jueves, 16 de septiembre de 2010

VIAJES

Lo confieso:no me gusta viajar. Me da una pereza terrible. No me gustan los preparativos, ni el viaje en sí, y aunque una vez en destino puedo llegar a apreciar el sitio en cuestión, si lo pongo todo en la balanza, no me compensa.
Sé que viajar es enriquecedor, que amplía tus horizontes, que te da cosas en qué pensar, y, sobre todo, cosas de las que hablar en las reuniones sociales. