jueves, 5 de mayo de 2011

MI PRIMERA VEZ

Fue con mi mujer, naturalmente. ¿Por quién me habían tomado? Soy un tipo serio, como dicen todos los que me quieren (los que me conocen dicen, más bien, que soy soso; podemos dejarlo en que soy formal, ni para ti ni para mi). El caso es que fue con ella, y que fue, a pesar de los nervios, y del miedo a lo desconocido, una experiencia maravillosa.





La verdad es que los dos teníamos ganas, pero tampoco teníamos muy claro dónde nos estábamos metiendo. Tuvimos, al menos, el buen sentido de escoger un sitio adecuado, agradable y cómodo, aunque con demasiada gente para mi gusto (además de sociópata, soy un poco tímido y en general huyo de las muchedumbres, mucho más para según qué cosas). En realidad, todo fue un gran error: los dos creíamos que íbamos allí a otra cosa, y sólo en el último momento nos dimos cuenta de lo que iba a pasar. Pero ya no había solución, así que… ¿Cómo es eso que suele decirse? Si no puedes escapar, relájate y disfruta, ¿no? Pues más o menos fue así.



Pero, como tantas otras veces, todo fue sorprendentemente bien. Les confesaré que, en principio, yo era bastante reacio a probar. Tenía un montón de prejuicios y de razonamientos perfectamente sólidos acerca del tema, que, en mi opinión, estaba muy sobrevalorado. Ya saben, la música de violines, la piel de gallina, las emociones que se descontrolan y todo eso. No creía que fuera para tanto. Porque, además de formal y tímido, soy un tipo duro, yo. Cuidado conmigo (aquí iba una especie de gruñido viril, para reafirmar la hombría y esas cosas, pero es que la transcripción de onomatopeyas no es lo mío).



La cosa es que los dos nos sentimos cómodos desde el principio. A pesar de las reticencias y los nervios iniciales, pronto nos relajamos. Y menuda sorpresa, oigan: aquello era mucho mejor de lo que nos habíamos imaginado. Porque nunca hubiéramos pensado (al menos, yo) que el movimiento de los cuerpos pudiera producir tanta belleza, tanta emoción, tanta ternura. Tanto placer. Incluso llegamos a oír violines, figúrense (y timbales, y platillos…. aquello fue la caraba).
No me lo podía creer. Así que era esto, me repetía. Y acto seguido me reprendía a mí mismo por apartar la mente siquiera un segundo de aquello. A lo que estás, me decía. Ya habrá tiempo luego para analizar el tema y, si se tercia, contarlo. Pero volvía una y otra vez aquella sensación de asombro. Así que era esto.



Acabamos extasiados. Mi mujer con los ojos como platos [1] y la felicidad instalada en la cara. Yo, que soy más contenido en lo que a expresividad se refiere, no podía evitar una ligera sensación de vértigo al pensar en todo aquel universo de maravillosas sensaciones que acababa de abrirse ante nosotros. Al sentir la certeza de que aquel había sido uno de esos momentos que se recuerdan para toda la vida. Y tenía razón, porque todavía hoy lo recuerdo perfectamente. Como si hubiera sido ayer.



Claro que, en realidad, fue ayer. Naturalmente, me refiero a la versión para ballet de La Traviata que la compañía del bailarín Iñaki Urlezaga presentaba ayer en el Auditorio Ciudad de León, y que tuve el privilegio de disfrutar en compañía de mi mujer. Representación a la que acudí, todo hay que decirlo., engañado: creía que iba a ver la versión original de la ópera, y no me enteré de que era un espectáculo de danza (¡¡yo, viendo un espectáculo de danza clásica!!, ¡¡yo!!) hasta que llegamos al auditorio; cosas que pasan… (sobre todo cuando es mi mujer la que las organiza).



Sin embargo, pocas veces me he alegrado tanto de haber sido engañado. Porque fue toda una experiencia, un espectáculo bellísimo y conmovedor, y disfruté muchísimo.



A pesar de ser mi primera vez.

Por cierto, son todos ustedes unos malpensados.



[1] Supongo que en parte por la emoción, en parte por la sorpresa y en parte por dos horas mirando sin pestañear el culo a los bailarines (cosa digna de ser mirada, hay que reconocer).




lunes, 2 de mayo de 2011

AMERICAN WAY OF LIFE

En el día de hoy, Barack Obama, Presidente de los Estados Unidos de América por la gracia de Dios y Premio Nobel de la Paz por una de esas casualidades un poco difíciles de comprender, ha anunciado que, por fin, se han cargado a Osama Bin Laden. Les ha llevado su tiempo (casi diez años), un par de guerras y algún que otro manejo poco claro, pero las cosas ya están otra vez donde debían, y la armonía reina de nuevo en este rincón de la galaxia.


Pero, por favor, entiéndanme bien. Esto no es una crítica. Ni siquiera una reconvención (¿quién soy yo para reconvenir a un Premio Nobel de la Paz, o a un presidente elegido más o menos democráticamente por millones de personas?). Ni, mucho menos, una reflexión acerca de la moralidad de algunas actuaciones. Estamos hablando de política exterior, y no creo que la moral tenga demasiada cabida en la política exterior (ni en la interior, ya puestos). Esto no tiene nada de crítica, ni de reflexión, ni de juicio moral. Es, solamente, el pie para una historieta de las mías.


Porque, visto con un poco de perspectiva, la noticia parece confirmar reveladoramente el papel que los Estados Unidos se han reservado para sí mismos en la historia mundial. Al menos para mí, aunque ya saben que yo tiendo bastante a ver las cosas de una manera peculiar, y estoy muy lejos de ser un experto en las cosas de ese país. A pesar de que hay un viejo proverbio que dice que alguien es un gran conocedor de un país cuando ha vivido en el más de veinte años o menos de dos días, yo nunca he pisado la tierra de las oportunidades, así que creo que el proverbio no me aplica. A cambio, he leído bastante, y he visto muchas películas. Tendrán que conformarse con eso, me temo.


