viernes, 10 de septiembre de 2010

¡¡¿YA ES VIERNES?!!

La verdad, no sé qué coño he hecho esta semana. Ha sido una cosa extrañísima, porque cuanto más hacía, más cosas quedaban por hacer. Desesperante. Los días han ido pasando sin que me diera cuenta, hasta que hoy me he levantado y me he sentido aplastado por la revelación: ya es viernes. Pues qué bien: otra semana que se ha ido, y casi no me he enterado. Aunque eso no significa que no hayan pasado cosas.

Para empezar, mi familia ha vuelto. Ya no estoy de Rodríguez. Ayer comenzaban los enanos el cole, por lo que ya los tengo instalados en casa, tomando posesión de sus dominios, emocionándose hasta el delirio cuando se encuentran con un juguete, que no ven desde hace dos meses (¿por qué demonios perderemos los adultos esa capacidad para la emoción? ¿o es una cosa mía, y sólo la he perdido yo?), y, en general, cambiando drásticamente los horarios y costumbres que he mantenido durante el verano, y que ahora tan sólo son ya un feliz recuerdo. Aunque, la verdad, estoy contento de tenerlos aquí otra vez. Los echaba de menos.

Los niños han venido, además, con buen ánimo, y con ganas de ir al colegio. Como dijo mi hijo mayor, “para ver a los amigos, pero, bueno, si hay que hacer una ficha, pues la hago”. Todavía no sé si eso significa que ha salido pragmático, como su madre, o si es más listo de lo que yo creo y está empezando a vacilarme. Habrá que estar atentos a la evolución de la criatura.

Pero han pasado más cosas. Ha empezado a hacer frío. Los días han sido una sucesión de dudas existenciales de profundo calado, de las cuales la principal era: “¿Qué coño me pongo hoy?”. Porque la cosa estaba, por las mañanas, verdaderamente desagradable, pero por la tarde, algunos días, seguía haciendo calor. Lo que significa que o bien te has pasado y estás toda la tarde con la chaqueta en la mano, o te has quedado corto y estás toda la mañana pelando frío. Como anécdota, cabe destacar que no he acertado ni un solo día, oigan. Que es igual de meritorio que acertar siempre, pero mucho menos gratificante.

También me han vuelto las ganas de escribir, aunque no he tenido mucho tiempo, precisamente, y he acabado aprovechando un pequeño brote de insomnio para darle a la tecla por las noches. A esas horas no sé ni lo que escribo, así que tendré que echar un vistazo a las chorradas de esta semana, por si he dicho algo que no debía. En cualquier caso, no creo que la calidad se haya resentido. Son las ventajas de estar en un nivel tan bajo: que es muy difícil bajar más.

Sigo sin correr. No he podido salir desde que volví de vacaciones, hace ya casi un mes. La rodilla sigue doliéndome, así que he tenido que buscarme algo como sustituto, porque, como dice un amigo, el mono de la vigorexia es muy jodido. Pero hasta esta especie de metadona atlética he tenido que aparcar, porque ahora soy el feliz portador de una contractura en el cuello entre muy fuerte e insoportable, que me ha hecho parar en seco, y de paso me ha cambiado un poco el carácter.

Por lo demás, la semana ha sido un no parar. Y lo peor es que no me ha cundido nada: ha sido cortar cabezas de hidra. Ya saben, uno venga a cortar, y ellas venga a nacer de nuevo.

Pero, al fin, todo llega. Incluido el viernes. Ahora estoy apurando las últimas horas de trabajo (retribuido) de la semana, porque esta tarde nos vamos de boda. Se casa un compañero del curro. El benjamín de la pandilla, además. Un buen tipo. La verdad, se me hace rara una boda en viernes, pero si tenemos en cuenta que el contrayente es informático, supongo que incluso hemos tenido suerte de que no organizara la boda un lunes. Y de todos modos, no ha faltado quién le ha encontrado ya el lado positivo al asunto (“mucho mejor el viernes, porque así tienes dos días para pasar la resaca”). Siempre hay optimistas. Que además, claro, no tienen niños.

Por cierto, hoy establezco un record personal: dos bodas en trece días. Un record que espero que dure mucho tiempo en batir. Siendo sincero, esta boda me apetece un poco más que la anterior. Pero sólo un poco: estos fiestorros no son lo mío. Así que, como siempre, acudiré con el firme propósito de no emborracharme, con la férrea determinación de no bailar (algún amable lector ya se ha encargado de recordarme, a raíz de la otra boda, que los hombres de verdad no bailan) y con la funesta sensación de que me lo voy a pasar de puta pena.

Ya les contaré. Porque, quién sabe: a lo mejor me equivoco en todos los apartados.


jueves, 9 de septiembre de 2010

RECAPITULANDO II

Hace más de dos meses de mi primera recapitulación. Desde entonces han pasado muchas cosas en mi mundo, y por suerte casi todas buenas. Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Porque, como la vez anterior, me gustaría pararme un rato a pensar sobre cómo va desarrollándose mi experiencia en este especie de dimensión paralela que es el mundo de los blogs. Mundo en el que sigo siendo un recién llegado, con miedo de molestar a todo el mundo, pero en el que poco a poco se van ampliando mis horizontes: cada vez leo a más gente, y cada vez más gente me lee a mí. Y mentiría si dijera que no me hace ilusión.

