contestó. Bajó la vista y contó los pasos hasta que llegaron a la playa. Veintisiete. Una brisa fresca le acarició la cara.

-Ella está casada, Javi. Y es como de la familia.

Él siguió callado. El sol ponía un punto de luz en las crestas del mar rizado. Su hermana suspiró:

-Supongo que hay sueños que nunca se olvidan.



Aquella tarde, en el entierro, todo el pueblo se congregó para despedir a Raquel. Ni siquiera cuando murió el padre de Javier, el médico del pueblo, se había reunido tanta gente. Él permaneció absorto la mayor parte del tiempo, con la vista fija en el ataúd tapizado de innumerables flores. Rosas rojas. Las preferidas de Raquel. Se cumplían sus deseos: la enterraban en tierra, sin mármol ni lápidas caras. Sólo una sencilla cruz de piedra con su nombre, y flores, muchas flores. El cura dijo un bonito sermón, recordando muchas anécdotas que nadie escuchó, porque todos repasaban en silencio sus propios recuerdos de Raquel. Vio a Laura de pasada, en medio del gentío, llorando apoyada en el hombro de su marido, con los ojos brillantes. No sintió nada especial al verla. En cierto modo, eso le sorprendió, pero no supo si alegrarse.


Se quedó allí, de pie, totalmente inmóvil, hasta mucho tiempo después de que se hubiera ido toda la gente. A solas con Raquel. No habló con ella. ¿Para qué? Como la propia Raquel decía, a los muertos no se les habla, se les llora. Así que lloró, aunque no sólo por Raquel. De camino hacia la salida pasó por la tumba de su padre, y dejó sobre el mármol frío y blanco una rosa. Una única rosa. Un intento tardío de expresar todas las cosas que hubiera querido decirle y nunca le dijo.


Al día siguiente, el tiempo cambió. Una fría llovizna puso en el paisaje una nota de gris, melancólico y tranquilo. Javier sacó de algún armario una vieja pelliza, se la echó por los hombros y salió a pasear por la playa. Las olas se rompían en una espuma sucia mientras él caminaba despacio por la arena, con el pelo mojado pegado sobre la frente. Se sentó en una roca, mirando al mar, y notó que alguien se acercaba.


-“Ángeles negros volaban por los aires de poniente. Ángeles de negras trenzas ….”


Él supo inmediatamente quién le recitaba aquellos versos. Los mismos con los que Raquel les espantaba los miedos a la oscuridad, muchos años atrás. Supo que se trataba de Laura antes de escucharse a sí mismo recitar el último verso:


-“….y corazones de aceite”
-Hola, Javier.
-Hola, Laura.
-Le gustaba mucho esa poesía, ¿te acuerdas?.

Permanecieron uno frente a otro, mirándose, sin saber muy bien qué hacer, hasta que se fundieron en un abrazo profundo, silencioso. Cuando por fin se separaron estaban llorando. Él no le dio el pésame, ni le dijo lo siento. A pesar del tiempo transcurrido, ella ya sabía todo aquello que él hubiera podido decir.

-La voy a echar mucho de menos, Javi.
-Yo también. En realidad, ya la he echado de menos todos estos años.
-Y ella a ti. No sabes cómo.
-¿Qué tal te va? Me han dicho que estás casada.
-Si.

Él temió haber tocado un tema incómodo, pero el silencio duró sólo un instante. Ella pareció recordar algo y sonrió brevemente.

-¿Recuerdas cuando éramos niños? Me prometiste que te casarías conmigo y me llevarías a Madrid.
-No te hubiera gustado Madrid.
-Supongo que no.
-Sabes que tuve que irme.
- Igual que yo tuve que quedarme. No pasa nada. Cada uno siguió su camino.
-Las cosas pudieron haber salido mejor.
-Supongo que sí. Pero salieron así. Y eso ya no se puede cambiar.

Ella se cogió de su brazo y comenzaron a caminar por la arena mojada. Había dejado de llover, y ellos comenzaron a hablar de los viejos tiempos, de lo mucho que había cambiado el pueblo, de Raquel. Él recuperaba aquellos pedazos de pasado con una mezcla de tristeza y esperanza. A ratos se sentía un niño otra vez. A ratos se sentía muy viejo. De vuelta al pueblo, ella soltó su brazo, pero siguieron caminando juntos, en silencio, sintiendo el sonido de sus pisadas sobre los charcos. Al separarse, ella dijo:

-Pasa por casa antes de irte. Mi madre dejó algo para ti.


Por la tarde llamó a Susana. La encontró cambiada. En su voz no estaba aquella ironía hiriente que él tanto odiaba. Los dos hablaron con precaución, con miedo a decir algo que doliera. Le contó lo que pensaba hacer, aunque él mismo no lo sabía todavía muy bien: tal vez se quedaría unos días en el pueblo, para recuperar amigos y paisajes olvidados. A ella le pareció bien. Después de hablar con las niñas volvió a ponerse Susana.


-¿Hasta cuándo va a durar esto, Susana?
-No lo sé.
-Siento mucho todo lo que pasó.
-Sentirlo no basta.
-No he vuelto a verla.
-Eso es lo de menos.
-¿Entonces…?
-No lo entiendes, ¿verdad? Me dolió que me engañaras, pero me duele mucho más la manera que tenemos de vivir, como extraños. En el último año, cada vez que hablábamos era para discutir. ¿De verdad querías seguir así?
-Podemos cambiar las cosas, Susana. Entre los dos.
-No estoy segura de eso.
-Por favor.


Silencio. Un instante. Una eternidad.


-Lo pensaré.


La comunicación se cortó. Se quedó quieto, respirando despacio. La lluvia bailaba sobre los cristales, con un ritmo misterioso. Y de repente, mientras miraba el teléfono, se sintió vacío por dentro.
(Continuará...)

jueves, 22 de julio de 2010

UN TIPO DURO

Soy un tipo duro.

Lo digo sin presunción, y sin falsa modestia. Con objetividad. He tenido ya suficientes oportunidades para comprobarlo, y puedo sostenerlo ante cualquiera.

Ahora estoy en un bar. Está oscuro, y apesta, pero no me importa. Estoy acostumbrado a estos ambientes. No me gustan, pero sé moverme en ellos. A veces pienso que toda mi vida me he movido en estos ambientes.

Hace tiempo fui policía. Me expulsaron del cuerpo por un error. Fue por una mujer (¿acaso no es siempre por una mujer?). Desde entonces, me gano la vida trabajando para algunos tipos de esa clase de gente que no presentarías a tus amigos. Les cubro las espaldas, les hago algún favor, y ellos me pagan bien. De hecho, me pagan muy bien. Y yo me gano hasta el último céntimo, porque soy bueno en mi trabajo. Soy muy bueno.

No echo de menos mis años de poli. Llegué al cuerpo después de estudiar derecho, y nunca encajé demasiado bien allí. Me gustaba el trabajo, pero los jueces me consideraban un listillo, y mis compañeros me miraban como un infiltrado. Tampoco es que me afectara demasiado. Siempre me he sentido más a gusto trabajando solo. A mi aire. Como hago ahora.

Trabajo para un tipo poco recomendable, y lo sé. Pero no todo el mundo puede permitirse tener escrúpulos para estas cosas. Eso es un lujo al alcance de unos pocos. Por lo demás, el trabajo no está mal. Tiene sus días, como todos.

Hoy me ha pedido que me encargue de su último capricho. Cuídame de Verónica, ha dicho. Que no se meta en líos. Como si fuera fácil evitar eso.

Verónica es una de esas mujeres que siempre está metida en líos. Unas veces los encuentra, y otras los crea. Es una hembra espectacular. Con un cuerpo de locura, y una cara que indica que sabe cómo usarlo. Una de esas mujeres que sólo te pueden inspirar malos pensamientos. Es pelirroja, además. Y a mí me pierden las pelirrojas. Pero estoy trabajando, y no me conviene seguir por ese camino. Las mujeres ya me han causado demasiados problemas.

