viernes, 31 de diciembre de 2010

ADIOS, 2010

Así, como sin querer, nos hemos plantado en el 31 de Diciembre. El día en el que esta bolita (achatada por los polos) compuesta por tierra, agua y detritos variados completa una nueva revolución alrededor del Sol. Para el viaje ha necesitado 365 días (y algunas horas, pero redondeemos), el periodo que los humanos llamamos un año. Este que hoy acaba, concretamente, hace el número 2010 desde que a alguien se le ocurrió empezar a contarlos tomando como punto de inicio el nacimiento de un niño en Galilea, en unas desafortunadas condiciones de saturación hotelera (ridículo, sí, pero por algún sitio hay que empezar a contar).

Ha sido el año en el que España, para asombro de propios y extraños, ha ganado el Mundial de Fútbol, lo que resulta tan espectacularmente incomprensible que supongo que bastará para recordar este año para siempre. Pero ha sido también el año de la crisis, de ver como muchas cosas se derrumbaban alrededor, de locales cerrados, de los parados (gente paseando, con las manos en los bolsillos, con cara de circunstancias). Ha sido el año del miedo (al futuro, al presente) y de la rabia (por un pasado estúpido, por aquellos polvos que ahora traen estos lodos). Ha sido el año en el que todos hemos perdido la poca inocencia que pudiera quedarnos. Aunque, por supuesto, nos queda todavía un poco de esperanza. Ya saben, es lo último que debe perderse.

En lo personal, ha sido un año peculiar. Ha sido el año en el que descubrí los blogs, e incluso me decidí a abrir uno (sé que he llegado con cierto retraso al mundo blog, pero mi vida se podría resumir como llegar perpetuamente tarde, a todo; en cualquier caso, no hay que llegar primero, hay que saber llegar). Ha sido un año en el que me he aburrido, me he asustado, me he peleado con el mundo y conmigo mismo, me he agobiado, me he estresado, me he vuelto a aburrir, me he vuelto a estresar… Pero acabo el año bien, equilibrado, sin (mucho) estrés, sin aburrimiento. Con las cosas más claras que hace 365 días. En paz conmigo mismo (el mundo tendrá que esperar). Y moderadamente feliz. Así que no me quejo, porque podría haber sido mucho peor.

Por eso, pese a todo, pese a todo lo que ha pasado este año, estoy de buen humor. Así que voy a desconectar por unos instantes mi habitual misantropía para desearles a todos que el próximo año sea mejor (mucho, infinitamente mejor) que el que hoy acaba. Para todos, y en todos los sentidos, por pedir que no quede.

Disfruten de la próxima vuelta alrededor del sol. Abróchense los cinturones.
Y crucen los dedos, porque no hay salidas de emergencia, el piloto está borracho y los controladores en rebeldía.

Feliz 2011.

viernes, 17 de diciembre de 2010

A NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS LEMAS

Al hilo de lo que contaba el otro día respecto a la diferencia entre contar cosas (narrar) y contar cosas (ya saben, uno, dos, tres…), me ha venido a la cabeza una reflexión (las reflexiones son así, atacan sin avisar, en cuanto te ven despistado), una duda, una inquietud: ¿para qué coño sirven los homónimos [1]?

Y es que, si lo piensan, son una cosa curiosa, los homónimos. Siempre me ha fascinado esa cabezonería por llamar de la misma manera a dos cosas totalmente distintas. Como si no hubiera nombres suficientes en el mundo. O como si no se pudieran inventar nombres nuevos, caso de ser necesario (o incluso sin serlo, véase el ataque de creatividad que les ha dado a los académicos de la lengua últimamente, por ejemplo). Y, para acabar de arreglar las cosas, tenemos los sinónimos, por si nos apetece llamar a la misma cosa de mil formas distintas. Alegría.