Vamos por partes. Durante el mes de Julio, cuando hace la calor, tuve una especie de arrebato que hizo que no pudiera parar de escribir. No sé si a ustedes les ha pasado, pero para mí era una experiencia novedosa. Digamos que me resultó más placentera la primera quincena, pero a medida que el mes avanzaba y la cosa adquiría tintes de adicción me fue pareciendo menos graciosa, la verdad. Creo que en algún momento llegué a sentir como una obligación escribir algo a diario, y esa sensación no me gustó demasiado (supongo que no valdría gran cosa como periodista). Así que agradecí la llegada del mes de Agosto, con su quincenita de vacaciones, entre otras cosas porque me iba a liberar por un tiempo del blog y sus supuestas obligaciones: una especie de terapia de desintoxicación. O, para ser más exactos, de deshabituación.

El caso es que volví, más o menos relajado, más o menos descansado, después de habérmelo pasado como un enano y de quince días en los que no escribí una sola palabra. Y, a pesar de que soy un hombre de costumbres (lo de hombre admito que me lo discutan, pero lo de las costumbres es innegociable), esos quince días habían sido suficientes para cambiar la rutina de escribir por la de no escribir. Me costaba volver a publicar algo en el blog. Y eso me causaba sensaciones contradictorias. Por un lado, era un alivio ver que aquella especie de obligación para conmigo mismo había desaparecido. Por otro, echaba de menos la inspiración. No tenía ganas de escribir, vale, y eso me parecía estupendo, pero al mismo tiempo me provocaba una ligera punzada de inquietud: ¿y si no vuelve a apetecerme escribir nunca?

Así que me dediqué a contar un par de cositas sobre las vacaciones, a poner alguna canción, algún viejo relato, y a dejar pasar el tiempo a la espera de que las musas dijesen algo o callasen para siempre. Pues, oigan, las musas, ni puto caso, pero el que dijo algo fue El chico de la Consuelo, que por lo visto redescubrió el blog y lo recomendó en este post (muchas gracias de nuevo, chico, aunque esté muy feo divertirse con las desgracias ajenas [1]). Y claro, que un trendsetter de la cosa bloguera como El chico te recomiende no deja de tener sus efectos secundarios, porque él cuenta con un buen número de seguidores fieles que, a instancias de sus recomendaciones, se me metieron en el blog.

Como mis padres hicieron todo lo que pudieron por dejarme bien educadito, devolví las visitas, lo que me llevó en algunos casos a descubrir nuevos blogs y en otros a profundizar en blogs por los que había pasado deprisa y corriendo. Es así como he ido conociendo a algunos nuevos personajes de los que pueblan la blogosfera, aunque en la mayoría de los casos me limite a leerlos sin comentar: se me da mucho mejor el monólogo que el diálogo (me temo que, a pesar de los esfuerzos de mis padres, mis habilidades sociales no se han desarrollado como hubieran debido).

Como les decía, he descubierto algunos blogs que me han gustado mucho. Además de seguir leyendo al chico de la Consuelo, a Gonzalo (a pesar de sus fantasmadas… porque supongo que lo de la estación espacial era una fantasmada, o me habrá acomplejado para siempre), a Efe y a Molinos, o de seguir los viajes allende los mares de Barcelona, me ha encantado pasearme por el jardín de Amanita, que está acabando para siempre el viejo mito acerca de las rubias[2] (cabe la posibilidad de que no sea rubia, y en realidad lo suyo sea un caso leve de albinismo): me gusta su manera de escribir, su inteligencia, su humor, y es difícil encontrar mayor cantidad de sentido común y sarcasmo del que hay en su jardín. Y me encanta sentarme de vez en cuando en una mesa tranquila del Blasco, para ver la vida pasar a través de los ojos del Niño Desgraciaito y Anniehall. Aunque tampoco está mal echar un vistazo de vez en cuando a algunos paisajes interesantes a través de la ventana de Teresa.

Como decía antes, no suelo comentarles. En parte por timidez, en parte porque no se me ocurre nada interesante que decir, y en parte porque, en la mayoría de las ocasiones, los debates que se entablan en los comentarios son tan interesantes como el propio post, y me siento incapaz de aportar nada, así que me decido por seguir el viejo axioma de “si no ayudas, al menos no estorbes”. Pero me gusta ser testigo de sus vivencias, de sus experiencias, y ser partícipe de sus opiniones. Casi tanto como me gusta que ellos lo sean de las mías, pero mucho menos de lo que sigue sorprendiéndome que me digan que les gusta lo que escribo: supongo que son gente muy cumplida.

El caso es que, entre unas cosas y otras, me está volviendo a entrar el gusanillo. Como para escribir lo que yo hago no se necesita demasiada inspiración, supongo que era más una cuestión de actitud que de otra cosa, y entre todos me han dado el pequeño empujón que necesitaba cuando estaba pensando en dejar aparcado por un tiempo esto del blog.

Así que a pesar de los riesgos (sigo debiéndole una noche de bailoteo a una enfermera agraviada, y no se pueden imaginar qué sudores me asaltan cuando pienso en ello), creo que me apetece seguir una temporada más contándole cosas a todo aquel que quiera aburrirse un rato leyéndome.