La estoy contemplando desde una distancia prudencial, sin que ella me vea. Lleva un rato comportándose como una zorra con un tipo de aspecto de deportista. Me estoy fijando en él, porque sé que tarde o temprano tendremos que conocernos, y me gusta estar preparado. Lleva el pelo muy corto, casi rapado por los laterales. Rubio. Un aro en la oreja izquierda. Por el cuello de la camiseta asoma un tatuaje. Pantalones ajustados. Fuma Marlboro, y enciende los cigarrillos con un Zippo que utiliza con ademanes aparatosos. En el bolsillo trasero del pantalón se adivinan problemas.

Sigo contemplando las evoluciones de la putita del jefe. Sólo miro, y espero. He pedido agua, pero no la he tocado. No fumo. No mientras trabajo. Me gusta beber una copa de vez en cuando, y me gustan los buenos cigarros, pero prefiero disfrutarlos en casa. Me gusta reservar estos placeres para los ratos de descanso. Así puedo asociar mi casa con algo agradable al acabar el trabajo. Una copa de Hennessy, un Churchill, buena música, mi sofá. Pero, durante el trabajo, no me permito ninguna distracción. Me gusta hacer las cosas bien. Así que sigo mirando. No me pierdo ni un detalle, pero estoy seguro de que no llamo la atención. Nadie podría decir si los miro a ellos o a cualquier otro. Conozco el oficio, y el aspecto ayuda, además.

Soy bajo. Ni muy delgado ni muy gordo. Pelo corto, sin exagerar. Ningún rasgo físico destacable. Ni siquiera una cara especial. Soy normal. Me gusta vestir bien, y ahora me lo puedo permitir, porque mi jefe es un tío generoso. Pero mi ropa tampoco llama la atención. Soy un tipo discreto. Cuando entro en un sitio, me vuelvo transparente. El tipo de gente que nadie recuerda haber visto. Parezco poca cosa. Muchos han tenido esa impresión. A unos pocos he tenido que desengañarlos.

Verónica vuelve a acercarse al hombre del pelo corto. Él sonríe. Seguramente cree que es su noche de suerte. O quizá está aburrido de follar con mujeres como Verónica. Quién sabe. En cualquier caso, es muy difícil resistirse a Verónica. Incluso aunque quieras hacerlo. Y parece que el rubio no está por la labor. Más bien todo lo contrario. Corresponde a la aproximación poniendo su mano sobre el culo de Verónica. Es una manaza enorme. El culo casi desaparece bajo ella. El detalle me molesta. Es un culo precioso, y desde donde estoy tenía una buena perspectiva. Ella le está susurrando algo al oído. Algo interesante, por la cara que pone el tipo. Algo que me puedo imaginar sin demasiado esfuerzo. Algo que me traerá problemas. Me acerco un poco, sin mirarlos. Me apoyo en una columna, con aire indiferente. No me pierdo detalle.

De pronto, ella se separa con cierta brusquedad. Busca en su bolso, saca el móvil, mira la pantalla. No contesta, a pesar de que la música del local no está alta. No le ha gustado lo que ha visto, y se le ha cambiado la cara. Sé lo que eso significa: al rubio se le ha acabado la fiesta. Vero comienza a alejarse, mientras le dedica lo que supongo que es una disculpa apresurada. Al tipo le sabe a poco, y la sujeta por el brazo. Es mi turno.

Me planto delante de él sin que sepa de dónde he salido. No lo toco, ni me acerco demasiado. Si puedo, prefiero solucionar las cosas con tranquilidad, y la experiencia me ha demostrado que la gente necesita espacio. Mi cara no es agresiva, ni amistosa. Neutra. Hablo con tranquilidad.

-Perdone. Ha surgido algo importante, y la señorita se tiene que ir.

El tipo tarda unos segundos en procesar la información. Sé lo que está pensando. No soy su novio. No soy su marido. No soy policía. No sabe quién soy. Pero soy mucho más bajo que él, y eso lo anima.

-Esto no es asunto tuyo. Está conmigo.
-Lo siento, pero tenemos prisa. Otro día. Si nos disculpa…

No cuela. Me planta una mano en el pecho y aborta el movimiento de retirada que yo había iniciado. Vero se ha separado un metro, y nos mira. Parece divertida. Sólo me conoce de vista. Nunca ha hablado conmigo, y quizá sienta curiosidad por verme en acción. Voy a decepcionarla.

Miro la mano del tipo. Después levanto la vista y lo miro a él. No digo nada, pero retira la zarpa. Bien. No es tan duro como él se piensa. Pero hace otro intento.


-Márchate antes de que me enfade, anda. Y déjanos tranquilos, que tenemos que hablar.
-Me temo que no va a poder ser.
-Pero, ¿tú de qué vas, tío?

Se revuelve, inquieto. Se está creciendo. Sin embargo, no se decide. Hay algo en mí que no le gusta, pero no acierta a saber qué es, y mi manera de hablar lo descoloca. Es algo que tengo comprobado: hay situaciones en las que la amabilidad es un arma importante. Puede evitar una pelea. Y si no la evita, te permite que el otro esté un poco despistado y la cosa sea rápida. Con este tipo no creo que vaya a ser muy difícil. Llevo observándolo un rato, y podría predecir sus reacciones mejor que él mismo. Aunque el comportamiento humano tiene siempre un punto de salvajismo, y nunca te puedes relajar.

Vuelve a acercarse a mí. Agresivo. Enfadado. Eso es un error. No digo nada, pero le aguanto la mirada. El tipo no cede.

-Anda, márchate antes de que te pase algo…

Entonces le pongo una mano en el hombro. El movimiento tiene la velocidad precisa para que no provoque ninguna reacción por su parte. Es un gesto amistoso. Cualquiera que nos mire tan sólo verá a dos amigos charlando. También es un gesto estudiado. Más rápido, habrían saltado sus reflejos. Más lento, hubiera resultado forzado. Esas cosas me salen con tanta naturalidad como respirar. Al fin y al cabo, es mi trabajo. Y yo soy muy bueno en mi trabajo.

-Bueno, mira, -le digo, pasando al tuteo-. Aquí no va a pasar nada. ¿Y sabes por qué? Porque si tu mano sigue moviéndose hacia el bolsillo en el que tienes la navaja, no voy a tener más remedio que rompértela. Y ninguno queremos que pase eso, ¿verdad? Te aseguro que duele mucho. Y yo tengo prisa, y no estoy de humor. Así que te vas a estar tranquilo, quieto, y te vas a pedir otra copa. La noche es joven, y tienes tiempo de sobra para triunfar con otra. Tú no te compliques la vida, y todos tan amigos.

Dije esto con el mismo tono con el que un vendedor podría haber explicado las ventajas de un televisor último modelo. Con calma, con educación, con amabilidad. Casi con entusiasmo. Pero creo que comprendió, en el último momento, lo que le estaba diciendo. Vio algo en mis ojos. Su mano se detuvo. Permaneció así un instante. Pensando. Lo más probable era que tomara la decisión correcta, pero existía una posibilidad de que no se resistiera a hacerse el valiente y probar suerte. Por si acaso, yo ya tenía todo pensado: si movía un músculo, le pegaría un rodillazo en los huevos, lo dejaría doblado sobre el taburete y antes de que sus vecinos en la barra se dieran cuenta de lo que pasaba Verónica y yo estaríamos fuera del local. Todo es más fácil cuando lo tienes previsto.

Al final escogió lo mejor para todos. Se dio la vuelta hacia la barra y masculló un desabrido “iros a tomar por culo”. Hice como que no lo oía. Cogí a Verónica y la saqué de allí.

Ella sólo dio señales de vida cuando llegamos a mi coche. Se sacudió mi mano, y me miró con algo parecido a la furia en sus ojos. Eran verdes. Le sostuve la mirada.

-¿Así es como te ganas la vida?
-Si.
-Tu jefe manda y tú obedeces, ¿no?

Tenía ganas de pelea. Se veía en su cara, en sus ojos. Seguían chispeando. Pero tendría que hacerlo mejor. No es fácil provocarme. No me costó mucho reprimir las ganas de comentarle que también era su jefe. Al fin y al cabo, nos pagaba a ambos. Por distintos servicios, pero eso tanto daba.

