martes, 26 de octubre de 2010

RUTINARIO

Soy un tipo de rutinas. De esa gente con la que podrías poner en hora el reloj, siguiendo sus costumbres. Me gusta saber con antelación qué voy a hacer, y cómo lo voy a hacer. O tal vez lo que sucede es que necesito saberlo (nunca me han gustado demasiado los imprevistos). En cualquier caso, soy un hombre de costumbres.

Algunas son bastante normales. Me levanto siempre a la misma hora. Me afeito siempre siguiendo el mismo ritual (siempre con maquinilla, primero la mejilla izquierda, luego la derecha, sigo con el bigote y acabo con la barbilla). Uso siempre el mismo bálsamo, y la misma colonia, desde hace ya muchos años. Desayuno de pie, siempre lo mismo: café con leche y galletas María. Voy siempre al trabajo por el mismo camino (de hecho, el pasado verano me cortaron la ruta habitual por unas obras y me costó unos cinco minutos pensar en una vía alternativa; me di cuenta de que no conozco demasiado bien mi ciudad), escuchando la misma música (creo que son 177 canciones, exactamente, las que llevo en el mp3 desde hace años). Y comienzo a trabajar siempre con la misma cadencia: leo los correos que han llegado, contesto los que puedo, echo un vistazo por las instalaciones…

A partir de ahí, se abre el vacío. Un periodo que me crispa los nervios todos los días. Mi trabajo está bastante sujeto a imprevistos, y es prácticamente imposible planear racionalmente lo que voy a hacer, cómo lo voy a hacer o, sobre todo, cuándo lo voy a hacer. Ni siquiera la pausa de media mañana para tomar un café tiene una hora fija: solemos reunirnos varios compañeros, y el hecho de compaginar horarios y tareas hace que el inicio del coffe break oscile entre las 11:00 y las 12:30. Lo sufro en silencio. No hay dolor.

La hora de la comida es otra historia. Esa siempre tiene hora fija. Una hora indecente, pero fija, al fin y al cabo. Dado que a las 14:00 se produce el cambio de turno del personal y es un momento en el que tengo que controlar varios temas y aprovechar para hablar con los que entran y los que salen, cuando me libero de las obligaciones laborales y puedo abandonarme a los placeres gastronómicos son y media. Unos diez minutos para reunir a la pandi, y nos vamos al comedor. Total, que siempre acabamos sentándonos a las tres o’clock. Con puntualidad británica, aunque con un horario un poco delirante. En la comida, eso sí, ya puedo ser yo mismo durante una hora: siempre el mismo asiento, siempre el mismo ritual. La hora de comer es como un oasis de rutina en mitad de una jornada imprevisible. Porque por la tarde sigue la improvisación. Hay que estar a lo que salga. Pero, en fin, es trabajo, y te pagan por hacerlo. No voy a pedir que, además, se ajuste a mis gustos y a mis manías.

Cuando salgo del trabajo, sobre las siete de la tarde (más o menos; generalmente más), vuelvo a casa por el mismo camino por el que vine. Subo siempre los cinco pisos (seis, si contamos el garaje) a pie, con una parada técnica en el portal para recoger la correspondencia del buzón, algo que mi mujer no suele hacer porque a ella no le da claustrofobia el ascensor y va de casa al garaje y del garaje a casa sin escalas intermedias.
Llego a casa y, literalmente, los niños se me tiran encima. H2 es mucho más efusivo, pero H1 también se pone contento de verme. Saben que cuando llega papá tienen un rato de fiesta. Me dejan el tiempo justo para cambiarme de ropa y empezamos a jugar. H1 está aprendiendo a leer, así que ahora estamos incorporando una nueva rutina a esos ratos: me siento con él y lo acompaño en su viaje iniciático al mundo de letrilandia. Un viaje interesante, la verdad: es toda una experiencia ver su cara de concentración mientras silabea con dificultad siguiendo mi dedo, y ver de vez en cuando cómo su cara se viste de triunfo al comprender lo que significan los signos que hasta hace poco no eran más que rayitas en el papel. H2 nos contempla, más o menos respetuoso, mientras la envidia se le sale por las orejas: él también quiere ser mayor, y quiere leer como su hermano. Así que después de acabar con H1, me pongo un ratito con él, y dibujamos, o escribimos, o le leo un cuento. A ratos mola ser padre.

Después, baño (de lo que me encargo yo), cena (de lo que se encarga su madre) y a la cama (reparto de tareas: yo me encargo de H2, porque H1 prefiere siempre que lo acueste su madre).
Es el turno para la cena de los mayores, a las diez. Si de mí dependiera, cenaría siempre un sándwich, o una ensalada, o, directamente, leche con cereales. Pero como no sólo se trata de alimentarse, sino de que mi mujer no se ponga histérica con lo poco que como, a veces me tengo que saltar la rutina. En cualquier caso, es el primer rato del día que tenemos para estar solos y hablar de nuestras cosas. Volvemos a ser adultos. Vuelvo a ser yo, tras muchas horas.

Después de cenar, friego los platos. No tenemos lavavajillas, pero no es un problema: me gusta hacerlo. Me relaja. Recojo la mesa. Me cepillo los dientes y descanso en el sofá mientras compruebo si hay algo decente en TV (que generalmente no), si tiramos de DVD o si me siento inspirado y me da por escribir.

Y antes de acostarme me pongo con la última rutina del día. Con disciplina prusiana, me clavo 100 flexiones y 1250 abdominales, una detrás de otra. Es una cosa adictiva, y el día que me faltan me cuesta dormir. Una condena, pero qué quieren que le haga: soy esclavo de la rutina.

Me gusta la rutina, como les digo. Me tranquiliza. Por supuesto, tiene también su parte poco atractiva. Todos los días son iguales (y no especialmente bonitos), y resulta un poco aburrido. Pero como contraprestación, te ofrece la posibilidad de desconectar el cerebro durante bastante tiempo. De funcionar en automático. Y eso, a veces, es de agradecer. Al fin y al cabo, el cerebro es el órgano del cuerpo que más energía consume. En mi caso, durante la mayor parte del día eso sería un gasto inútil.

Por eso, poniéndolo todo en la balanza, creo que mi rutina me compensa. Al fin y al cabo, está hecha de pequeños detalles que me gustan, y que me puedo permitir a diario. Porque mis días son todos iguales, sí, y no demasiado bonitos, desde luego. Pero tampoco son insoportablemente feos. Son como me gusta que sean. Son como soy yo.

Y yo soy un hombre rutinario.

sábado, 23 de octubre de 2010

MAD ABOUT THE BOY- Dinah Washington



Siempre me ha gustado esta canción. Una gran voz y una gran música. ¿Quién necesita algo más para escuchar una canción?

Pero la letra también tiene su puntito.

Porque en mis días malos me gusta recordar que no sólo los hombres somos capaces de perder la cabeza por una mujer. También a ellas les pasa, y alguna vez se vuelven locas por un hombre.

Y en mis días muy malos, me gusta pensar que yo soy uno de esos hombres por los que una mujer pierde la cabeza y se vuelve loca.

Cada uno tiene sus delirios. No espero que compartan los míos, pero, al menos, disfruten de la voz de Dinah Whasington.

Porque es sencillamente espectacular.


viernes, 22 de octubre de 2010

SABER, SENTIR...

Vivimos en un mundo complicado, en el que las certezas se nos escapan entre los dedos. Es muy difícil estar seguro de algo, y los relativismos acechan detrás de cualquier esquina. La información acerca del mundo que nos rodea nos llega tamizada por un infinito sistema de filtros, lo que en ocasiones la distorsiona hasta el punto de hacer aconsejable no tomársela demasiado en serio. Nada es lo que parece, y todo depende de quien te lo cuente. Ni siquiera te puedes fiar de tus propios ojos, de tus propias percepciones. El mundo no se ve igual en un momento de depresión que en un momento de euforia, del mismo modo que las calles de una ciudad no tienen el mismo aspecto vistas desde un callejón oscuro o desde la planta noble de un rascacielos. Cuestión de perspectiva. Del punto desde el que se mira.


Todos tenemos nuestro lugar en el mundo. Podemos (y debemos) hacer un esfuerzo por aislarnos de él, para tratar de ver las cosas con el máximo de objetividad. Pero es una empresa harto difícil. Somos lo que somos, en parte, por el innumerable rosario de experiencias que hemos vivido, que nos han traído hasta aquí. Cada uno tiene las suyas, y cada uno las ha vivido a su manera. Esas experiencias han formado lo que somos, y han conformado, también, nuestra forma de ver lo que nos rodea. Es muy difícil aislarse de sí mismo, así que todos vemos las cosas a nuestra manera. Y, dado que todos necesitamos alguna certeza (el relativismo absoluto es, posiblemente, el camino más corto hacia la locura), nos quedamos con esas certezas que nuestra manera de ver las cosas nos hace ver como tales.


Me da la impresión de que lo que hacemos todos, en realidad, es escoger una opción cómoda. Si no podemos saber la verdad, al menos tenemos una versión de la verdad que se ajuste a nuestro yo, a nuestro aquí, a nuestro ahora. Podremos tener los datos (o la interpretación de los datos) que necesitamos para sobrevivir un día más en nuestra parcela del mundo. Esto es bueno y esto es malo. Vosotros sois los amigos, y ellos los enemigos. Este es mi bando, y ese es el contrario. Y tira millas.


Sin embargo, tiene que haber algo más. Algo que hace que en ocasiones un dato, una frase o una sensación se te encasquille en los engranajes, y la vida chirríe. Algo que, a ratos, hace que sientas que no eres tú el que está viviendo tu vida. Son esas ocasiones en las que sientes que algo no va bien, porque no encaja con nada de lo que sabes.


Alguien que no recuerdo dijo una vez que el hombre no está hecho para la derrota: puede ser vencido, pero nunca será destruido. Esta frase es un claro ejemplo de una certeza que encaja con mi vida, pero no conmigo. Porque hasta ahora he sobrevivido a lo que me ha tocado pelear, pero nunca me he sentido a salvo de la derrota.


Otro alguien (en esta ocasión sí que lo recuerdo: fue Roberto Bolaños) dijo que el hombre está condenado sin remedio a la derrota. Que lo único que podemos hacer es saltar a la arena y pelear sin pedir cuartel, porque de todos modos no te lo darían. Así que toca pelear sin otra esperanza que conseguir una derrota digna. Esa es la única victoria a la que podemos aspirar.


La frase de Bolaños es un ejemplo de cómo algo puede encajar con tu manera de sentir, pero no contigo. Porque esta frase no tiene nada que ver conmigo, ni con mi vida (que iba a tener yo en común con un poeta chileno exiliado y con pintas de acabar siempre de levantarse de la cama; ni siquiera me gustan sus novelas…), pero yo también pienso así, a veces. Y no puedo evitar estremecerme . No puedo evitar pensar que quizá Bolaños acertó a ver, detrás de sus gafas de miope triste, lo que nos espera a todos. Lo que a todos nos toca, tarde o temprano: pelear como podamos, o como sepamos, y perder de la mejor manera posible. Quizá Bolaños tuviera razón. Después de todo, sabía de lo que hablaba.


Me temo que me está quedando una divagación sin demasiado sentido. No soy demasiado bueno explicándome, y muchas veces tengo que tomar prestado lo que otros han dicho por mí. Lo que trato de decir es que hay veces que sientes que algo es verdad, y hay veces que sabes que algo es verdad. Y no es lo mismo saber que sentir. En absoluto.


Porque es mucho más fácil vivir enfrentándose a lo que uno sabe que vivir a contracorriente de lo que uno siente.



PS: La imagen es de Escher. Otro tipo que sabía expresar muy bien que no siempre las cosas son como parecen ser.

martes, 19 de octubre de 2010

PROBEMOS COSAS NUEVAS

Como portador del cromosoma Y, me veo sometido a una dictadura [1] de la que es muy difícil escapar: necesito pelea. La esgrima verbal está bien, y una buena conversación, o discusión, es algo necesario de vez en cuando, para mantener las neuronas activas. Pero me refiero a pelea física. La testosterona es lo que tiene, que además de empujarte hacia las señoras en pro de la multiplicación de la especie te incita también a moverte y cansarte un poco para no estar en un estado anímico que te haga insoportable para los que te rodean.

Para mí que la cosa ha llegado a nuestros días como una reminiscencia evolutiva de aquellos gloriosos tiempos en los que todo se resolvía a garrotazos: había que competir por los alimentos, por un sitio donde vivir, por las mujeres…. Exactamente igual que ahora, vamos. La diferencia está en que hoy lo de los garrotazos está peor visto, con lo que te encuentras, al final del día (de todos los días) con el cuerpo lleno de adrenalina. Los fisiólogos, psicólogos, médicos y demás gentes de esas que practican las oscuras artes de la curandería definen la adrenalina como la hormona que prepara al cuerpo para situaciones límite. Situaciones que suelen describir con una frase muy gráfica: escapa o pelea.

Como el mundo no es suficientemente grande para escapar de algunas cosas, no queda otra que pelear. Pero como las costumbres y las maneras en (casi) todos los ámbitos han cambiado, ya no podemos liarnos a palos a la hora de hacer negocios, de conseguir una cueva o de cortejar a una damisela. Por eso hemos tenido que inventar el deporte, como una excusa social para pegarnos de alguna manera. Como el método moderno de marcar territorio sin ir meando por las esquinas. Como una forma de demostrar nuestra superioridad frente a los demás machos de la especie. Qué le vamos a hacer, si somos así de simples [2].

Apostaría a que esa sensación es común a todo el sexo (que no género) masculino, pero como prefiero huir de generalizaciones innecesarias, me ceñiré a mi propia experiencia. En mi caso, todo lo expuesto anteriormente es cierto, aunque si me preguntan negaré haberlo dicho, porque mi excusa oficial para el deporte ha sido siempre mantener la forma física, divertirse, pasar un rato con los amigos…. Y una mierda. En el fondo, siempre he sabido que lo que perseguía era ganar al contrario. Después, según los días, puedo ser elegante y no hacer demasiada sangre, o cachondearme sin compasión (generalmente es lo primero, aunque hay de todo), pero siempre con la íntima satisfacción de haber demostrado que soy mejor que el otro. De haberlo derrotado.

Como soy un tío poco original, supongo que no estoy diciendo nada demasiado sorprendente. Si lo piensan bien, incluso el lema olímpico Citius, Altius, Fortius (Más rápido, Más alto, Más fuerte) ahonda en el tema. Porque, a pesar de que parece ser un exhorto a la superación personal (corre más rápido, salta más alto, etc), siempre he creído que esta consigna es más fácil de entender si la consideramos una comparación con un sujeto pasivo y omitido: corro más rápido (que tú), salto más alto (que tú), soy más fuerte (que tú). Y no me negarán que así el significado es muy distinto. El COI, astuto él, ha dejado la cosa así como un poco en el aire, y se ha acabado popularizado la versión abreviada, que, además, resulta mucho más elegante: cuestión de márketing [3].

El caso es que siempre me ha gustado hacer deporte. Y siempre me ha gustado, por encima de todo, la sensación de competición. Desde que puedo recordar, he practicado fútbol, baloncesto, balonmano, rugby y tenis (lógicamente, no cuento cosas como correr, nadar o montar en bici, que una cosa es el deporte y otra el ejercicio). Si tengo que elegir uno, me quedo con el baloncesto. Si puedo, no prescindiría de ninguno. Aunque, curiosamente [4], el deporte individual no me gusta tanto como el colectivo. La sensación de varias personas uniendo esfuerzos en pos de un objetivo común es otra de las cosas buenas que tiene el deporte. No siempre se consigue, claro, porque lo normal es que en cualquier equipo haya gente que va a su bola. Quizá ni siquiera es lo más frecuente. Tal vez por eso es tan gratificante cuando se produce.
Sin embargo, con el paso del tiempo, cada vez resulta más difícil practicar un deporte de equipo. La falta de tiempo, de gente disponible, o la incompatibilidad de horarios hacen que poco a poco se vaya abandonando la práctica de deportes multitudinarios a favor de los que precisan poco personal. Por ejemplo, el tenis. O el pádel, que últimamente se ha puesto muy de moda entre los compañeros del curro. De hecho, llevan tanto tiempo dándome la paliza para que pruebe que han acabado por convencerme.

Así que esta tarde se producirá mi bautismo de fuego en esto del pádel. Pese a mi maltrecha rodilla, pese al frío que hace hoy en León, la testosterona se ha vuelto a imponer. Qué quieren que le haga, si uno no puede resistirse a que le hagan cosquillas en su amor propio de deportista.

A ver cómo va la cosa.


[1] Una de tantas, claro, pero la única de carácter interno, lo que la hace menos molesta.

[2] Hablo, lógicamente, de las motivaciones de los hombres para hacer deporte. Para hablar de las motivaciones femeninas, si las hubiera, me declaro totalmente incompetente, dado mi desconocimiento del tema (del tema del deporte femenino y del tema femenino en general).

[3] Tradicionalmente, el COI se ha manejado muy bien con los eslóganes y las frases más o menos pegadizas. Ya ven, como muestra, el éxito que ha tenido dicho organismo convirtiendo en ideario del espíritu olímpico lo que no es sino una excusa de perdedores: “lo importante es participar”. Ya.

[4] Curiosamente si tenemos en cuenta que, fuera del deporte, soy extremadamente individualista. Ya que estamos con lemas, el mío sería: mejor sólo que bien acompañado.

viernes, 15 de octubre de 2010

TÁPAME, TÁPAME, TÁPAME...

León es una ciudad que, como todas, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Entre sus inconvenientes están los leoneses, principalmente. Entre las ventajas… no sé. Alguna habrá, supongo, pero ahora mismo no se me ocurre nada de especial relevancia. Así que hablaremos de comida, que las penas con pan son menos.

En general, aquí se come bien. Entre bien y muy bien, diría yo. Pero se come de muchas y muy distintas maneras. Una de las más típicas es hacerlo tapeando.

Aprovechemos la coyuntura para deslizar una anécdota sobre el tema (seguramente apócrifa, como casi todas las que conozco). Cuentan que un buen día el rey Alfonso X el Sabio, debido a algún problemilla de salud, consultó con sus médicos, que le recetaron frecuentes tragos de vino (ole los médicos del siglo XIII). El monarca, que por algo era sabio, decidió que el remedio molaba, pero que no era cuestión de que la gente viera a su rey constantemente borracho, así que se hacía servir el vino acompañado de un pequeño bocado, para que los efectos del alcohol fueran menores. La cosa parece que funcionó, y el buen Alfonso ordenó que, de ahí en adelante, en las tabernas, mesones y demás sitios de ese estilo se sirviera el vino al respetable acompañado de un bocado que “tape los efectos del licor”. El bocado en cuestión comenzó a recibir el nombre de tapa, y se popularizó con bastante rapidez (por aquí somos muy bien mandados para lo que nos interesa), llegando a nuestros días.

Historietas al margen, las tapas en León son una cosa muy seria, créanme. El hecho de tener zonas en las que los bares están muy concentrados produce un curioso efecto: una competencia feroz. Y dado que los consumibles líquidos son bastante parecidos en todos los sitios, que los precios son muy similares y que las camareras se miran pero no se tocan, lo que decanta la balanza a favor de uno u otro local son las tapas. Esto da lugar a una especie de carrera armamentística en versión gastronómica que hace las delicias del público. Por una vez, el libre mercado funcionando como Dios manda.

Con el tiempo, algunos locales se han especializado tanto que la fama de sus tapas trasciende el tiempo y el espacio. Ejemplo típico el de Casa Blas, que se ha convertido en un clásico en la ciudad a base de ofrecer de tapa patatas fritas, picantes o sin picor (que pueden parecer poco glamurosas, pero, oigan, uno no aguanta en el negocio más de treinta años si el género no es bueno). O las tapas de pizza de La Competencia, otro referente en la ciudad. O La Bicha, o La Imprenta Casado… o tantos otros.

Pero vamos a poner un poco de orden, para que esto pueda servir como una mínima orientación por si alguien se decide a venir un día a conocer León y la visita al MUSAC no le revuelve demasiado el estómago. Lo ideal sería conocer el Barrio Húmedo, sito en la parte vieja de la ciudad, a cinco minutos escasos del León monumental, además. Para eso, nada mejor que un paseíto desde la Plaza de Santo Domingo, centro neurálgico de la ciudad, por la Calle Ancha, peatonal y tranquila, que nos conduce a la Catedral. Ya sé que estamos hablando de comer, pero la contemplación del viejo templo gótico debería ser obligatoria. Y si el día es soleado, no se pierdan una visita al interior, porque el espectáculo de las vidrieras es impresionante. Piensen, además, que el paseo les servirá para abrir el apetito.

Una vez cubierto el expediente cultural, vamos al meollo de la cuestión. Al salir de la Catedral, cualquiera de las calles a nuestra izquierda nos llevarán al Barrio Húmedo. Allí vamos a encontrar tropecientos mil coma cinco bares organizados, principalmente en torno a la Plaza de San Martín. Y ya pueden dar rienda suelta a sus instintos: los más sublimes y los más perversos. Porque la variedad de ambientes y tapas hacen difícil que no se pueda encontrar un local en el que estar a gusto, por rarito que uno sea (y se lo dice un tío raro donde los haya). Mención especial (aunque esto es una opinión personal, y hay gustos para todo), para las tostas con morcilla de La Bicha, las patatas de La Patata, la pizza de La Competencia y los boquerones de La Imprenta Casado (estos tres últimos no están en la misma plaza, pero los encuentras a menos de cien metros). Los fines de semana, si el tiempo acompaña, es una gozada darse un paseo por El Húmedo (denominación local, por si quieren hacerse pasar por indígenas del lugar), y tomarse unos vinos o cortos de cerveza tapeando. Si después de cinco locales todavía tienen arrestos para meterse una comida de dos platos y postre, contarán para siempre con mi más rendida admiración.

Otra opción es el Barrio Romántico. También está cerca del punto de inicio, Santo Domingo, en dirección a la Basílica de San Isidoro. Como no todo va a ser comer, pueden echarle un vistazo. Es un templo románico, con un museo más que interesante, y en él se encuentra el Panteón de los Reyes de León, con pinturas en el techo que le han merecido el apelativo de Capilla Sixtina del Románico (para mí que se pasaron un poco, pero mi criterio artístico es discutible, así que tampoco me hagan mucho caso). Allí, frente al Parque del Cid, encontrarán un buen puñado de bares y restaurantes. Suele ser un sitio más tranquilo que el Húmedo, que las noches del fin de semana puede llegar a estar un poco agobiante. Sin embargo, algunos de los locales de la zona no tienen nada que envidiarle a su húmeda competencia. El Tizona, El Camarote Madrid, El Rosetón… Mi preferido, el León Antiguo, con una bonita colección de fotos antiguas de León, como su nombre indica, decorando las paredes. Las tapas, espectaculares, aunque últimamente están cayendo demasiado en el pecadillo del diseño y la pijotería.

En esta zona pueden encontrar después un par de locales tranquilos donde tomar una copa charlando. De los garitos donde la música impide cualquier comunicación que no sea gestual no les puedo hablar mucho, la verdad, porque hace ya un tiempo que me retiré de esos ambientes, y ahora me van cosas un poco más relajadas, como El Gran Café o el Haddock. Se puede hablar sin dejarse la garganta, y preparan las copas bien. Sin florituras, pero bien.

La otra opción de tapeo, si hablamos de las zonas típicas y en las que se encuentran los locales más juntitos, es el barrio de Eras de Renueva, en una zona mucho más moderna de la ciudad. Está al ladito del MUSAC, por lo que desaconsejo la visita a la zona, pero si se ven con fuerzas para evitar la tentación de entrar en semejante engendro y salir con las neuronas dañadas para siempre (y con la sensación de que alguna gente tiene un morro que se lo pisa, y de que la definición de la palabra arte se ha ensanchado peligrosamente, y…. mejor no sigo, que se me calienta la boca), por allí encontrarán algunos locales que, justo es reconocerlo, se curran una barbaridad el tema de las tapas. Si se dejan caer por esos pagos, no dejen de visitar el Cruz Blanca.

Pero como hay gente para todo, por si ustedes son de los que piensan que no sólo de tapas vive el hombre y prefieren contentar a sus estómagos delante de mesa y mantel, no podían faltar una mención de algunos de los mejores restaurantes de León. Al menos, de los que más me gustan a mí, que no es que tenga mucho criterio tampoco para comer (me estoy dando cuenta de que no tengo criterio para casi nada; qué triste)[1]. En la zona del Húmedo, en plena plaza de San Martín, está El Racimo de Oro, sin duda mi preferido. El sitio en el que he comido quizá el mejor solomillo de mi vida. Simplemente impresionante. Por allí cerca anda también el Vivaldi, con una cocina un poco más de autor, y La Bodega Regia, con una decoración muy lograda y una comida a la que, aparte del precio, es muy difícil encontrarle pegas. Al ladito de la Calle Ancha, muy cerca de los anteriores (y de la Catedral), se encuentra el Zuloaga, que tampoco es mala opción. En Eras de Renueva, si se sienten más aventureros o quieren probar otro tipo de restaurante, pueden probar a comer en Cocinandos. Lo malo de este local es que allí no puedes elegir la comida: cada día hay un menú de varios platos, y si te gusta bien, y si no, también. Lo bueno es que siempre te gusta.

En fin, que si alguien decide venir a León (qué sé yo , ingenieros liberales de 1,90, o ingenieras con programa de centrifugado ultrarrápido, o abogados aragoneses con tendencia al insomnio), espero que no acabe con hambre.

Y si acaba, que no sea por mi culpa.

Que lo disfruten.
PS: Mis disculpas a los que no están. Pero les aseguro que los que están, son.

[1] Pese a mi falta de criterio, y para que valoren en su justa medida la recomendación, los restaurantes citados son de esos sitios a los que uno llevaría a una señorita con la que quisiera tener después algo más que palabras (ustedes me entienden): el resultado no está garantizado, pero casi.

jueves, 14 de octubre de 2010

DECIDIENDO

A principios del siglo XIX, cuando los franchutes decidieron, por las bravas, modernizar y culturizar un poco a los españoles (no sabían dónde se metían, los angelicos), surgió en España el movimiento liberal. De hecho, fue aquí donde se acuñó el nombre, aunque después, a lo largo del tiempo, éste haya ido adquiriendo significados y matices diferentes. En su origen, el liberalismo surgió como un heredero de las ideas de la Revolución Francesa (¡qué cosas!), que a su vez había hecho suyos los conceptos de la Ilustración. En suma, se trataba de revertir el orden establecido, de acabar con el poder absoluto del rey para dárselo al pueblo.
Los franceses, como iba diciendo, estaban empeñados en ilustrarnos, así que nos invadieron. La invasión francesa contó con sus partidarios, con sus detractores (ambos bandos a ultranza) y con una tercera facción, los liberales, que no comulgaba con estar bajo el gobierno francés, pero decidió aprovechar la situación para cambiar un poco las cosas. Así, en 1812, con los franceses en retirada y el rey lejos de la acción (como solía), se promulgó en Cádiz la Constitución de la Corona Española. El arte gaditano la bautizó como la Pepa. Era una constitución de corte liberal, que recortaba el poder del rey en favor de los representantes del pueblo. Era una constitución, en suma, que trataba de darle a la gente la libertad, o, al menos, más libertad de la que tenía hasta ese momento. Pero, como dijo alguien una vez: “Ustedes quieren libertad, pero, ¿para qué?”.

Esta pregunta puede parecer una tontería, pero quizá no lo sea tanto. Porque puede que al usarse constantemente la palabra libertad haya perdido parte de su significado. O puede que seamos nosotros los que no lo conocemos, o no queremos conocerlo. Ser libre no significa que cada uno pueda hacer lo que le salga del cimbel, o al menos no significa sólo eso. Significa que cada uno puede tomar sus propias decisiones, pero también debe afrontar las consecuencias de las mismas. Ser libre significa, en definitiva, tomar decisiones (sabiendo que éstas pueden ser más o menos acertadas o tremendamente erróneas) y estar dispuesto a apechugar con lo que salga. Y eso, a poco lúcido y responsable que sea uno, estresa un huevo. O más.

Así que, siguiendo la rancia tradición hispánica de no saber lo que queremos y contradecirnos constantemente (a nosotros mismos y a los demás), no es de extrañar que dos años más tarde, cuando el rey Fernando VII (posiblemente el más canalla, tirano, golfo y sinvergüenza de todos los reyes que en España han sido, que es mucho decir) volvió a casa desde el exilio francés en el que había estado luchando (es un decir) por la independencia de su país, la gente pasó tres pueblos de la Pepa, de la libertad y de la responsabilidad, y lo recibió alborozada al grito de “Vivan las caenas”. Y es que, bien mirado, ¿quién necesita estresarse tomando decisiones cuando tiene a mano el dulce remedio de la esclavitud? Exacto: nadie. Al menos, nadie español.

El caso es que a día de hoy me encuentro con que soy libre. Pero libre a tutiplén, vamos. Tomando decisiones por un tubo, oigan. Y empiezo a estar un poco… ¿cómo lo diría yo?... hasta los cojones de tanta libertad. Para qué les voy a decir que no, cuando es que sí.

Porque hay épocas de esas que les gustan a los chinos (ya conocen la maldición que se gastan los amigos mandarines, que le desean a los que no quieren bien que vivan en tiempos interesantes) en las que parece que el mundo se acelera. Te puedes pasar once meses al año sin tomar decisiones más allá de si el pan lo quieres blanco o integral, y de repente te encuentras con que en una semana tienes que decidir si cambias de trabajo y de ciudad, si cambias de coche, si te operas la rodilla, si pintas el piso, si cambias los muebles, si apuntas el niño a judo, si te cambias de sexo o si te haces hare krishna. Se junta todo. Como si en El Corte Inglés hubieran inaugurado la quincena de la decisión (con increíbles descuentos). Hala, a decidir, sin tregua. Y eso, en parte porque te pilla desentrenado y en parte porque es estresante de por sí, te tiene viviendo sin vivir en ti durante una temporada. Con la sensación, además, de que te equivocas más que aciertas (sensación que, en mi caso, suele ser completa y lamentablemente cierta), pero no puedes dejar de tomar las decisiones. Ni siquiera posponerlas. Esto no funciona así. Te toca decidir y decides. Honradamente y tratando de hacerlo lo mejor posible, pero sabiendo, eso sí, que si te equivocas te toca aguantarte. Aquí no se admiten reclamaciones, ni hay segundas oportunidades.

Pues así estoy yo ahora. Decidiendo al por mayor. Libre como para alucinar en colores. Y estresado hasta ese sitio en el que todos estamos pensando.

Y comprendiendo completamente, creo que por primera vez en mi vida, cuánta razón tenían los vasallos de Fernando VII: la libertad está muy sobrevalorada.

En resumen, que se busca tirano, con experiencia y capacidad de decisión. Preguntar por Cazurro.

Y vivan las caenas.

viernes, 8 de octubre de 2010

UN PUENTE A MADRID

El fin de semana pasado, como ya conté, tuvo cuatro días. Así que mi mujer, en clara connivencia con mi hermano pequeño, planeó un viaje a Madrid. Podríamos visitar a mi hermano, cambiar el chip y, de paso, que los niños vieran mundo, me dijo. Como ya tengo asumido que mi plan de no salir nunca de casa no va a ser viable, hice ver, astutamente, que el viaje me apetecía un montón, y todos contentos. Mi mujer porque consiguió, al fin, sacarme de casa (y a una gran ciudad, nada menos); los niños, porque se apuntan a un bombardeo, y con la ilusión de conocer el metro, ver animales en Faunia y pasar el fin de semana con sus tíos iban que caminaban sin tocar el suelo; y yo porque me libré, por una vez, de la etiqueta de cascarrabias que siempre me toca cuando se planean viajes (ya ven, esta vez no me apetecía ser el aguafiestas oficial de la familia).

Así que el sábado por la mañana embarcamos en el coche y pusimos rumbo hacia la capital del reino. Los niños emocionados, y mi mujer un pelín cabreada por el, según ella, injustificado retraso en la salida que provoqué por mi manía de comprobar el gas, las luces, los grifos, las puertas y las ventanas (encima que uno se preocupa por la integridad del hogar…). Lo primero que conseguimos en el viaje fue la comprobación de que el coche no tiene el ancho suficiente para impedir que los niños lleguen a las manos: por más que intentes separar sus asientos, en el momento que encuentran un motivo para sacudirse (y casi siempre lo encuentran, dicho sea de paso) les basta con ejecutar un ligero escorzo para conseguir atizarse algún que otro mamporro. Lo que, sin ser excesivamente grave, enrarece bastante el clima en el habitáculo, la verdad. Total, que necesitamos dos paradas facultativas y casi cinco horas para llegar a Madrid. Eso sí, la última parte del viaje la hicieron dormidos como benditos.