Por supuesto, con su permiso. Y si el tiempo no lo impide.


[1] Él se divierte con mi aburrimiento, yo me divierto con su insomnio…. parecemos vasos comunicantes anímicos. ¿Habremos inventado la empatía inversa?

[2] Aclaro que mi mujer es rubia y que, salvo por el hecho de haberse casado conmigo, demuestra ser bastante inteligente (aunque yo siempre había pensado que era más la excepción que la regla).


miércoles, 8 de septiembre de 2010

HISTORIAS DE LA PUTA MILI (V): GALLÍPOLI, 1915

Hoy me ha vuelto a dar por contar batallitas. Ya saben, esa costumbre mía que últimamente había dejado un poco abandonada, por causa de la pereza veraniega y las vacaciones, ex aequo. Qué mejor momento para retomarla que el final del verano, esta época tan propensa a la depresión.


El caso es que ayer me recomendaron la lectura de una nueva biografía de W. Churchill. Ya saben, ese tipo bajito y regordete, con pinta de simpaticote, famoso por inventar el símbolo de la victoria (la V hecha con los dedos índice y corazón), por popularizar expresiones como el Telón de Acero (que hubiera sido el gran éxito económico de su vida si la hubiera registrado como miembro de la SGAE) y por otras frases más o menos afortunadas que, por alguna razón que se me escapa, calaron hondo entre su público [1]. Luego me aclararon que se trataba de una hagiografía, más bien. Y claro, me saltó automáticamente el resorte que llevo dentro, siempre impulsándome a llevarle la contraria a todo el mundo (incluso a mí mismo, en ocasiones), y pensé que, para compensar, yo podía publicitar alguna de las insignes cagadas que el gran orador inglés había perpetrado a lo largo de su vida. Que hay para elegir, créanme.


Podría, por ejemplo, hablar de su popularidad a la hora de reprimir los disturbios anarquistas en la década de los 20 en Gran Bretaña, o sus expeditivos métodos para disolver las huelgas (llegó a poner a Mussolini como ejemplo de cómo se debía tratar a los trabajadores, pocos años antes de tener que declararle la guerra a la Italia gobernada por …Mussolini: qué cosas tiene la política, ¿verdad?), o de la crisis económica que propició como ministro del ramo cuando decretó la vuelta de Gran Bretaña al Patrón Oro (a quién se le ocurre, con lo amigos que han sido los ingleses toda la vida de ir a su aire en lo que a patrones, medidas y sentidos de circulación se refiere, querer integrarlos en un sistema usado por el resto del mundo), o de sus bandazos políticos: empezó en una rama disidente del Partido Conservador, para pasarse luego al Partido Liberal (en plena sesión de la cámara, con un par), para volver luego al Partido Conservador, en su versión más ortodoxa, jurando ser un conservador-de-toda-la-vida.


Pero como lo que a mí me tira es la cosa bélica, qué quieren que le haga, he acabado decidiéndome por una de sus más sonadas meteduras de pata en lo que se refiere a mandar a sus compatriotas a morir defendiendo sus estupendas ocurrencias. Me refiero a la campaña que promovió desde su puesto como Primer Lord del Almirantazgo (que viene a ser como Ministro de Marina, más o menos) para invadir Turquía durante la 1ª Guerra Mundial. Campaña que pasó a la historia en Gran Bretaña como la Campaña de los Dardanelos, en Turquía como una cosa que no me atrevo a escribir para evitar que se me disloquen los dedos y en las lejanas (y sin embargo, en tanto que miembros de la Commonwealth, tan próximas) Australia y Nueva Zelanda, como la Batalla de Gallipoli.


El caso es que el intrépido Sr. Churchill, metido de lleno en el berenjenal de la Gran Guerra, y viendo que de momento no podía con los alemanes, optó, como buen pragmático, por pegarle al gafas de la clase. El enclenque agraciado fue, en esta ocasión, Turquía, que por aquel entonces arrastraba el sobrenombre de “El hombre enfermo de Europa” (coincidencia, nada más, porque por ese poco honorable puesto han pasado, en distintas épocas y según los cronistas, países como España, Italia, Irlanda, Rusia, Alemania o, pásmense, la propia Gran Bretaña; no es un dato como para poner en letras gordas en el currículum, pero, oigan, un título es un título).


Así que nuestro amigo el de la V se las arregló para ir puteando a los turcos (que si ahora te decomiso unos barcos, que si ahora te cañoneo unos fortines,… vamos, lo normal en estos casos) hasta que a los chicos del Bósforo se les calentó la cabeza y le dieron a los rusos (aliados de Gran Bretaña en aquel entonces) un meneo, y al señor Churchill la excusa que necesitaba para convencer al pueblo inglés de que los otomanos eran el Eje del Mal del momento y que había que invadirlos, preventivamente, por su bien. La moción prosperó, y se formó una flota considerable que, en Abril de 1915, puso rumbo a los Dardanelos. Con el orgullo y la confianza típicamente británicos, pero con una improvisación y un espíritu chapucero que supongo que nos pedirían a nosotros para la ocasión.