-Sube al coche, Verónica. Te llevo a casa.
-No quiero ir a casa.
-Sé buena.
-No quiero ser buena.

Y supongo que ese fue el momento. Ese fue el instante en el que me perdí. Cuando comencé a notar una sensación en el pecho. Era una sensación conocida. Una mezcla de presentimiento de peligro y promesa de aventura. Podía reconocerla sin dificultad, porque ya la había sentido antes. Muchas veces. Y todas para mal.

-Tengo que llevarte a casa, Verónica. Órdenes del jefe. Así que pórtate bien y colabora.

Ella me miró un instante, y subió al coche. Una vez en el asiento, continuó mirándome. Había acertado a encontrarme el punto. No era tan tonta, después de todo. O quizá es que ella también era buena en lo suyo.

-¿Por qué no vamos a tu casa? –preguntó, inclinándose un poco sobre mí. Pude oler su perfume.
-Porque no puedo hacerlo. Ni debo.
-¿Siempre haces lo que debes?

No supe por qué le contesté a eso. Ya les he dicho que soy un tipo duro, pero también tengo mis debilidades. Y si las debilidades son pelirrojas, me cuesta mucho más resistirme. Su perfume tampoco ayudaba. Así que le contesté la verdad.

-No.

Se acercó todavía más, hasta casi rozarme el cuello con sus labios.

-Pues llévame a tu casa. Me apetece una copa. Quiero conocerte.

Valoré la situación, con la mano en el contacto, sin mirarla. A quién quería engañar. Era una batalla perdida. Arranqué y me metí en el tráfico nocturno de Madrid, hacia mi casa. Con la certeza de que, una vez más, estaba jugándomelo todo por una mujer que no me convenía. Algo que cualquiera mínimamente inteligente sabría evitar.

Yo nunca he sabido. No soy inteligente.

Sólo soy un tipo duro.


Para Enrique. Porque esta especie nos faltaba en el catálogo.

miércoles, 21 de julio de 2010

NIEBLA EN LOS ZAPATOS

Es de noche, y estoy solo. Camino por una calle ancha y solitaria. No sé a dónde voy, ni de donde vengo. Solo sigo caminando. Un pie tras otro, una y otra vez. Es fácil.

Me gusta pasear cuando hace frío, aunque odio el frío. La ciudad me parece menos inhóspita, y la luz no me hace daño. Me gusta pasear cuando las noches están bañadas de silencio, humedad y buenos propósitos.

Pero después de un rato, no sé para qué he salido de casa. Ni siquiera sé cual es muy casa. No puedo llamar hogar al triste cuartucho en el que paso el tiempo. No sé dónde estoy, ni dónde está mi casa. Supongo que mi casa soy yo. Que mi cabeza es el único hogar que siempre he tenido.

Llevo tres días sin afeitarme, y no me importa. ¿Qué día es hoy? ¿Domingo? Ayer era lunes, me parece, así que hoy es jueves. Y hace frío, y la gente me mira, y la niebla me persigue. ¿Por qué no puedo librarme de esta niebla que se cuela en mi cabeza?

Me cruzo con una mujer desconocida, y de repente me doy cuenta de que la quiero. La quiero como nunca he querido a nadie, y me siento feliz. Ni siquiera necesito decírselo. Sólo quiero reír, reír a carcajadas, alzar los brazos y girar, bailando con la niebla. La gente me mira. No me importa. Estoy loco. Soy feliz.

Pero, tan rápidamente como vino, la risa se va. Me quedo de nuevo a solas con mis fantasmas. Estoy solo. Hace frío. Tengo miedo. Y lo peor es que no sé de qué. Es un miedo atroz, húmedo, pegajoso, denso, plomizo. Se apodera de mí, y noto que mis huesos pesan una tonelada. Mi cabeza flota en la niebla, pero mi cuerpo está atado a este suelo sucio y mojado. De repente recuerdo el niño que fui, cuando era inocente y soñaba con el hombre que nunca llegaré a ser, y lloro antes de saber que estoy llorando, antes de notar las lágrimas resbalar por mis mejillas sin afeitar. Y pienso que quizá no sean lágrimas, sino la niebla de mi cabeza, que se escapa lentamente a través de los recuerdos de otros tiempos que desfilan ante mis ojos. Estoy cansado.