El caso es que algunas de las cosas que he leído (lo que no haga el aburrimiento…) tratan de las bases sobre las que Estados Unidos han asentado su papel en el mundo. Generalmente se habla de dos ideas, su Destino Manifiesto (teoría sospechosamente parecida al Lebensraum alemán, aunque esa es otra historia), y la Doctrina Monroe, sintetizada en la célebre frase América para los americanos, que los useños tienden a interpretar con cierta amplitud de miras (quien dice América…). Sin embargo, hay un episodio menos conocido que refleja perfectamente el talante de la política exterior norteamericana en los últimos tiempos (pongan unos cien años, más o menos). El verdadero American Way of Life.


Estamos en 1904, en el reinado (perdón, la presidencia) de Theodore Roosevelt. Es entonces cuando entra en escena el protagonista marginal de esta anécdota, Ion Perdicaris. El amigo Perdicaris era un niño de papá de origen griego, aunque nacionalidad estadounidense. Su padre había nacido en Grecia, emigrado después a los Estados Unidos y se había convertido en un próspero terrateniente (por el expeditivo método del braguetazo, desposando a una joven de buena familia de Carolina del Sur), y posteriormente en un próspero hombre de negocios (fundador de la compañía del gas de New Jersey), con algún episodio de representación diplomática, como su época de cónsul en Grecia (los orígenes tiran mucho, ya se sabe). El hijo, Ion, creció como un bon vivant, y uno de sus mayores esfuerzos fue viajar a Grecia para tratar de recobrar la nacionalidad griega durante la guerra civil estadounidense, para evitar así que sus propiedades en Carolina fueran confiscadas por la confederación (las propiedades de los extranjeros estaban a salvo de tal contingencia). Después de solucionar el asunto, se ve que el hombre le cogió gusto a la buena vida mediterránea, y acabó construyéndose una mansión en Marruecos, donde se instaló, según cuentan las crónicas, fascinado por la cultura marroquí.


Aunque pueda sorprendernos, Marruecos no era en aquellos tiempos la balsa de aceite, faro de la democracia y tranquilo destino turístico que es hoy en día. Por el contrario, había tensiones, disputas territoriales y bastantes bandos o tribus a la greña por el control de distintas zonas o provincias del país. Precisamente una de estas bandas, encabezada por Mulai Ahmed El Raisuli, secuestró a Mr. Perdicaris el 18 de Mayo de 1904, exigiendo al sultán de Marruecos a cambio de su liberación una considerable cantidad de dinero y el control de dos provincias del territorio marroquí.


Cuando Roosevelt conoció la noticia, decidió que su gobierno no podía permanecer impasible ante el hecho de que un ciudadano estadounidense fuera utilizado como moneda de cambio en tales asuntos, así que despachó rápidamente una flota hacia Marruecos, con varias compañías de marines. No es que tuviera muy claro lo que iba a hacer, pero el tema requería determinación. El honor de los Estados Unidos estaba en juego (y, aunque se trate de un detalle menor, también la reelección: Roosevelt estaba en plena campaña).


Con los barcos ya en camino, y con Roosevelt tratando de involucrar a Francia y Gran Bretaña (las potencias europeas con intereses en el país) en una acción militar para rescatar a Perdicaris, alguien cayó en la cuenta de que Perdicaris había abjurado de las barras y estrellas cuarenta años atrás, y que los Estados Unidos estaban montando un pifostio considerable por el secuestro de un ciudadano griego. Pero con los marines en mitad del Atlántico, la campaña electoral a medias, y después de haber mareado a los gobiernos inglés y francés, Roosevelt decidió que no se iba a echar atrás, y justificó su decisión argumentando que El Raisuli había secuestrado a Perdicaris considerando que era ciudadano americano, y que su gobierno tenía perfecto derecho de ignorar el hecho de que Perdicaris hubiera preferido quemar el pasaporte estadounidense y considerarlo también súbdito yanqui a todos los efectos, en la que, probablemente, ha sido la única vez de la historia en la que un político ha admitido públicamente seguir la línea argumental de un bandido ( “si El Raisuli lo considera americano, yo no voy a ser menos”).


Así las cosas, y viendo venir a los marines, Francia y Gran Bretaña comenzaron a presionar al sultán marroquí para una pronta resolución del conflicto. En realidad, sólo llegaron a desembarcar alrededor de una docena de marines, para acompañar a la mujer de Perdicaris y sus hijos al consulado estadounidense, pero la situación estaba tensa, y el mensaje norteamericano resultó lo bastante intimidante. El 21 de Junio, un mes después de su secuestro, el sultán accedió a las pretensiones de El Raisuli y Perdicaris fue liberado.


Pero, claro, siempre puede haber malpensados que interpreten la solución del conflicto como lo que parecía: que se había pagado un rescate por la liberación de un ciudadano estadounidense (a pesar de que el ciudadano no era estadounidense y de que el rescate lo pagaban los marroquís). Y eso era un concesión intolerable (sobre todo para un candidato), por lo que Roosevelt intentó darle un aire un poco más épico a la cosa, y aprovechó la Convención Nacional del partido republicano para presentar el asunto como un éxito de su política decidida. Así, informó a los presentes de que, habiéndose producido el secuestro de un estadounidense por unos bandidos extranjeros, se había enviado a una flota de guerra con una consigna breve e inequívoca: El Gobierno quiere a Perdicaris vivo o a El Raisuli muerto.


La anécdota, en resumen, pasó a la historia de una forma bastante más pinturera que la prosaica realidad. Y resultó bastante trascendente, las cosas como son. Más allá de favorecer la reelección de Roosevelt y de inspirar alguna película como El viento y el León (aunque presenta la historia un poco distorsionada y con bastante almíbar; Hollywood es así), el incidente Perdicaris convenció a los Estados Unidos de la legitimidad y, sobre todo, de la eficacia de usar su fuerza militar como un argumento más (en ocasiones, el único argumento) en cualquier conflicto internacional. El mensaje estaba claro: cualquiera que se enfrentase a los intereses estadounidenses (o pseudoestadounidenses, como era el caso), a título personal o nacional, individual o colectivo, se enfrentaba a la justa cólera los marines. Es la tierra de la libertad. El hogar de los valientes. Y los valientes, ya se sabe, no se andan con chiquitas: el que la hace, la paga.


El incidente Perdicaris, en definitiva, les abrió los ojos a los Estados Unidos. Tenían fuerza, y tenían la decisión suficiente para usarla, sin complejos. Ya habían cumplido su Destino Manifiesto. Ya habían comprobado el éxito de la Doctrina Monroe. Ahora, Teddy Roosevelt, el viejo Rough Rider, viniéndose arriba, había desarrollado aún más la doctrina, ampliando el campo de aplicación de la misma. América era la elegida, y el mundo era suyo.


Y en esas siguen. Aunque solucionar algunos asuntillos les lleve diez años.


God bless America.



martes, 26 de abril de 2011

VACACIONES Y PESIMISMO

Les voy a contar un secreto: aunque no se lo crean, soy pesimista. Pero pesimista de pata negra, de los de verdad. De los que tienen superado lo de la botella medio vacía y piensan que está siempre llena hasta los topes de Agua Mineral de Fukushima, o algo peor. Y, como además soy un poco tozudillo, me gusta buscarle las vueltas a las frases que intentan demostrar(me) que no hay razón para el pesimismo, que la vida es maravillosa y que vivimos en un mundo nuevo y maravilloso ("Oh, que mundo nuevo y magnífico, el que contiene tales gentes").


Esta semana, no me pregunten el motivo, le ha tocado al señor Ernest Hemingway. Este tipo con pinta de Santa Claus en su día de descanso escribió una vez que el mundo es un buen lugar por el que merece la pena luchar. Opinión por opinión, ahí va la mía: a pesar de su Premio Nobel, eso es una completa estupidez.

Pero, claro, descalificar por descalificar es muy fácil, y lo correcto es dar alguna razón de por qué uno piensa lo que piensa (aunque el señor Hemingway tampoco dio demasiadas razones para soltar semejante parida). Así pues, veamos los motivos por los que este mensaje no acaba de convencerme, que son principalmente dos, a saber: el mundo no es bueno, ni malo. Es como es. A ratos estás bien, y a ratos no tanto, pero no creo que nadie pueda (podamos) entender demasiado bien el mundo en el que vive (vivimos), así que tampoco creo que colgarle etiquetas cualitativas a ese mismo mundo sea demasiado oportuno.


La segunda razón es que luchar o no luchar no es una opción: es lo que hay. Es algo tan inherente al mundo, y a la vida, que no tiene sentido hablar de que merezca la pena. Es algo obligatorio. Y, cuando haces algo por obligación, se necesita un calzador de considerable calibre para introducir el razonamiento de que ese algo merece la pena. Cuando decimos que algo merece la pena estamos sugiriendo que ese algo es una opción por la que decantarse, y ese no es el caso de la lucha.¿Podrías vivir sin luchar? Pues eso.



Si alguien quisiera una tercera razón, podría sugerirle que quizá estemos perfectamente legitimados para dudar de una sentencia tan optimista si reparamos en el pequeño detalle de que el autor de la misma celebró su ocurrencia pegándose un tiro. Lo que, estarán conmigo, no deja de ser un poco incoherente. Que sí, que ya sé que todos tenemos nuestras incoherencias, aunque generalmente no lleguen al calibre de la de Hemingway (calibre 12, concretamente), pero muchas veces las perdemos de vista, y eso es un fallo importante: las incoherencias ayudan a contextualizar según qué cosas.

Pero, después de entregarme al intenso placer de justificar razonadamente mi pesimismo, o mi falta de optimismo, o como ustedes quieran llamar a este carácter que me ha tocado en suerte, me asalta la duda. Y es que lo de dudar es un vicio, ¿saben? Comienzas dudando de un Premio Nobel cualquiera, y acabas por dudar hasta de ti mismo. ¿Y si, después de todo, hay cosas que merecen la pena?


Porque hay veces en las que las cosas, de repente, encajan, y todo es como siempre debería ser. Hay ocasiones en las que un día es mucho más que 24 horas. Ocasiones en las que el tiempo comienza a moverse lo suficientemente lento para que las cosas sucedan sin atropellarse, y simplemente se deslizan, al ritmo justo. Son esas ocasiones en las que, sin saber muy bien por qué, disfrutas de todo y de todos.


Pueden creerme (aunque si prefieren dudar de mi palabra, después de lo que he dicho antes de lo saludable que es la duda no se lo voy a echar en cara): esos momentos existen. La pasada semana viví cuatro de esos días. Estuve con mi familia a orillas del mar, y todo fue bien. O mejor. De hecho, yo diría que fue tan bien que llegó a ser incluso aterrador: una de esas sensaciones que te dan miedo, porque sabes que no son eternas, y que te hacen comenzar a sufrir su pérdida mientras todavía las estás disfrutando. Aunque a lo mejor eso sólo me pasa a mí (que tampoco me extrañaría mucho: soy un tipo complicado).


En cualquier caso, hubo un momento en la playa, mientras mis hijos jugaban con la arena y probaban a mojar los pies en las heladas aguas cantábricas, en el que me asaltó la idea de que tal vez sí haya cosas por las que merezca la pena luchar. Por ejemplo, por recordar instantes como esos. O por hacer que mis hijos crezcan todavía unos años ajenos a la certeza de que el mundo no es un lugar tan bonito como podría ser, como debería ser.


Cuando nos íbamos, me asaltó otra idea (sé que me repito, pero es que me pasa con frecuencia; pensar no pienso mucho, pero me asaltan ideas muy a menudo, y casi siempre me encuentran dispuesto: soy un chico fácil). Esta vez era una idea sorprendente, innovadora, extraña: la idea de que hay veces en las que incluso mi pesimismo se va de vacaciones.









viernes, 15 de abril de 2011

PONGÁMONOS A ESCRIBIR

Si yo fuera de esa gente que tiene sueños, anhelos y otras enajenaciones mentales de ese estilo, creo que mi sueño, si descartamos acertar primitivas, ser deportista de élite, temas clasificados para mayores de 18 años y otras cosas así de prosaicas, sería escribir. O, mejor dicho, ser escritor. Que no es lo mismo.


Pero tengo un problema: que no sé por dónde empezar. Algún ingenuo podrá pensar que lo elemental sería empezar por escribir, pero no es tan fácil. Escribir, ¿de qué? ¿En qué estilo? ¿Cultivando qué género? Está claro que lo primero parece ser una sesuda reflexión, así que esto empieza mal.


Pero hagamos el esfuerzo, que es por una buena causa, y pensemos por un momento en el género que más se adaptaría a mis habilidades (no se rían; es sólo una forma de hablar).


-Poesía: Yo lo descartaría, la verdad. Las veces que lo he intentado he estado a punto de provocarme lesiones cerebrales al tratar de leer unas cosas que deberían haber sido versos pero en realidad estaban más cerca de ser la transcripción de un mal viaje con alguna droga aún por inventar. Si eso, esperaré a que el rollo beat se ponga otra vez de moda.


-Libros de viajes: Vade retro. Dada mi aversión a los viajes, que últimamente está derivando en incapacidad física de sobrevivir más de ocho horas alejado de mi sofá, esta variante queda descartada. Al menos hasta que desaparezcan algunos estúpidos prejuicios y la gente deje de mirarte mal cuando describes lugares en los que no has estado.


-Ensayos: Una vez lo intenté. Estuve a punto de hundir la industria farmacéutica, sección somníferos. Desde entonces recibo llamadas amenazadoras a medianoche. No tengo vocación de mártir, así que paso de meterme con lobbys tan poderosos.


-Libros de historia: Esa sería una opción interesante si no fuera por algunos detalles sin importancia como:


a)Escribir de historia exige documentarse, y eso es algo que


da pereza.


b)Todo el mundo sabe el final, lo que reduce mucho la posibilidad de crear suspense.


c)No tengo ni puta idea de historia, lo que unido al apartado a) podría llegar a ser un inconveniente, si no insalvable, sí de cierta importancia.


-Memorias: Sería una opción estupenda si tuviera 80 años, hubiera llevado una vida llena de aventuras y repleta de anécdotas interesantes, y el Alzheimer me respetara lo suficiente como para recordarlas. Afortunadamente, el tercer supuesto se da (por el momento), pero, desgraciadamente, no así los dos primeros.


-Otras variantes: Prospectos de medicamentos, proyectos urbanísticos, memorias de actividades económicas, cartas de suicidio… sí, ya sé que hay muchas posibilidades, pero ninguna acaba de convencerme. En el tema de los prospectos, la temática tiende a la monotonía y el estilo al encorsetamiento, y no me veo capaz de revolucionar el sector, la verdad. Redactar proyectos urbanísticos y cosas así mola, pero me falta el detalle de tener algún conocido en ministerios (ni un triste concejal en la familia, oigan). Escribir memorias de actividades económicas quizá me gustara, si supiera lo que son. Y encuentro que el género de las cartas de suicidio adolece de una cierta falta de feed-back entre el autor y su público. Lo que les digo, que ninguna me convence.


Qué nos queda? La ficción. La siempre fiable ficción. Cuanto más lo pienso, más ventajas le veo. No necesito documentarme: si escribo de algo que no conozco (lo más probable), basta con no dar detalles. Los personajes pueden ser todo lo increíbles, disparatados, absurdos y espantosos que se quiera, y aún así tener la seguridad de que se quedarían cortos en la comparación con algunos de los personajes de carne y hueso que todos vemos a diario. Y la trama puede ser como uno quiera: creíble o increíble, lógica o ilógica, continua o a saltos, interesante o aburrida, buena o mala… cualquier cosa vale. El dominio del lenguaje tampoco es requisito indispensable, porque puedes escribir como te salga del cimbel y justificarlo después como un ejercicio estilístico de inmersión en el lenguaje y la jerga choni, taleguera, policial, juvenil, botellonera o esquizofrénica, y no faltará quién se lo crea. En fin, ya les digo, todo ventajas. Así que está decidido: la ficción será mi elección. Y como la brevedad no está entre mis pocas virtudes, los relatos quedan automáticamente descartados. Será, pues, una novela.


Pero, lejos de terminar con esta decisión, mis problemas no han hecho sino comenzar. Ahora toca elegir el estilo y la temática. Oh, cielos, como si no hubiera uno pensado suficiente ya esta semana. Pero, en fin, ya puestos, tentemos a la suerte, sigamos pensando (y esperemos que no pase nada; por si acaso, el último que apague la luz).


En principio, parece lógico que el tema debe ser entretenido, interesante y atrayente para un buen número de personas, potenciales compradores de la novela no nata. Así que pensemos. ¿Qué le interesa a la gente? La respuesta es obvia, pero me temo que escribir de sexo no se me daría bien, dada mi escasa experiencia en el tema y mi natural vergonzoso .Una pena, pero mejor asumir las propias limitaciones desde el principio y no llevarse un desengaño más tarde.


Otro tema podría ser el deporte, pero la competencia de la prensa especializada en el sector deporte (y ficción, ya puestos) es tan brutal que habría que luchar con uñas y dientes para hacerse un hueco. Una opción improbable.


Los temas esotéricos parecen haber pasado de moda, para escribir novelas románticas no doy el tipo (no soy una cincuentona británica con cara de… cincuentona británica escritora de novelas románticas), así que las posibilidades se agotan.


Tendrá que ser una novela policiaca, entonces. Y que sea lo que Dios quiera (donde no llegue el talento, que llegue el orgullo: no voy a ser menos que un número infinito de monos, caramba).


De momento, ya tengo los dos primeros capítulos. Les mantendré informados.



jueves, 14 de abril de 2011

RUMBO A ABILENE

Ahora que parece que el sol se deja ver con cierta continuidad y potencia calorífica, anunciando el fin del largo y tortuoso invierno, me da por (volver a) pensar cosas raras. Esto puede significar que vuelvo a mi estado normal, aunque tampoco descarto que sean delirios por el abuso de lecturas, cosas de la edad o algún síntoma de una astenia primaveral de esas que va por mal sitio. El caso es que como me han entrado ganas de escribir, y dado que últimamente me siento identificado con la corriente filosófica de no reprimir los instintos (hedonismo, me parece que se llama), creo que no voy a aguantármelas, no sea que me vaya a dar un ataque o algo. Si eso, ustedes disimulen y hagan como que no pasa nada.

El caso es que, después de tanto tiempo, me falta costumbre. De pensar y de escribir. No es que me haya pasado varios meses sin pensar, o sin ganas de escribir, pero lo cierto es que cuando he tenido una cosa me ha faltado la otra. Qué le vamos a hacer si soy así de complicado. Eso sí, como persona complicada, me gusta echar un vistazo de vez en cuando a las contradicciones y paradojas de los demás, por aquello de no sentirse un bicho (demasiado) raro. Cada uno es como es, y el que no se consuela es porque no quiere.

Inciso: siempre que hablo del consuelo me viene a la cabeza la respuesta de un brillante sexólogo a uno de sus pacientes cuando éste, casado y afecto de impotentia coeiundi, le preguntó si era posible, de alguna forma, realizar el acto sexual sin tener una erección. “No, pero piense en la cantidad de solteros que tienen una erección cada día y tampoco es capaz de realizar el acto sexual.” A eso se le llama ser positivo, y lo demás son tonterías. Cosas como ésta (pensar que tengo algo que no me gusta ni necesito, pero que otro está deseando y no tiene) me animan un montón en mis días malos, y me hacen sentir poderoso en mis días buenos. Sí, además de complicado soy un poco ruin, a veces. Fin del inciso, que no sé muy bien a qué venía (llevo mucho tiempo sin escribir, ¿qué querían?).

A lo que íbamos, que me desnorto. Este invierno, mientras mis neuronas plantígradas invernaban y desistían de escribir cualquier cosa decente, me ha dado por leer cosas. Mayormente en libros, aunque también me he empollado algún prospecto de jarabe para la tos (cosas de tener niños en casa, ya saben). Precisando más, podríamos decir que han sido libros raros. He leído un par de novelas, en la que lo más emocionante ha sido acabarlas y poder cerrar el libro de una puta vez, así que háganse una idea. Pero no vamos a hablar mal de Pérez-Reverte, que luego todo se sabe. En fin. Como comprenderán, después del asedio al que me sometió semejante despropósito (no sé si han captado el ingenioso juego de palabras… el asedio… ¿lo pillan?), mi instinto de conservación, tan poderoso como según algunos injustificado me impelió a preservar lo que quedara o quedase de mi salud mental sumergiéndome en lecturas de filosofía y divulgación científica. Cosas aburridas y poco glamurosas, pero fiables a carta cabal. Un valor seguro.

Y, oigan, en estas lecturas hay ocasiones en las que uno se encuentra cosas que hacen pensar. Lo que, en mi caso, no sé si es bueno o malo, pero es lo que hay. Verbigracia: la paradoja de Abilene. ¿Cómo? ¿Qué no les suena? Tranquilos, que yo les pongo en antecedentes.

Allá por los felices años 70, cuando la gente de bien de los Estados Unidos de Norteamérica del Norte dedicaba las neuronas que el LSD y similares les había dejado disponibles a tareas productivas de lo que sea que produzcan en aquellas tierras (Coca Cola, supongo, y otros pilares fundamentales de la cultura occidental), un tipo que debía ser de los que menos había fumado se dio cuenta de que, en ocasiones, los grupos de personas humanas se portaban de una manera extraña. Para ser más concretos, en contra de sus gustos e intereses. Me podrán decir, con toda la razón del mundo, que a ver qué tiene esto de extraño, porque todos hacemos a diario un montón de cosas contra nuestros deseos (por ejemplo, levantarnos de la cama) y contra nuestros intereses (por ejemplo,… levantarnos de la cama). Pero aquí estamos hablando de otra cosa: normalmente no siempre podemos hacer lo que queremos, o lo que mejor nos vendría, porque tenemos que hacer lo que debemos. Que es todo muy parecido, pero no es lo mismo.

Sin embargo, el señor este, que se llamaba Jerry B. Harvey y se dedicaba al honorable oficio de la administración de empresas (la reseña no dice si las administraba bien o mal, pero concedámosle el beneficio de la duda) se dio cuenta de que, en ocasiones, la gente actuaba al mismo tiempo contra sus gustos, contra sus intereses individuales y contra los intereses del grupo. Cosa que, la verdad, tiene su mérito, porque es como ser capaz de llevarle la contraria a todo el mundo a la vez. Algo del mismo nivel de dificultad de fallar todos los resultados en una quiniela (lo que es mucho más complicado que acertarlos todos, y el que no me crea que haga la prueba). Es decir, en determinadas circunstancias, la gente que forma parte de un grupo no escoge hacer lo que le gusta ni lo que debe, ni siquiera lo que le conviene (ni a él como individuo ni al grupo) y se limita a hacer lo que hace el resto del grupo que, a su vez, hace lo que le ven hacer a él, estableciendo un círculo vicioso de difícil resolución.

A pesar de que personalmente no puedo sentir demasiada confianza en lo que diga un tipo que se llama como un ratón de dibujos animados se ve que la gente allí tiene una cultura televisiva menos sesgada que la mía (cosas de tener niños en casa, ya saben), y se pusieron a pensar en ello. Y vieron que el amigo Jerry tenía razón. Así que le dijeron que la tenía, que muy bueno lo suyo, y el tipo se vino arriba, dejó de administrar empresas y se dedicó a escribir un libro en el que definió esta conducta con un ejemplo que le daba título: la paradoja de Abilene (bueno, en realidad el libro se llama La paradoja de Abilene y otras meditaciones acerca de la administración). Como el señor Harvey se explicaba mucho mejor que yo, y en aras de que todos ustedes consigan entender algo de todo este rollo, me voy a permitir tomar prestado su ejemplo para ilustrar el tema.

Erase una vez una familia que estaba jugando una partidita de cartas en el porche de su casa, en una sobremesa de inhumana calorina. Con su sombra, su té helado, su ejemplar mensual de la revista de la Asociación del Rifle…. la típica sobremesa del medio oeste americano, ya saben. En estas que el pater familias, viendo a sus huestes amodorradas, se sobrepone a su propia desidia y les propone una excursioncita hasta la cercana ciudad de Abilene (Texas), a disfrutar de los 45º a la sombra que caracterizan esos andurriales, y de la atractiva y animada vida social que se le puede suponer a una ciudad ganadera que figura en el tercer lugar del top de ciudades conservadoras de los USA (lo que en un ranking tan disputado tiene su mérito). El caso es que la excursión, teniendo en cuenta que el coche no dispone de aire acondicionado y que el viaje dura casi una hora (cuando he dicho cercana ciudad ha sido pensando en los estándares americanos, para los que cualquier cosa a menos de 500 km está ahí al lado) no le apetece lo más mínimo a ningún miembro de la familia. Ni siquiera al que lo propone. Pero, por alguna razón, nadie se atreve a decir claramente que esa idea es una tontería: comienzan a mirarse unos a otros, y a todos les parece que plantear objeciones o negarse al plan será desairar al ilusionado postulante, así que manifiestan su (falso)entusiasmo con el viaje, alimentando así cada uno la conducta de los demás. Resultado: nos vamos todos a Abilene.

Después de un viaje sofocante, ver en Abilene …, bueno, lo que haya que ver por allí, y volver a casa en otro viaje sofocante, los ánimos del personal ya están menos propicios a las mojigaterías y comienzan a despotricar: a mí no me apetecía, pero vi a papá tan ilusionado… pues a mí menos, pero como estabais todos tan convencidos… pero qué decís, si yo lo he propuesto porque os veía aburridos de la muerte… pues la próxima vez que nos veas aburridos te callas y te vas a probar tu rifle nuevo, ¿vale? Vale.

Hasta aquí la bibliografía. Comienza ahora la reflexión de todo a cien, porque me da que esta bonita anécdota podría servir para ilustrar el peligro de ser excesivamente respetuosos con las tonterías ajenas (aka corrección política).Ya saben, esa famosa teoría de la tolerancia y el buen rollito imperante hoy por todas partes (de cara al público, que en privado la cosa cambia bastante) y que se resume en el delirante eslogan de que todas las opiniones son respetables. Pues no señores. O aquí ha habido un error de traducción o alguien no sabe de lo que habla, porque las cosas no son así, ni de lejos. No todas las opiniones o las propuestas son respetables. Lo que deberíamos respetar es el derecho de los demás a decir lo que les parezca (y eso como mucho, que hay gente que está mucho más guapa callada), pero de ahí a dejarles creer que lo que han dicho es respetable media un abismo. Que no es por no escuchar, que si hay que escuchar, se escucha. Pero después, una vez hemos valorado el discurso de nuestro ponente, cuando hemos llegado a la ineludible conclusión de que lo que dice es una meada fuera del tiesto, lo verdaderamente correcto no es poner cara de “vamos a pensar en ello, porque tiene parte de razón”, sino darle una palmadita en la espalda al interfecto (disimular la compasión que nos produce no es obligatorio; ni siquiera recomendable) y decirle que se ponga por ahí, donde no estorbe, que descanse un rato y que aproveche para pensar en la siguiente tontería. Y si se ofende, que se ofenda. La vida es así de ingrata. El problema es que, como en la entrañable familia tejana del ejemplo, me parece que nadie se atreve a decir esta boca es mía, y el primero que dice cualquier gilipollada se lleva el perrito piloto. Premio para el caballero, por incomparecencia del rival. Y así nos va.

Alguien dijo una vez que cada minuto nace un tonto. Eso siempre me ha parecido algo así como la paradoja de Fermi (otra paradoja, hoy estoy que las vendo), pero en pobre. Porque, verán, a pesar de que mi mirada dista bastante de ser la de alguien confiado en la bondad intrínseca del ser humano, no me parece ver a mi alrededor a tanto imbécil. Vale, hay muchos, pero menos de los que podríamos pensar, dada una tasa de natalidad tan espectacular. Si cada minuto nace uno, ¿dónde se han metido los tontos?

Hoy, por fin, he encontrado la respuesta a la paradoja (a la de los tontos; la de Fermi tendrá que esperar algún rato de inspiración, a una afortunada casualidad, o a que le hagan un análisis de ADN a Messi): nadie los ve porque están todos en Abilene.

Estamos, quise decir. Ustedes perdonen, que me falta práctica en esto de escribir.

miércoles, 9 de marzo de 2011

EL CONCEPTO

Querido hermanito:


Espero que al recibo de la presente te encuentres bien, nadando en la ambulancia. El caso es que hoy me apetecía hablarte un rato, porque es un día especial. Y porque no todo es follar, y también podemos hablar. Por ejemplo, a mí me encanta como hablas tú, y como cuentas lo de los ovnis en la Patagonia.


Pero me estoy desviando del tema, y eso no puede ser, porque el concepto es el concepto, y si me desvío demasiado puede haber ondonadas de hostias antes de que nos demos cuenta (te preguntarás, ¿antes en el tiempo o en el espacio?), así que procuraré formular el mensaje correctamente para que puedas entenderlo y no haya problemas con el pH.


Y el tema eres tú, que para eso hoy es tu cumple. Ya sé que, puestos a hablar de ti, tú podrías hacerlo mejor, porque conoces el tema, eres muy profesional y hablas como un abogado, pero ahora descansa, que ya hablo yo (aunque no sea muy bueno para estas hóspedas).


Naciste hace ya la friolera de 37 tacos de calendario. Yo andaba por allí, supongo, pero la verdad es que no lo recuerdo muy bien. Me imagino que no me haría demasiada gracia que papá y mamá me metieran a un enano en casa, con lo bien que estaba yo solo. Pero después me acostumbré, o me resigné, y ya formaste parte de todo, desde siempre y para siempre. De lo cual me alegro mucho, dicho sea de paso.


Fuiste un niño con una espectacular tendencia a las lesiones (sí, vale, yo tuve algo que ver en eso algunas veces, pero estamos hablando de ti, no me cambies de tema), una gran facilidad para soñar despierto y una increíble afición a coleccionar coches en miniatura. Crecimos juntos, y compartimos muchas cosas. En realidad lo compartimos todo excepto tu extravagante decisión de hacerte forofo del Madrid, lo que nos ha ocasionado muchas discusiones (mala cosa, cuando pasa en una familia).


Y ahora eres un tío peculiar, encantadoramente raro para muchas cosas. Te gustan los libros raros, la música de Manolo García, las películas de culto [1], los calcetines de colorines y los chistes malos (que, encima, sueles contar a medias [2]), y todo eso lo conjugas con un criterio estético muy personal. Tan personal que estoy deseando ver cómo amueblas tu nuevo piso, ese que te has comprado en la carretera de circuncisión, todo lujo, sin problemas con la microonda del teléfono inmóvil. Seguro que te queda un piso espectacularmente peculiar. Ojalá seas espectacularmente feliz en él.


Pues eso, que es tu cumple. Había pensado regalarte una micro Uzi (la SMG, ojo, no la estándar: sumachigun, una máquina de matar), pero en el Carrefour se les habían acabado y no sabían cuándo las recibirían, así que cuando necesites emociones fuertes tendrás que conformarte con una partidita de tortilla rusa con los amigos (con pan y vino, eso sí; ni que fuéramos de Gibraltar, coño), y disfrutar de la sensación de riesgo que proporciona la Amanita Phalloides, o cicuta verde (mortal de necesidad). Y si una de las chicas grita, tú tranquilo: era una falsa alarma.


Pero tampoco quiero enrollarme demasiado y quitarte tu valioso tiempo, porque seguro que estás muy ocupado pensando si Jesús tuvo o no tuvo una erección en el Calvario al ver a María Magadalena, y cosas así de profundas. Así que voy a ir abreviando, porque, como dices tú, lo bueno, si breve, dos veces bueno (sos sabio), y además yo soy un tío moderno, y no de esos que van por ahí diciendo que son todas más putas que las gallinas (aunque lo piense), y lo moderno es ir al concepto rápidamente, que así luego uno puede relajarse y echarse unos tiritos.


Resumiendo:

¡¡¡¡¡ Feliz cumpleaños!!!!! [3]

Que tengas un gran japiberdeituyú, que cumplas muchos más y que disfrutes la vida todo lo que te mereces [4].

Por mi parte, aunque hoy no te veré (ya lo celebraremos, no te pienses que vas a escapar sin pagarte unos centollos, que para eso naciste en un mes con erre), pienso brindar a tu salud. Alzaré mi copa, pensaré en ti, y exclamaré:


Escolapios Donosti, uh, uh, uh, uuhhh.

[1]A los hechos me repito.
[2]Eso no son formas, son alardes.
[3] Si me animo y saco un rato te escribiré, como regalo, el post sobre Airbag que te prometí. Aunque tendría que volver a verla, porque ando fatal de lo mío y casi no recuerdo de qué iba…
[3] Si tienes dudas de cómo hacerlo, pide que alguien te explique
brevemente las reglas del juego.

martes, 8 de febrero de 2011

ASÍ ES COMO SOY

Catorce mil doscientos cuarenta y siete días. Ese es el tiempo que llevo dando tumbos por el mundo. Equivalen a 39 años, de los cuales 10 han sido bisiestos, y dos días. Esto quiere decir que el domingo pasado fue mi cumpleaños. Siendo puntillosos y recreándose en el detalle, también quiere decir que ya estoy viviendo mi cuadragésimo año. Técnicamente, ya soy un cuarentón.

Quieras o no (y les aseguro que yo no quería), los cumpleaños mueven a la reflexión. Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos… ya saben, esas cosas. Y, como dice mi amigo el fotógrafo, supongo que con conocimiento de causa, los 40 son una edad jodida. Un terreno peligroso, en el que uno comienza a ser consciente de que la cuesta abajo ha empezado. Seguramente hace mucho tiempo, claro, pero quizá los 40 son la cifra espoleta, el momento que, por alguna razón, nos hace sentir más plenamente que los jovenzuelos que nos llaman de usted desde hace tiempo tienen sus motivos, y los que no lo hacen es más por un problema de buenas maneras que otra cosa. Al fin y al cabo, la mítica crisis de los cuarenta, como todos los mitos, debe tener algún fundamento. Algo tiene el agua cuando la bendicen, ¿no? Bueno, pues como de vez en cuando tengo un ramalazo de originalidad (contradictorio e imprevisible que es uno), a mí me ha pasado todo eso un año antes.

Pero tampoco creo que un año más o menos sea importante. Sean 39 o 40, viene a ser lo mismo. Quizá la clave radique en el hecho de que, de todas las decrepitudes que comienzan a acecharnos cada vez menos disimuladamente cuando nos asomamos a estas edades, las que afectan a la memoria son las menos evidentes. O las más insidiosas y difíciles de comprender. Uno tiene todavía los recuerdos frescos de aquellos años, por momentos lejanos, por momentos anteayer, en los que la vida era una página en blanco. Y, para bien o para mal (seguramente para bien), no nos paramos demasiado a mirarnos a nosotros mismos y contradecir esos recuerdos, así que nos parece que, en cierto modo, seguimos siendo aquellos despreocupados postadolescentes que no veían el momento de empezar a comerse el mundo a bocados. O aquellos jóvenes de veintimuchos (qué elástica es la palabra joven, a veces) que ya habían comprobado que lo de comerse el mundo igual era un poco más difícil de lo que parecía, pero seguían manteniendo intacta la ilusión. O aquellos treintañeros recientes, con la década recién estrenada, que comenzaban a cambiar la ilusión por un saludable cinismo (un mecanismo de supervivencia extraordinariamente efectivo) y se permitían mirar con condescendencia a las generaciones que venían por detrás, repitiendo el ciclo, y con cierta callada admiración a las que iban por delante, como el que empieza a explicarse el por qué de muchas cosas.