Porque cuando la flota llegó a su objetivo, intentó ganar la batalla desde el mar, cañoneando las posiciones turcas con la artillería de sus buques. Esta tentativa fracasó, debido a las minas existentes en la zona y a la particular disposición de las fortificaciones defensivas, así que los ingleses decidieron improvisar y desembarcar para rematar la faena en tierra. En un primer momento consiguió desembarcar sin apenas problemas una cantidad considerable de hombres, pero eligieron una zona ligeramente inadecuada: las playas de un cabo, frente a unas colinas que dificultaban el avance. La verdad es que tampoco lo hicieron tan mal, teniendo en cuenta que no llevaban mapas dignos de tal nombre, que no habían planificado nada y que ni siquiera se habían puesto de acuerdo en quién tendría el mando de la fuerza expedicionaria (compuesta por británicos, australianos, neozelandeses y franceses) [2]


En los primeros momentos, la fuerza expedicionaria podría haber ocupado las posiciones elevadas frente a ellos, ya que su superioridad numérica era abrumadora, y los turcos no estaban demasiado bien preparados. Pero los mandos británicos juzgaron que instalarse en las colinas supondría aumentar mucho la extensión del campamento (lo que exigiría una mayor coordinación para la que, con razón, no se sentían preparados) y dificultaría el aprovisionamiento diario de agua. Total, que decidieron tomárselo con calma, y le dieron tiempo a los defensores para reforzar las defensas en las colinas. Y de qué forma.


Porque al mando de las fuerzas turcas se encontraba un general alemán, Otto Liman von Sanders, quien, con la típica eficiencia germana se encargó de dirigir los esfuerzos defensivos, montando un entramado de trincheras y puestos artilleros que, como se demostró después, iba a complicarles mucho la vida a los invasores. Además, el comandante turco era un joven Mustafá Kemal, por aquel entonces aún desconocido pero que prometía mucho, con una gran capacidad para galvanizar los afanes de sus compatriotas.


El resultado fue que durante varios meses las fuerzas británicas, francesas y de la ANZAC (Australia y Nueva Zelanda) se quedaron atrapadas en una batalla terrible, en condiciones durísimas, y sufrieron una escabechina. La batalla fue una variante macabra de la espeluznante guerra de trincheras que se libraba en Francia, porque a los demoledores efectos de la artillería, las ametralladoras y los obsoletos conceptos de los mandos (cargas suicidas, a pecho descubierto), se unieron las inclemencias del clima turco (sustituyendo el barro y el frío por un calor axfisiante y polvoriento), la particular disposición de los contendientes (las cargas contra las trincheras enemigas debían realizarse, esta vez, subiendo una pendiente bastante pronunciada), la imposibilidad de realizar un repliegue (la fuerza desembarcada estaba, literalmente, copada en la playa), y la escasez de agua (el suministro de agua se realizaba a través de las playas, en descubierta; los turcos, naturalmente, se encargaban de amenizar dichas excursiones).


Durante los meses que tardaron los mandos británicos en comprender que allí no había nada que hacer, palmaron más de 50.000 atacantes, y una cantidad similar de defensores turcos. Contando heridos y desaparecidos, las bajas superan el cuarto de millón de hombres por cada bando. Considerando que iban a enfrentarse con el niño-colleja de la clase, con el esmirriado de las gafas, la broma les estaba saliendo cara a los ingleses. Así que a partir de Diciembre de 1915, utilizando maniobras de distracción y al amparo de la oscuridad nocturna, la fuerza expedicionaria comenzó la evacuación, que se prolongaría hasta finales de Enero de 1916. Finalizaba así uno de los mayores descalabros británicos en toda la guerra (imagínense el descojono en el mundillo militar al comentar la jugada, en plan “¿Qué no habéis podido con los turcos? No me jodas, pero si no tienen ni media h…”).

La batalla en cuestión tuvo también algunos efectos colaterales. Todas los tienen, en realidad, pero en esta ocasión tuvieron cierta relevancia. Para empezar, el promotor de la escabechina, nuestro amigo Churchill, se vio en el centro de las críticas y dimitió de su puesto de Primer Lord del Almirantazgo, solicitó su reingreso en el ejército y se pasó el resto de la guerra al mando de una unidad en Francia, dando tiros en primera persona. Un vaivén más de los que caracterizarían siempre su carrera (de hecho, el arrojo que demostró al irse voluntario al frente le hizo recuperar gran parte de la popularidad perdida con la cagada de los Dardanelos; como además, al final Inglaterra ganó la guerra, la imagen de Churchill salió incluso fortalecida del conflicto).
Por otro lado, el berenjenal que había contribuido a montar de forma tan decisiva el futuro Primer Ministro dio lugar a un curioso complejo entre los militares británicos, conocido como Síndrome Gallípoli, que se resume en que, a partir de entonces, el ejército inglés se mostró sumamente reacio a desembarcar en playas ocupadas por el enemigo, argumentando que eso sería una carnicería, como en la batalla en cuestión. El hecho de que la batalla en cuestión tuviera también otros condicionantes (improvisación, mala dirección, decisiones equivocadas, etc,…) no fue tenido en cuenta: el ejército inglés no desembarcaba, y punto. Ya se sabe lo amantes de las tradiciones que son los ingleses, y, al fin y al cabo, una tradición es una tradición, aunque sólo tenga unos minutos de solera. Esta neura les duró hasta el desembarco de Normandía, y porque los americanos se pusieron en plan mandón (que para eso ponían la pasta, los hombres y el material), que si no, hasta hoy.
Y, para finalizar, aquel prometedor militar turco, Mustafá Kemal, que habíamos dejado párrafos atrás dirigiendo los esfuerzos de las tropas turcas con su elocuencia, su valor y su eficacia, vio subir su popularidad hasta unos niveles que propiciaron su subida al poder cuando el Imperio comenzó a desintegrarse, en parte como consecuencia lógica de una decadencia que venía de muy lejos, en parte porque los ingleses, según otra de sus tradiciones (tienen tradiciones para todo) decidieron meterle el agua en casa a los turcos organizando una revolución de los pueblos árabes [3] que, gracias a la maniobra británica, tomaron conciencia de sí mismos y decidieron independizarse de lo que quedaba del Imperio otomano. En cualquier caso, Mustafá Kemal fue el que finiquitó oficialmente el sueño imperial, aboliendo el sultanato en 1922 y estableciendo la República de Turquía en 1923. Claro que para entonces ya era conocido por su sobrenombre, Atatürk (padre de los turcos).