Lo malo es que uno empieza con una reflexión así de simple, y luego la cosa se va liando. Porque llevaba varios días con el tema de los académicos en la cabeza, pensando si decir algo o callarme para siempre, pero he llegado a la conclusión de que si no lo digo reviento, y como la sangre sale muy mal de las paredes, pues lo digo: ¿a qué viene cambiar los nombres de las letras, eliminar tildes diacríticas, etc? ¿Es una maniobra para amoldar los conocimientos al nivel de la gente, visto que la gente no está por la labor de amoldar su nivel a los conocimientos?

No es que el tema me afecte muy directamente, porque no me gano la vida escribiendo, y una tilde de más o de menos no me va a cambiar la vida, pero la verdad es que me jode. Para qué negarlo. En el colegio, tiempo ha, tuve una profesora de lenguaje firme defensora del método del palo y la zanahoria. Pero por lo visto el día que explicaron lo de la zanahoria ella no había ido a clase, o no cogió apuntes, o vaya usted a saber, y eso se tradujo en que aprender a escribir correctamente me costó mis buenos capones, pero al final conseguí redactar (más o menos) y a escribir sin faltas de ortografía, al menos de manera sistemática (paralelamente, y supongo que por un mecanismo de adaptación al medio, desarrollé también un extraordinario grosor en los huesos de la cabeza y una considerable resistencia al dolor, pero ese es otro tema y no viene al caso). Hasta hoy, yo había dado por bien empleados aquellos capones, pero, claro, ahora la cosa cambia. Porque si dentro de nada el corrector de Word me va a llenar la pantalla de rojo en cuanto se me escapen las palabras escritas como siempre las he escrito, no puedo evitar pensar que para este viaje no hacían falta semejantes alforjas. Cambiar los hábitos, la manera en la que he escrito toda la vida, va a ser muy difícil. Así que, encima de la cara de tonto que se me ha quedado, voy a acabar pasando por un rebelde gramatical, como si fuera un anarquista semántico (sección María Moliner, columna Lázaro Carreter). Y nada más lejos de la realidad, oigan, que soy de naturaleza más bien dócil.

Pero esto es a título personal. Cosas mías. Sin embargo, me asaltan unas dudas más o menos razonables: ¿qué va a pasar con los libros que se editen a partir de ahora? ¿Y con los ya editados? ¿Pasarán a ser rarezas, incunables, objetos de estudio para paleolexicógrafos y otros eruditos? ¿Acabaremos hablando un lenguaje cada vez más alejado del canon, o tendremos que volver a estudiar las reglas gramaticales para evitar que el castellano del siglo XXII se parezca al actual como un huevo a una castaña?

Y lo divertidas que van a ser las clases de lenguaje, a partir de ahora (porque todavía enseñan eso en las escuelas, ¿verdad?). Porque entre el actual clima de relajo disciplinario (por llamarlo de alguna manera) existente en las aulas y el comprensible rebote que se puede pillar cualquier alumno en las presentes circunstancias (oiga, que ayer esta palabra estaba bien y hoy me la ha puesto mal, a ver si nos aclaramos), no se extrañen si más de un profesor de lenguaje acaba medio linchado por una turba de alumnos vociferantes cuando estos vean frustradas sus ansias de conocimientos por esta arbitraria variabilidad de criterio. Al tiempo.

En cualquier caso, ole los cojones de los señores académicos, digan que sí, que cuando uno está en racha (recuerden el ritmo que llevan poniendo cosas raras en el diccionario, desde bluyín a cederrón, pasando por cultureta) hay que aprovecharla. Que la inspiración es muy suya, y una vez que se va, a saber cuándo vuelve.

La única pega es que habrá que cambiar el lema del sitio, porque lo de Limpia, fija y da esplendor no casa bien con la política actual de la institución. Vale que a estas alturas lo de fijar nada estuviera jodido, lo de limpiar no te cuento y de dar esplendor mejor ni hablemos, no se vaya a molestar alguna minoría susceptible, pero, coño, si los académicos se aburren podían buscar otro entretenimiento y dejar de vacilar con el diccionario. En fin, a lo que íbamos, que desde mi humilde púlpito propongo como nuevo lema la vieja consigna de Si no puedes con tu enemigo, únete a él.

Hala, ya lo he dicho.
[1] Gracias por la corrección, Niño. Un lapsus mental (habitual en mí, por otra parte: ya te puedes hacer idea de la cantidad de capones que tuve el placer de disfrutar en mis años colegiales).

miércoles, 15 de diciembre de 2010

PONGA UNA CRISIS EN SU VIDA

Tuve una vez un profesor que nos decía que un hombre sensato es aquel que trata de adaptarse al mundo, y que, por el contrario, un hombre insensato es el que intenta que el mundo se adapte a él. Así pues, concluía mi querido profe (valga el oxímoron), el progreso se debe a los hombres insensatos. Luego, cuando en los exámenes yo cometía alguna insensatez que él, por lo visto, consideraba poco progresista, me clavaba un suspenso y se quedaba tan ancho. Pero no le guardo demasiado rencor: una incoherencia la tiene cualquiera. En cualquier caso, esto no tiene nada que ver con el tema del que yo quería hablar, que es la crisis. La nunca suficientemente valorada crisis.


Algún ente de los que tengo por compañeros en el curro (no lo tengo identificado, porque, acertadamente, ha preferido cometer la tropelía desde la comodidad del anonimato), ha puesto en el tablón de anuncios de la oficina un papelote en el que sale una foto del señor Albert Einstein, de profesión sus genialidades, al lado de un discursito que el susodicho supuestamente dijo en su día acerca de la crisis y que a mi, me van a perdonar, me parece una completa soplapollez. Pasen y vean:


No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo.
La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos.
La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura.
Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar 'superado'.
Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.
La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia.
El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.
Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.
Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.
Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.
En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla.

Aunque reconozco la buena voluntad de intentar animar a la tropa y convencer al personal de que la crisis es “una bendición”, y no puedo sino valorar los tremendos huevos que hacen falta para poner algo semejante en un nido de mileuristas hipotecados como nuestra oficina, la verdad es que Einstein nunca escribió semejante gilipollada (creo, que tampoco me he leído todo lo que escribió y dijo este señor). Lo único que escribió Alberto el Despeinado que se le podría parecer mínimamente (echándole mucha voluntad, cierto es) fue una pequeña reflexión, en su ensayo The world as I see it, en la que ponderaba lo bien que le había sentado centrar su vida en cosas como el esfuerzo y la búsqueda de la verdad antes que en la fácil complacencia de la felicidad. O sea, esto:

Nunca he visto la comodidad y felicidad como fines en sí mismos —a esta base crítica la llamo el ideal de la pocilga. Los ideales que han iluminado mi camino, y una vez tras otra me han dado valor para enfrentarme a la vida con alegría, han sido Amabilidad, Belleza y Verdad. Sin el sentimiento de parentesco con hombres de mente similar, sin la ocupación con el mundo objetivo, en lo eternamente inalcanzable en el campo de los esfuerzos artísticos y científicos, la vida me hubiese parecido vacía. Los objetivos banales de los esfuerzos humanos —posesiones, éxito exterior, lujo— me han parecido siempre deleznables.

De todos modos, si quieren que les sea sincero, tampoco me hubiera extrañado que el genial físico hubiera proferido semejante desatino, porque no conviene olvidar que la genialidad rara vez abarca la totalidad de la existencia de un hombre (sin ir más lejos, ni siquiera yo soy perfecto en todo), de manera que se puede ser un físico estupendo y un completo indocumentado cuando uno se mete a hablar de lo que no sabe. Incluso, puestos a ser críticos, se podría hasta cuestionar la trayectoria científica del personaje en cuestión, que siendo muy jovencito formuló una teoría que luego se pasó toda la vida intentando refutar (sin éxito). Ole la coherencia.

En cualquier caso, alguien ha hecho una interpretación muy libre del mensaje de Einstein, la ha transformado en la sandez correspondiente y nos la ha vendido por internet firmada por el tío Alberto. Que ya se sabe que todas las opiniones son respetables, pero, dependiendo de quién las haya dicho, unas son mucho más respetables que otras. Y si lo dice Einstein, cómo no va a ser verdad: si quiere usted progresar y realizarse, ponga una crisis en su vida.

Pero, qué quieren que les diga. A mí me parece que las cosas no son así. Que la indolencia es el estado natural del ser humano, y que las crisis sólo son una putada considerable que nos obligan a apretar el culo mientras esperamos que escampe para poder volver a nuestra indolencia habitual. Que no digo que unos glúteos firmes no sean un beneficio a tener en cuenta en algunos casos, entiéndanme, pero que, así en términos generales, a mí las crisis no me compensan.
Así que, con su permiso, voy a desaprovechar esta bendita oportunidad de superación personal que la banca internacional, la incompetencia gubernamental y la malvada estupidez humana, ex aequo, me brindan tan gentilmente, y voy a aprovechar, en cambio, para ciscarme en la crisis y en todos sus putos muertos.

Y para rogarles a los banqueros ninjas, a los ministros de economía y trabajo, y, en general a todos los que han hecho (por acción u omisión) de la especulación salvaje y del trabajar en negro una manera de vivir, que en lo sucesivo intenten preocuparse un poco menos por mi realización personal y profesional (si ven que se aburren, que jueguen al Monopoly, hagan sudokus o practiquen el sexo tántrico, que tiene pinta de ser muy entretenido). Porque, aunque les parezca mentira, yo no necesitaba esta maravillosa crisis para ser feliz.

Será que soy conformista.

Qué le vamos a hacer.

sábado, 27 de noviembre de 2010

HOY HACE SEIS AÑOS...

… hacía mucho frío. Era un sábado luminoso, con sol y buen tiempo, pero terriblemente frío. Sin embargo, a pesar de ser sábado, y de lo poco que me gusta el frío, no pude remolonear en la cama porque tenía que ir a una boda. A la mía, concretamente. Y ya se sabe que una boda sin novio queda un poco rara. No tanto como sin novia, desde luego, pero creo que al final (muy al final) se hubiera acabado notando mi ausencia.

Ustedes se preguntarán, con toda la razón del mundo: ¿a quién se le ocurre casarse el 27 de Noviembre? Pues he aquí la respuesta: a mi mujer. Esperar hasta encontrar una fecha de presunto buen tiempo suponía dos años, y no queríamos esperar tanto. Y, por otro lado, ella siempre ha tenido suerte, y sabe utilizarla (es de las que siempre, siempre, siempre encuentra un sitio para aparcar; como por casualidad, pero siempre lo encuentra, riéndose a la cara de zonas azules, horas punta y demás criaturas demoníacas). Para mí que el destino, si exceptuamos la jugarreta que le hizo al ponerme en su vida, la adora.
Pero, a lo que íbamos, ella estaba convencida de que todo iba a salir bien. Yo le hablaba de la probabilidad de chubascos, de nieve, del apocalipsis… y ella contestaba: ¿y por qué va a llover precisamente ese día? Pues por la humedad, la época del año, el frío, porque estamos en Astorga y es lo normal, contestaba yo. Ella me miraba extrañada, y acababa preguntando: ¿pero cómo va a llover si es el día de mi boda? Como les digo, hizo un día radiante, y yo dejé de creer para siempre en las predicciones meteorológicas.

Ella lo organizó todo: excepto mi traje, se encargó absolutamente de todos los detalles del evento. Escogió el restaurante, las invitaciones, el menú… todo lo escogible. Hasta a mí. Yo participé en el proyecto con derecho a veto, pero sin voz para proponer alternativas (lo que, en el fondo, me encantaba, porque se me da mucho mejor encontrar defectos que soluciones), pero tampoco recuerdo que tuviera que cambiar alguna de sus decisiones (salvo los postres, tema sagrado para mí, y que me costó un desencuentro de cierta consideración con el cocinero del banquete; al final me impuse, que, oigan, el novio era yo; más tarde me enteré que era un chef de prestigio, con premios internacionales y todo, no vean qué vergüenza). Y, como no podía ser de otra forma, todo salió perfecto.

El hecho de que fuese ella la que se ocupase en exclusiva de los temas organizativos resulta menos extraño si comenzamos la historia por el principio. Porque fue ella la que me pidió en matrimonio. Siempre ha sido más decidida que yo, y supongo que a aquellas alturas ya me conocía lo suficiente como para saber que si quería boda, tendría que pedirla ella misma. Yo, quizá sorprendido por la propuesta, pero en cualquier caso haciendo gala del romanticismo que me caracteriza (y que tanto se presta a malas interpretaciones), contesté: Vale. Y ella no sólo no me partió la cara, sino que… ¡incluso pareció ilusionada! ¿Quién entiende a las mujeres?

Fue una boda estupenda. Todos nos lo pasamos bien. Ella iba muy guapa (yo, simplemente, iba; y, créanme, no fue poco), las madres lloraron un poquito, los amigos montaron una juerga importante, comimos como si lo fueran a prohibir, bebimos varias cosechas y acabamos a altas horas de la madrugada, unos pocos irreductibles, cerrando los escasos bares que encontrábamos abiertos. No llegamos a desayunar chocolate con churros de empalmada, pero por poco.

Fue un gran día. Por todo esto, y por muchas más cosas, pero por una sobre todas las demás: porque me casé con ella.

Y aunque a veces me parece que ha sido un parpadeo, resulta que han pasado seis años ya. Los mejores seis años de mi vida.

Así que, aprovechando que todavía nos soportamos y nos gusta estar juntos, nos vamos a celebrarlo como es debido, con un fin de semana sin niños, nosotros solitos, en plan novios, donde nadie nos conozca. En un sitio bonito, tranquilo y acogedor, donde podamos pasar una tarde entera leyendo, o jugar al ajedrez, como hacíamos antes (¿te acuerdas?), o dar un paseo cogidos de la mano, si el tiempo lo permite. O emborracharnos, si se tercia. O, simplemente, quedarnos dormidos juntitos, uno al lado del otro, pensando que, entonces sí, estamos en el mejor lugar del mundo.

Donde podamos, en definitiva, dedicarnos a hacer ganas de pasar otros seis años juntos.
Y luego otros. Y luego... todos.

jueves, 18 de noviembre de 2010

EL BLOG MALDITO

Vaya, de entrada, una aclaración: no soy supersticioso. Principalmente, porque trae mala suerte, pero el caso es que no creo en fenómenos paranormales, brujas, encantamientos, maldiciones y procesos de ese estilo. Sin embargo, tengo que reconocer que hay ocasiones en las que es muy difícil explicar las cosas que pasan sin recurrir a fuerzas extrañas.

Por ejemplo, mi blog. Les voy a confesar algo, y no se rían, que es una cosa seria: mi blog está maldito. Desde que empecé a escribir en él, comencé a detectar algunos sutiles indicios de que algo iba mal. De que el destino conspiraba contra mí. Al principio pensé que eran cosas mías, pero cada vez se me hace más difícil sostener que sean sólo casualidades. Una vez, puede ser. Dos, sería una coincidencia espectacular. A partir de la tercera, está claro que algo raro pasa, por muy bien que quieras pensar. Y aunque ya sé que resulta un poco paranoico eso de la manía persecutoria, y la teoría de la conspiración está muy desacreditada en los últimos tiempos, no es menos cierto que también los paranoicos pueden ser perseguidos, y que las conspiraciones siguen existiendo.

Vean, si no, algunos ejemplos. En su día hablé de auditorías, concluyendo confiadamente que todo se solucionaba siempre con buena voluntad y un paripé más o menos resultón. Pues no. Eso fue un escupitajo hacia arriba en toda regla, y adivinen dónde me cayó. Ahí, exactamente. En todo el ojo.

Posteriormente, hablé también del frío, y sobrevino una ola de temperaturas polares hasta bien entrado Mayo (concretamente, hasta el cuarenta de Mayo; se ve que como también algunas veces me meto con la sabiduría popular…) El calentamiento global puede esperar. Al menos en León.

También me quejé amargamente de las obras en mi ciudad. Ahora tengo una obra a la salida de mi casa. Todas las mañanas sorteando camiones y maquinaria variada para ir al trabajo. No quería obras, pues dos tazas.

Cuando presenté en sociedad a la pandi (ya saben, los tipos con los que llevo comiendo, día sí y día también, los últimos cuatro años), fue mentar la bicha. Reestructuración al canto, y ahora varios de los aludidos tienen puestos de mucho viajar, y no se les ve el pelo. Las comidas ya no son lo mismo, la verdad. Si es que estoy más guapo callado.

Y cuando hablé de que las enfermeras habían perdido (casi) toda su capacidad de establecer en mi mente ciertas asociaciones no demasiado elegantes, me encontré de repente con un colectivo soliviantado, sin fantasías y con una deuda que mi honor de caballero me impulsa a pagar (y cuyo pago mi alma de truhán me hace diferir, de momento con éxito).

No sé si estos ejemplos bastan para convencerlos de que hay algo en mi blog, que lo de la conspiración, en plan Todos contra Cazurro, no son imaginaciones mías. Que la cosa va tomando naturaleza de expediente X. Pero, por si acaso, no se vayan todavía, que queda lo mejor.

Porque, también en el blog, en el blog maldito (o el maldito blog) hablé de mi fobia a los viajes. Y también dije que me gusta contar cosas. Pues, hale hop, acto seguido, y por la misma reestructuración de la que hablaba antes, me han clavado nuevas funciones que implican… exacto, lo han adivinado de nuevo: viajar por un tubo. La ironía final (hay que reconocer que el destino tiene a veces un retorcido sentido del humor, y le da por jugar con los sinónimos) es que estas funciones tienen bastante qué ver con el control de entradas, existencias y salidas, con lo cual me voy a hartar de contar y recontar, aunque no exactamente de la manera que a mí me gustaría. Así que ya ven: me espera un futuro de viajero contador de cosas (que cualquiera pensaría en literatura de viajes, al estilo del siglo XIX, pero no).

Ahora díganme que alguien no le ha echado un mal de ojo al blog, o algo.

Que, oigan, haberlas, haylas.

martes, 16 de noviembre de 2010

MI AMIGO EL FOTÓGRAFO

Lo conocí cuando ambos estudiábamos en la universidad, aunque hicimos carreras distintas. Él era unos años mayor que yo. Era también todo lo que yo nunca he sido: popular, dinámico, interesante y seguro de sí mismo. Uno de esos tipos que al entrar en un sitio hace que todas las cabezas (sobre todo las femeninas) se vuelvan hacia él. Pero, por alguna razón que nunca he acertado a entender, congeniamos. O quizá es que me adoptó como una especie de mascota, el chico tímido y torpe que a todo el mundo le da pena. El caso es que nos hicimos amigos. Y cuando empezamos a hablar, descubrimos una cosa curiosa: nuestras diferencias nos unían mucho más que nuestras semejanzas.

Teníamos cosas en común, desde luego. A ambos nos gustaba mucho el baloncesto, y supongo que por ahí fue por donde empezamos a conocernos. También nos gustaba el cine, y la música. Y ambos teníamos una facilidad para la ironía un poco por encima de la media (aunque él no tenía reparos en manifestarla, y yo me callaba todas las tonterías irónicas que se me ocurrían). Y… punto. A partir de ahí, todo eran diferencias.

Sin embargo, de alguna manera, nuestras diferencias resultaron ser complementarias. A él le gustaba hablar conmigo, y yo adoraba escucharle. Creo que, en aquella época, más que un amigo era para mí un ídolo, una referencia, alguien al que parecerme. Alguien de quien aprender.

Una de sus pasiones, aparte del baloncesto, era (es) la fotografía. Concretamente, la fotografía de insectos (le chiflan los escarabajos; cada uno tiene sus rarezas), aunque tampoco le hace ascos a cualquier otro tema que en un momento dado le brinde una imagen sugerente o espectacular. Y tiene un talento impresionante. Algunas de sus fotos son, sencillamente, indescriptibles. Siempre he pensado que podría haberse dedicado profesionalmente a la fotografía, pero nunca se decidió a dar el paso. Ha hecho algunas exposiciones, con bastante éxito, pero prefiere mantenerlo como una afición, simplemente. En mi opinión, es mucho más que eso: es una pasión, un vicio, su única forma de ver la vida. Porque cuando no tiene una cámara en la mano siempre parece angustiado, temeroso de que se le presente una de esas imágenes que duran sólo un segundo (y que generalmente sólo él puede ver) y no pueda plasmarla para siempre en papel. Pero, en fin, cada uno gestiona sus pasiones como quiere, o como puede, y él ha optado por seguir haciéndolo como siempre: cargando con su cámara en los ratos libres, sobre todo en excursiones al monte (le encanta la montaña) y disparando aquí y allá para luego pasarse horas y horas en el laboratorio, revelando los carretes, comprobando los resultados. Yo le acompañé en algunos de aquellos ratos de laboratorio. Me encantaba el ritual del revelado, el tranquilo proceso de la impresión, el peregrinar del papel de cubeta en cubeta hasta ese instante mágico en el que una imagen aparece de la nada. Y me encantaba ver cómo lo hacía él, porque en esos momentos siempre tuve la impresión de estar viendo a un genio en acción. Aunque luego, por joder, le dijera que más que un fotógrafo era un encantador de escarabajos (un mal chiste, relacionado con una película que vimos juntos y nos gustó a ambos).

Aquellos ratos de laboratorio, mitad a oscuras (y cuando digo a oscuras quiero decir sumergidos en la negrura más absoluta) y mitad bañados por la luz roja que aún hoy tengo asociada a su recuerdo, nos dieron para muchas confidencias. Algunas más profundas que otras (todo lo profundas, en cualquier caso, que pueden ser las confidencias a los 18 o 20 años). Y también nos dieron para conocernos. Teníamos tiempo, teníamos sueños, y disfrutábamos estando juntos. Porque juntos nos reímos mucho, y es el único amigo con el que he llorado sin que me importara que me viera hacerlo (a cambio, creo que soy la única persona a la que permite tocar su tesoro: una cámara Leyka del año la pipa que tiene en el lugar de honor del salón de su casa). No sé si alguna vez llegó a saber cuánto lo admiraba.

Pero si tengo algún pecado que haya de condenarme, ese es la pereza. Y la pereza hizo que perdiéramos el contacto. Él acabó su carrera, yo la mía, y nos fuimos a buscarnos la vida, cada cual por su camino. Esto pasó una época en la que los teléfonos móviles no eran algo tan corriente como ahora, pero no fue esa la causa de que no supiéramos nada uno del otro durante varios años. Por su parte, él tuvo una excusa: extravió la pequeña agenda en la que tenía apuntadas todas las direcciones y números de teléfono. Por mi parte, a falta de excusas, yo tenía mi naturaleza perezosa. Ya saben, esa que hace que vayas dejando pasar los días, las semanas, los meses, sin encontrar nunca el momento para una llamada o una carta. Hasta que llega el momento en el que empiezas a dudar de si tendrá sentido llamar, después de tanta ausencia, después de tanto tiempo.