Una cosa curiosa del sueño infantil en su versión automovilística es que, independientemente del tiempo que lleve cada uno durmiendo, siempre se despiertan al mismo tiempo. En este caso, en una gran avenida madrileña. Lo primero que hizo mi hijo mayor (en adelante H1, para simplificar) fue preguntar si estábamos todavía en León (ah, esa peculiar concepción del tiempo de los niños…). Cuando le dijimos que no, que ya estábamos en Madrid, se limitó a echar un vistazo por la ventanilla y sentenció: “Bah, pues es igual que León”. La verdad, no sé de quién ha sacado ese espíritu de ir sobrado por la vida. No de su padre, desde luego.

Porque, por contraste, a mí Madrid me asusta. Desde que la veo, llegando por la A6, empiezo a notar cómo se me acelera el pulso, cómo se me seca la boca, cómo los carriles empiezan a hacerse cada vez más estrechos, cada vez más llenos de coches… Gracias a Dios, conducía mi mujer, que se orienta mucho mejor que yo (y se asusta mucho menos), y conseguimos encontrar la casa de mi hermano sin demasiados problemas. Los críos merendaron, recibieron mil regalos (había sido el cumpleaños de H1) y, después, al parque.

Y es que, como sabe cualquiera que tenga hijos o haya estado cerca de algún niño en edad de crecimiento, en los niños se produce un curioso fenómeno con la alimentación: una comida de unas 200 calorías, que a ti te da, con suerte, para realizar el esfuerzo de levantar un boli unos diez centímetros, a ellos les da energía para aburrir. Y esa energía, si no es convenientemente disipada en alguno de esos engendros que últimamente nos venden como parques infantiles, efectivamente, aburre. Concretamente, aburre a los padres a la hora de intentar dormir a los críos. Así que nos tiramos un buen rato viendo como los enanos intentaban autolisiarse con los medios que el Ayuntamiento de la villa y corte ponía a su disposición, con distinto grado de éxito (H1 salió indemne, todavía no sé cómo, y H2 sólo se dio una culada de cierta consideración). Después de eso, a cenar. Y tras la cena de los niños, y mientras estos jugaban un rato, turno para los mayores. Fue una cena agradable. Nos hubiera apetecido prolongar un poco la sobremesa, pero estábamos todos cansados y al día siguiente teníamos tarea, así que nos retiramos a nuestros aposentos.

Entre el domingo y el lunes fuimos a Faunia, montamos en el Metro, paseamos por Madrid, vimos rascacielos, estuvimos en más parques y, en general, los niños se lo pasaron de cine. Los adultos también, aunque la soba fue considerable (H2 hizo varios kilómetros en mis brazos, que al final del viaje parecían de goma).

Pero disfrutamos mucho, ya les digo. Porque es una sensación agradable, después de todo, ver a los niños emocionarse al descubrir cosas nuevas. En cierto modo, es como si tú también las vieras por primera vez. Y es agradable sentir que se lo pasan genial con sus tíos, y que sus tíos están encantados de verlos, y de poder enseñarles cosas nuevas.

El viaje de vuelta fue mucho más tranquilo. Yo creo que los niños estaban todavía un poco abrumados por todo lo que habían visto, y necesitaban tiempo para procesarlo. Pero, ya puestos, decidimos parar a comer en Medina del Campo y visitar el Castillo de la Mota, sobre el que le conté a H1 alguna historia extravagante que ahora ya no recuerdo (así que espero que nunca vuelva a preguntarme sobre el tema, porque seguro que le doy otra versión, y el niño tiene tan buena memoria como escasa comprensión para con las incoherencias ajenas). Un paseo por el castillo, contándoles más historietas y explicándoles cómo se llamaba cada cosa que veían, y, hale hop, de vuelta al coche. Comenzaba la que para mí es, por definición, la mejor parte de cualquier viaje: el regreso a casa.

En resumen:

-Hemos visto muchos animales, con diferentes perspectivas: a mi mujer le encantan, a mí ni fu ni fa, H1 los quiere tocar todos (da lo mismo que sea Bambi o un oso pardo) y H2 los considera enemigos potenciales (porque, según él, todos le querían quitar el bocata).

-Hemos comprobado que los parques infantiles en Madrid son igual de peligrosos, feos y poco funcionales que los de León.

-Hemos aprendido que el Metro, además de un aparato que sirve para medir, es “un tren que va por debajo de la tierra”.

-Hemos visto rascacielos.

-Hemos estado en un castillo “de verdad

-Y, a título personal, he aprendido una nueva definición de foso (“es donde se caen los malos que atacan el castillo”)… y he sobrevivido (al viaje y a Madrid).

¿Qué más se le puede pedir a un fin de semana?


PS: Como era previsible, y dado que este fin de semana también es puente, H1 ya ha empezado a preguntar a dónde vamos a ir. Parece que el niño le ha cogido el gusto a la cosa de viajar. Qué tétrico panorama me espera, por Dios.

PPS: Todos los entrecomillados son de H1. Al César lo que es del César.