Vuelvo a casa desfilando ante la catedral. No hay dignidad en mi marcha. Me han derrotado, o me he rendido, o tal vez escapé antes de que la batalla comenzase. ¿Qué importa? Sólo tengo ganas de descansar. Me apetece beber, pero sé que no debo hacerlo, porque entonces el color rojo se enfadará, y me hará daño. Siempre me siento mal cuando el color rojo me habla. Creo que no le gusto. Creo que disfruta portándose mal conmigo. Arrinconándome al borde del acantilado. Él dice que es mi amigo, pero yo sé que miente, porque mis amigos están muertos: yo los maté. Los maté mucho antes de conocerlos, una noche como ésta. La catedral me mira, y me pregunto si las viejas piedras comprenderán lo que la niebla les dice acerca de mí. Yo no quise hacerlo, pero no tuve otro remedio.

El frío muerde. Subo el cuello de mi abrigo, meto las manos en los bolsillos, bajo la mirada. Mi aliento crea dragones en la noche. Los maldigo en voz baja, y sigo sin mirar atrás, caminando hacia el abismo de mi pasado, o de mi presente, o de mi futuro. ¿Qué más da? Todo yo soy un instante de eternidad. Infinito, inmutable, pavoroso. Soy infeliz, y no sé por qué. Estoy loco, y mi locura me derrota una y otra vez. Las pastillas no sirven. Mi familia no puede. Yo no quiero. Así es como debe ser. Aunque duela.

Entro en un bar, mientras el camarero clausura la noche poniendo las sillas sobre unas mesas brillantes, burlonas y pegajosas. Huele a tabaco y a sueños rotos, y pido un whisky. El tipo me mira mal. Me digo a mi mismo que no tiene la culpa, pero el color rojo pugna por salir. Puedo sentirlo, palpitando detrás de mi cráneo, agazapado, susurrante, dispuesto a la batalla. Vuelve a contarme la misma historia de siempre, pero ya no lo creo. Ya no lo puedo creer. Ya no puedo creer a nadie. Cállate, le grito. Cállate de una vez. ¿No ves que yo no quiero ser tu amigo? Estampo el vaso en el espejo que hay detrás de la barra. Se transforma al instante en mil pedazos de mí mismo, en una explosión que parece abrirme una puerta por la que el color rojo no puede seguirme. ¿Qué hay detrás del espejo? ¿De verdad quiero saberlo?

Me echan a la calle, y todo vuelve a ser igual que antes. No sé qué hago sentado en esta acera, llorando. No sé cómo he llegado aquí. No soporto el peso de mis huesos. Odio este frío de mierda. Odio estar loco, y odio todavía más estos ratos en los que no lo estoy y puedo darme cuenta de que sólo soy un puñado de niebla dentro de unos zapatos gastados y un abrigo viejo, a la deriva en una ciudad que nunca me quiso.

Me levanto despacio, sintiéndome cansado. Sigo llorando, pero estoy más tranquilo. Cada vez hace más frío. Comienzo a caminar, de vuelta a casa. Otra noche más. Otra noche más he dejado abierta la puerta, y mi cabeza se ha escapado, y han entrado los perros negros que gimen en mi interior. ¿Por qué no se callan? ¿Hasta cuándo durará esto? ¿Por qué no acabo de una vez?

De repente, en mitad de las lágrimas, del frío y de la niebla, la respuesta me asalta, nítida como un cuchillo: no acabará nunca. Porque yo no estoy loco. Yo SOY la locura.

Entonces, el miedo se va, y no puedo evitarlo: comienzo a reír. Es una risa insana, amarga, retorcida. Pero purificadora. Me siento bien. Y entonces le doy gracias a los dioses.

Porque he sobrevivido un día más en el infierno.
Porque sigo siendo niebla, pero ya no tengo miedo