Afortunadamente, él lo solucionó. En una mudanza, organizando trastos en casa de sus padres, localizó mi número de teléfono (es decir, el número de teléfono de mis padres, porque yo ya no vivía en casa), y no dudó en llamar. Ya les digo que es muy distinto a mí. Mis padres le dieron mi número de móvil, y me llamó. Unos ocho o nueve años después de haber hablado por última vez. Y, aunque sé que suena a tópico, fue como si hubiéramos estado hablando el día anterior. Una sensación extraña, sin duda, pero muy agradable. Era un miércoles por la noche. Mi mujer (que por aquel entonces todavía no lo era) y yo acabábamos de cenar. Recuerdo incluso que ella me acercó el móvil desde el salón, y el lugar exacto del pasillo en el que contesté la llamada de aquel número desconocido. También la primera palabra que escuché de su boca después de ocho o nueve años (repollo; siempre me ha llamado así, porque sabe lo mucho que me jode). No sé muy bien por qué recuerdo todos esos detalles. Quizá porque en aquel momento sentí que algo encajaba de nuevo en mi vida.

Desde entonces, nos vemos de vez en cuando. No muy a menudo, desde luego. Ni siquiera nos llamamos con demasiada frecuencia, pero mantenemos el contacto. Ha estado en mi casa, estuvo en mi boda, conoce a mi mujer y a mis hijos, y se lleva bien con ellos. Cada vez que viene a visitarnos, prefiere comer en casa a salir por ahí, y le encanta contarle a mi mujer alguna de las muchas anécdotas de nuestros años de estudiantes descerebrados que sabe que me avergüenzan (detalles como este son los que hacen que mi mujer le adore, hasta un punto en el que si yo fuera celoso empezaría a preocuparme). Y cada vez que vamos a visitarlo a Pucela nos organiza una sesión de diapositivas con las fotografías que sigue haciendo en sus excursiones. Algunas de sus fotos siguen impresionándome. O quizá es él el que sigue (siempre seguirá) impresionándome. Ahora le toca rendir visita a León, pero se ha echado novia, y su agenda se ha complicado un poco (supongo que habrá que perdonárselo, aunque esa chica me está empezando a caer fatal), así que su visita lleva aplazándose ya mucho tiempo.

Como últimamente lo tenía un poco abandonado, ayer lo llamé. Hacía meses que no hablábamos, pero cuando descolgó (hombre, repollo, qué tal), volvió a ser como si hubiéramos estado hablando cinco minutos antes. Y, como siempre, me puso contento hablar con él de nuevo. Y comprobar que todo va bien. Que es feliz, y que se alegra de que yo lo sea, como yo me alegro por él. Sigue siendo alguien a quien admiro, alguien en quien mirarme en muchos aspectos. Sigue siendo mi amigo.

Cada vez nos vemos menos, y lo lamento. Aunque puede que la nuestra sea una de esas amistades raras, lentas y duraderas, que se alimentan tanto de silencio como de palabras, tanto de gestos como de ausencias. Una de esas relaciones en las que basta pensar en el otro, y saber que existe, para sentir que el mundo es un lugar un poquito menos feo.

En cualquier caso, espero que no tengan que pasar de nuevo varios meses para volver a hablar con él. Claro que también espero que se decida a revelar de una puta vez las fotos que hizo en mi boda (va para seis años), y ya ven.

En cualquier caso, como sé que no leerá nunca este blog, voy a atreverme a poner por escrito lo que creo que nunca le he dicho a la cara: que lo quiero mucho, y que me siento orgulloso de poder considerarme amigo suyo.

Un abrazo, encantador de escarabajos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

NOVEMBER RAIN- Guns N' Roses




Hoy no tengo ganas, ni tiempo, de escribir nada.

Pero quiero poner esta canción, por varios motivos: estamos en Noviembre, esta semana ha llovido mucho, y me encantan los solos de guitarra eléctrica en general, y éste en particular.

Espero que la disfruten. Yo lo hago.

Buen fin de semana.