Al final, la batalla fue una desgracia, como lo son todas las batallas (lo que no quiere decir que algunas no sean necesarias). En la tradición británica, Gallípoli figura como una gran derrota. Para los turcos, fue una gran victoria. Para los Australianos y Neozelandeses fue, sencillamente, una catástrofe. Un desastre (la ANZAC tuvo cerca del 80% de bajas, entre muertos y heridos). Por eso, todavía un siglo después, canciones como ésta siguen poniendo húmedos los ojos aussies. Por eso Gallípoli sigue siendo un lugar de peregrinación para muchos australianos cuando visitan Europa.


Por eso, y por la carta que Mustafá Kemal, ya convertido en Atatürk, le dirigió a la delegación australiana que visitó el lugar, recién finalizado el conflicto, en 1920. Una carta que es todo un ejemplo de comprensión, y de sentimiento de hermandad ante una catástrofe que no distinguió entre vencedores y vencidos. Una carta que hoy, casi un siglo después, suena como un mensaje extraño ("Esos héroes que derramaron su sangre en nuestra tierra yacen hoy en el suelo de un país hermano" "vosotras, madres, que enviasteis a vuestros hijos a morir en un país lejano, enjugad vuestras lágrimas: ahora, ellos son también nuestros hijos, y reposan en paz") en este mundo supuestamente más civilizado.




[1] Por ejemplo, durante la batalla de Inglaterra, en la que la R.A.F. (Fuerza aérea británica) se las apañó para contener a los alemanes, impidiendo así la invasión de las islas, soltó aquello de que “nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, refiriéndose al lío del que les habían librado los escasos pero valerosos y competentes pilotos ingleses: se comprende que esta frase le hiciese ganar puntos, porque es un detalle elegante ser agradecido. También dijo aquello de “resistiremos en las playas, en los montes, en las calles: nunca nos rendiremos” , que, las cosas como son, queda chulo y resulta inspirador. Pero cuando le dijo a todo el pueblo británico, que las estaba pasando putas, que sólo podía ofrecerles “sangre, sudor y lágrimas”... la verdad, no consigo entender por qué triunfó: lo suyo hubiera sido ofrecerle al público algo más que fluidos corporales. Un político español, por ejemplo, habría anunciado alguna novedosa arma secreta, prometido la victoria por goleada, ofrecido un piso en la Costa del Sol al primero en llegar a Berlín, y después se hubiera hecho una foto besando a un niño. Qué raros son los ingleses.


[2] Pueblo este, el francés, con una extraña facilidad para los vaivenes, también. A lo largo de la historia se las han arreglado para estar continuamente pasando de un extremo a otro: vivir a la sombra de España, luego derrotarla, posteriormente aliarse con ella contra Inglaterra, luego conquistar Europa para acabar, poco tiempo después, aprovechando todas las oportunidades para hacer el ridículo (estamos hablando de batallas, aclaro) que el destino les ponía a tiro... Para mí que los pierde el afán de protagonismo, pero, en fin, c’est la vie, como dicen ellos.


[3] Esto sirvió para crear otro mito, como Lawrence de Arabia, hacer una película muuuy larga que no me gusta nada (no soporto a Peter O'Toole) y cambiar, en el delicado equilibrio mundial, el islamismo turco por el islamismo árabe. Unos 84 años más tarde, los fundamentalismos islámicos que empezaron a surgir en aquella época decidieron celebrar el aniversario de la Rebelión Árabe convirtiendo las torres del WTC en una especie de trágicas velas de cumpleaños. Quizá también lo hubieran hecho los turcos. Quizá no.

martes, 7 de septiembre de 2010

MÁS DE CIEN MENTIRAS

El café del desayuno, mientras veo la ciudad desperezarse desde mi ventana.

La canción justa en el momento preciso.

Una buena conversación (o, mejor todavía: una conversación interesante).

Una buena sobremesa (de esas que son eternas, independientemente de la duración).

Un trabajo bien hecho.

La risa de tus hijos cuando se ríen a gusto.

Recordar todavía por qué te casaste con ella.

Salir a correr y sentirte capaz de dejar atrás al mundo.

Leer un libro y lamentar que se acabe.

Acabar por fin un libro que no sabes por qué demonios empezaste a leer.

Sentir que ellos (los que cuentan) están orgullosos de ti.

Las vidas con final feliz.

Las películas con finales tristes.

Recordar aún, a los 38 años, cómo se sueña despierto.

Las ciudades que todavía no has visitado.

La posibilidad de escoger en lo que crees.

Leer en algún sitio la frase que tú hubieras querido escribir.

Poder dedicar un minuto a la nostalgia (el futuro siempre puede esperar).

Recordar cómo eras hace tiempo (y poder reírte, por fin, de ti mismo).



No sé si son mentiras. No sé si las mías son las de los demás. Y no sé si llegan a cien, o son algunas menos, o son muchas más.


Pero seguro que todos tenemos algunas para tirar de ellas cuando sentimos que el día nunca se acaba. Cuando estamos en uno de esos días que nunca hubieran debido comenzar.


En ocasiones funcionan, y en ocasiones no. Pero es mejor eso que nada.


Además, nunca se sabe. Quizá en medio de tantas mentiras podamos encontrar alguna verdad.

Aunque, sin duda, el Maestro lo dijo mejor que yo. Para eso es el Maestro


lunes, 6 de septiembre de 2010

I DON'T LIKE MONDAYS

Nunca me ha gustado Septiembre. Es el mes en el que la sensación de que empieza el año se me hace más patente. Esto quiere decir que voy con nueve meses de retraso, o bien con tres de adelanto, pero este desfase tiene su explicación: Septiembre simboliza el final del verano, el comienzo del curso y, con él, el pistoletazo de salida para una larga temporada de frío, rutina y monotonía.
Es curioso, pero yo nunca he sentido la cuesta de Enero. Para mí eso es simplemente un invento de El Corte Inglés. Sin embargo, la sensación de estar en el punto de inicio de una escalada desmoralizante siempre ha estado asociada al comienzo del curso. Antiguamente, porque yo mismo tenía la vida organizada con el calendario escolar (mi calendario escolar), y ahora porque la vida comienza a estar organizada con el calendario escolar de mis hijos. Siempre he sentido estos meses del curso escolar como una carrera de fondo, y el punto de partida de una carrera de fondo es un lugar muy solitario. Estás tú solo, con la única compañía de tus fuerzas y con un pavoroso panorama por delante. Dentro de poco, además, comenzará a hacer frío. No, definitivamente, no me gusta Septiembre.

Es el mes en el que comienzan los cambios. Vale que son los mismos cambios de todos los años, y al menos no te pillan por sorpresa. Vuelven los niños, vuelve el frío, vuelve la gente de vacaciones, vuelven los atascos, vuelve el fútbol (no todo iba a ser malo), vuelve a incrementarse (mucho) el ritmo de trabajo… Pero, sin poder evitarlo, me pongo de mal humor. Bueno, no exactamente de mal humor. Me pongo un poco mustio. Sé que no voy a poder explicarlo, así que ni siquiera lo intentaré. Dejémoslo así: mustio. Y que cada cual lo entienda como quiera.

Alguien me definió Septiembre, hace algún tiempo, como un mes con 30 lunes. Y, la verdad, todavía no he encontrado una definición mejor que esa. No es necesario decir que el lunes no es mi día favorito, ¿verdad? Porque el lunes, o septiembre, que tanto da, siempre es un comienzo. Y el comienzo de algo siempre implica el final de otra cosa. Para alguna gente, el comienzo es un periodo de ilusión ante lo que vendrá. Para mí, es un periodo de análisis de lo que se fue, y no siempre el resultado del análisis es para tirar cohetes. En cualquier caso, los comienzos nunca me han gustado. Prefiero pisar el terreno conocido de lo que ya ha pasado. El incierto futuro no suele inspirarme entusiasmo, sino aprensión. Supongo que prefiero la melancolía a la incertidumbre. Cada uno es como es.

Así que ahora comienzo la semana en la que todo comienza. Incluso tendré una boda (como bien expresó mi hermano cuando se lo dije: ¡otra boda!), que no deja de ser una especie de alegoría al inicio: una ceremonia que supone el inicio de algo (una vida en común, un proyecto, un esfuerzo, un camino al divorcio,… lo que sea que acabe resultando, comienza con la boda). Y, por si fuera poco, esta mañana, de camino al trabajo, el mp3 del coche me ha soltado a bocajarro la canción más apropiada para mi estado de ánimo. Ya se figurarán cual. Exacto: ésta.

Esta canción siempre me ha gustado. Habla de una chica que se volvió loca un lunes, sin motivo aparente, y se dedicó a tirotear a sus compañeros de colegio. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, se limitó a contestar: no me gustan los lunes.

Mis compañeros pueden estar tranquilos, porque yo no llego a esos extremos (todavía). Pero, de alguna manera, siento que entiendo un poco a esa chica: a mí tampoco me gustan los lunes.