Pero no. Nos engañamos. La memoria tiene estas cosas. Trabaja mezclando las escalas temporales, y nos pone en el mismo plano imágenes y sensaciones de distintas épocas, y eso, si bien no es necesariamente malo, tampoco es precisamente bueno. Porque llega un día (por ejemplo, cuando cumples 39 años) en el que la realidad te asalta desde el espejo y la comparación de la imagen que ves en él con el caleidoscopio que tienes en la cabeza comienza a chirriar más o menos desagradablemente (aunque supongo que esto último depende de la capacidad de sorpresa de cada uno).

Dado que yo me fío lo justo de mi memoria, prefiero hacerle caso al espejo. Ir a los datos, y dejar de lado los recuerdos y las sensaciones. Así que, yendo a lo objetivo, y probablemente dejando de lado lo importante, intentaré contar cómo soy[1]. O, para ser más exactos, cómo me dice el espejo que soy.

Mido 1,70 y peso unos 70 kg (me gustaría decir que de puro músculo, pero el espejo diría que menos lobos). Soy moreno, aunque algunas canas comienzan a menudear en las sienes y en la barba. Por eso me afeito a diario. Por eso y porque me pica, y nunca he podido aguantar la barba de varios días más de varios días (excepto una breve temporada en la que me dio, vaya usted a saber por qué, por llevar perilla, con gran éxito de crítica, pero no tanto de público; no sé si me explico).

Soy un tío rutinario. Me encanta la rutina, principalmente porque encuentro que facilita el día a día, pero también porque cuando tienes un buen número de actividades automatizadas puedes permitirte el lujo de ir por la vida con el cerebro en piloto automático, que resulta bastante cómodo. También puede ser que sea un poco neurótico y lo que yo llamo rutina sea en realidad un síndrome obsesivo compulsivo, pero como (todavía) no está diagnosticado y aquí nada es oficial hasta que aparece, negro sobre blanco, en un papel firmado por alguien competente, prefiero quedarme con mi explicación y pensar que soy un tío ordenado al que le gusta tener las cosas en su sitio y saber lo que va a hacer cada día y en cada momento.

Me gusta leer, aunque cada vez leo menos. Echo de menos las épocas en las que tenía tiempo suficiente para leer, porque ahora apenas consigo sacar unas pocas horas al mes para leer, y hace mucho tiempo que no leo un libro que me guste de verdad. Con los años, me he vuelto más selectivo y ya no me vale cualquier cosa.

También me gusta escribir, y para eso soy mucho menos selectivo (asumo mis limitaciones, pero, si no puedo escribir bien, al menos puedo escribir de cualquier cosa) y también mucho más inconstante. Puedo alternar temporadas en las que escribo más que hablo con temporadas en las que no escribo ni una línea (aunque sigo escribiendo más que hablo).

Porque soy callado. Muy callado. Rozando el autismo. En parte porque nunca he estado muy dotado para las conversaciones intrascendentes, y en parte porque soy tímido hasta unos límites patológicos. Unánle a eso una notable falta de habilidades sociales y llegarán a la conclusión de que el silencio es el estado en el que puedo resultar menos ridículo. Es la misma conclusión a la que yo llegué hace mucho tiempo. Sin embargo, cuando sé de lo que hablo (pasa pocas veces, pero pasa), puedo hablar con soltura delante de cualquier público. Supongo que con la edad he aprendido a dar el pego, y puedo aparentar más seguridad de la que siento realmente (que suele ser cero).

Tengo cierta facilidad para el pensamiento lateral. Ahora lo tengo asumido, pero es algo que me jodía, cuando era más joven, porque nunca era capaz de llegar a las mismas conclusiones que los demás partiendo de los mismos datos (sigo más o menos igual, pero quizá he aprendido a disimular mejor). Tal vez eso explica mi torpeza para las relaciones humanas. Como no sé interpretar los datos, utilizo la memoria, y archivo cual es la reacción correcta en cada situación. Elaboro unos algoritmos complicados y absurdos que me ocupan (casi) toda la memoria y eliminan de mi comportamiento cualquier rasgo de espontaneidad que pudiera tener. Suena peor de lo que es, una vez que te acostumbras.

Me encanta el deporte. Verlo, practicarlo, estudiar estadísticas, leer historias relacionadas con él.... Actualmente llevo varios años haciendo mucho, mucho ejercício. De hecho, estoy en mejor forma ahora, con 39 tacos, de lo que he estado en toda mi vida. Todos los días hago flexiones y abdominales, corro todas las semanas un par de veces como mínimo (aunque en verano puedo llegar a hacerlo a diario), y juego con cierta regularidad al pádel (signo inequívoco de decrepitud, por otra parte: cada vez van quedando más lejos los tiempos heroicos en los que los únicos deportes dignos de consideración eran los de contacto). Lo que decía antes de puro músculo no es del todo cierto, vale, pero tampoco está tan lejos de la realidad: es mi espejo, que es un poco tiquismiquis.

Soy guapo [2]. Tengo una voz grave, un sentido del humor que poca gente entiende y un pesimismo a prueba de bombas. Me gustan los finales tristes y los héroes que nunca se llevan a la chica. Me encanta la música de Sabina y los libros de García Márquez. Me apasionan los dulces. Odio el frío. No me gusta viajar. Mi color favorito es el azul, y me encanta escuchar a todo el que sabe contarme bien una buena historia.

Y algunas veces (sólo algunas) me siento abrumado por la responsabilidad de tener dos hijos y no sentirme a la altura. De preguntarme si seré un buen ejemplo, si sabré hacerlo bien, y no tener clara la respuesta. Supongo que le pasa a todo el mundo. Cuando eso pasa, también como todo el mundo, intento tirar para delante y hacerlo lo mejor posible.

Truman Capote dijo una vez, refiriéndose a sí mismo: Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio. Yo apenas bebo (algo de vino en las comidas, de vez en cuando), he dejado de fumar, y los hombres sólo me gustan como amigos (y la mayoría ni eso). Así que supongo que no soy un genio. Que nunca seré el genio que una vez soñé que sería.

Pero qué le vamos a hacer: así es como soy.

Y, créanme, podría ser peor.


[1] A petición popular.


[2] Opinión resultante de la encuesta efectuada sobre una muestra de dos mujeres (casualmente mi madre y mi mujer). Vale, la muestra quizá estaba un poco sesgada, pero no he tenido tiempo para más.