Ahora tengo que soportar 30 seguidos, así que habrá que armarse de paciencia y echar mano de los recuerdos acumulados durante el verano. Y no me vendría mal estar muy ocupado, además: el tiempo libre en Septiembre puede resultar muy peligroso.

viernes, 3 de septiembre de 2010

LA CHICA DE AYER

Ayer volví a verla, después de mucho tiempo. Y no fue agradable. Más bien al contrario: fue uno de esos momentos en los que se hace patente lo perra que puede ser la vida, cuando le da por ahí.

La conocí en la universidad, hace ya muchos años. Fuimos compañeros de carrera. El por qué una chica como ella había escogido una carrera tan unánimemente considerada como sólo para hombres (eran otros tiempos; ahora las cosas han cambiado bastante) siempre fue un misterio. Ella daba la impresión de estar por encima de todo, con una actitud hacia la mayoría de compañeros, profesores y mundo en general, que estaba entre la displicencia y el desprecio más abierto. Y, sin embargo, por alguno de esos extraños mecanismos que toman a veces los mandos de nuestra mente, conseguía caerle bien a todo el mundo.

Desde el principio fue una chica popular. Era conocida por todos. También puede influir, claro, que estuviera tremendamente buena, porque estábamos todos en una edad demasiado hormonal como para poder obviar ese detalle, y porque el resto de compañeras la envidiaba a muerte, y en el fondo la envidia no es más que otra forma de popularidad. Yo no llegué a intimar con ella, pero sí charlamos bastante durante un año, por coincidencias de clases y horarios, y porque supongo que yo era para ella tan insignificante que no merecía siquiera el trabajo de ignorarme. Pero el caso es que la conocí, un poco.

Y supe que era una chica con las cosas tremendamente claras. Con sus objetivos vitales bien definidos. Ella no había ido a la universidad para estudiar, sino para conocer gente. No se tomaba la carrera como un paso hacia la vida laboral, sino como la exploración de un coto de caza que parecía ofrecerle posibilidades de cobrar alguna buena pieza. Ella había ido allí para elegir a su futuro marido.

No la juzgué entonces, y no voy a juzgarla ahora. Quién soy yo para juzgar a nadie. Sobre todo teniendo en cuenta que nunca he sido demasiado bueno para comprender las motivaciones de la gente en general, y de las mujeres en particular. Lo que sí puedo decir es que ella se tomaba su obligación mucho más en serio que yo la mía. Porque mientras yo afrontaba los estudios con bastante dejadez, ella hacía gala de una disciplina espartana para lucir siempre radiante, inmaculada, feliz, alegre. No recuerdo verla un solo día, incluso cuando teníamos clase a las 8 de la mañana, sin estar todo lo arreglada que la ocasión permitía. En aquel entonces, aquello nos llamaba mucho la atención. Supongo que ninguno de nosotros la comprendía. Pero ahora la comprendo, o al menos así lo creo. Ella sentía que esas eran sus cartas, y las jugaba de la mejor manera que sabía.

Le perdí la pista al acabar la carrera, y no la había vuelto a ver hasta ayer. La casualidad la puso en mi camino, gracias a que su trabajo (un trabajo vulgar, de esos que ella siempre quiso evitar) se cruzó por un instante con el mío. No me reconoció, y yo tampoco hice nada para que me recordara. No quise. No pude.

El encuentro me dejó lo bastante impresionado para pedirle más información a un compañero de estudios que ahora, además, trabaja conmigo, y que suele estar enterado de qué ha sido de todos los que nos conocimos durante aquellos años. Y me contó, a grandes rasgos, cómo le había ido. Se casó, al fin, con un tipo de los que ella buscaba. De buena familia, con mucha pasta y con futuro. Un tipo que a los pocos años montó una empresa inmobiliaria que subió como la espuma, y con el que empezó a disfrutar de la vida que ella siempre había querido tener. Hasta que cambió el viento, y comenzó a disminuir el dinero, y comenzaron a aumentar las deudas. Hasta que (las desgracias nunca vienen solas) él comenzó a portarse como un perfecto hijo de puta. Luego vino una quiebra, y un divorcio, y ella se vio de nuevo sola, sin dinero, sin nada. Ni siquiera conserva ya aquella imagen deslumbrante de cuando la conocí: han pasado 18 años, y por ella han pasado de muy mala manera.

Hubiera preferido no verla. No fue agradable, como deberían ser siempre los reencuentros con los viejos conocidos, con gente a la que por algún motivo apreciaste. Me hubiera gustado verla feliz, exitosa y triunfante. Hubiera preferido mil veces sentir envidia de su suerte que pena por su desgracia.

Pero supongo que eso no es posible. O, al menos, no es posible siempre. Por cada ganador debe haber un derrotado, así que es inevitable que haya algún perdedor circulando por ahí, lamiéndose las heridas, y te encuentres con ellos de vez en cuando. Y puede que sea algo bueno, después de todo. Como un saludable recordatorio de que la vida te puede zarandear en cualquier momento, de cualquier manera. Como la certeza de que, por muy bien que juegues tus cartas, siempre puede haber alguien con una mano mejor.

Sin embargo, todo esto no son más que consideraciones filosóficas sin ningún valor. Porque lo único cierto es que volví a verla. Volví a ver a aquella chica que ayer me deslumbraba, me emocionaba, me ponía alegre. Y aquella chica de aquel ayer es hoy una mujer vencida y triste, que ya no deslumbra a nadie.

Hubiera preferido no verla. Fue tan triste…

jueves, 2 de septiembre de 2010

ESTAMOS EN OBRAS

Está siendo una semana un poco complicada, por un sinfín de pequeñas causas, inofensivas por separado, pero que juntas resultan suficientes para que mi aburrimiento no sea tan acentuado y continuo como suele. Lo echo de menos, la verdad. Parafraseando a Ortega, podríamos decir que yo soy yo y mi aburrimiento. Sin él, yo soy menos yo.

Pero como todo es susceptible de empeorar, a las mentes pensantes del Ayuntamiento de León (ustedes perdonen el flagrante oxímoron) se les ha ocurrido la feliz idea de organizar, sin previo aviso, un festival de obras en las calles, creando un bonito caos que nos llena a todos de alegría.

Verán, resulta que la zona en la que vivo tiene, entre otros inconvenientes y algunas pocas virtudes, un acceso un poco dificultoso. De hecho, tiene sólo dos accesos: uno desde el centro de la ciudad y otro desde la circunvalación (aquí llamada Ronda Este). En el acceso desde el centro (que es el que yo uso habitualmente) existían unos desperfectos que llevaban cierto tiempo solicitando su ascenso desde el status de bache al de socavón. Estaba claro que había que repararlos. El hecho de elegir estos días para repararlos, coincidiendo con el incremento del tráfico debido a la vuelta del personal (comprensiblemente encabronado) al trabajo, está mucho menos claro, pero, en fin, doctores tiene la iglesia. Como, además, ya se sabe que toda reparación tiene sus daños colaterales, si hay que cortar el tráfico, pues se corta; si hay que concentrar a toda la policía local de la ciudad en dos manzanas, se concentra; y si hay que eliminar mi ruta habitual de vuelta a casa, se elimina.

Nuestras queridas autoridades, siempre velando por el bienestar del ciudadano, han decidido que tal vez todo este pifostio no fuera suficiente para tener entretenido al personal, así que han preferido no anunciar dónde están las obras, cuando comienzan, o cuales son las vías alternativas. De modo que no te enteras de que la calle está cortada hasta que te encuentras de morros las fresadoras y la cuba de asfalto, ya metido en una ratonera de difícil salida. Exactamente eso fue lo que me encontré ayer por la tarde, al volver a casa. Viva la aventura, muera el aburrimiento.

Intenté aprovechar el tiempo para meditar profundamente acerca del motivo de que semejante desbarajuste no estuviese señalizado en alguna de las 5 rotondas anteriores, lo que hubiera posibilitado que al menos alguno de los coches allí atascados hubiera podido esquivar el embudo. Pero, la verdad, no pude: los tropecientos miembros de la policía local presentes en la zona se conjuraron para impedirlo a base de silbatazos, braceos frenéticos y malas caras. A la quinta vez que dos policías me daban órdenes contradictorias (uno que a la derecha, el otro que a la izquierda) estuve tentado de bajar y tener con ellos un correcto y saludable intercambio de pareceres. Sin embargo, recordé que hace años, en una época en la que la violencia, los navajazos y el vandalismo comenzó a ponerse de moda en las noches leonesas, el entonces alcalde de la ciudad solucionó el tema por el fulminante expediente de enrolar en el cuerpo a los más destacados vándalos, navajeros y macarras en general que pudo encontrar. En un visto y no visto, la noche de León pasó a ser de lo más tranquilo que ustedes puedan imaginarse, y la policía local se convirtió en lo más parecido a la Brigada Brutal (ya saben, de La princesa prometida) que yo puedo imaginarme. Así que decidí dejar lo del intercambio de pareceres para otro día, por si acaso los métodos del cuerpo no han cambiado desde aquella época.

El caso es que todo ese maremagnun me llevó, después de 20 minutos, al punto exacto en el que hubiera estado 20 minutos antes en el supuesto (hablemos de ciencia ficción por un rato) de que alguien hubiera pensado en señalizar correctamente aquel caos. Es decir, a la Ronda Este, a la hora en la que suele estar con un atasco importante, alimentado además en esta ocasión por todos los infelices que habíamos sido redirigidos allí por la Brigada Brut…. por la policía local. El resultado fueron otros 25 minutos de relajante espera, con el coche en primera y el embrague pidiendo clemencia, antes de poder llegar, por fin, a casa. Y aunque sé que 45 minutos de atasco pueden no parecer demasiado a los acostumbrados al tráfico de, pongamos por caso, Madrid, les aseguró que es algo absolutamente desproporcionado para lo que solemos ver por estas latitudes (desconozco el factor de conversión, pero me imagino que un atasco de 45 minutos en León es el equivalente a uno de varias horas en la capital del reino, tirando por lo bajo). Con el agravante, además, de que llegué a casa justo a tiempo de ver cómo España perdía con Lituania, haciendo un ridículo espantoso, en el Mundial de Baloncesto. Yuju. ¿Qué más se le puede pedir a un martes?

En fin, que todas las reservas de paciencia acumuladas durante las vacaciones van siendo dilapidadas entre bodas (la próxima semana tengo otra, estoy que las vendo) y atascos.

Estoy por quedarme a dormir en el curro.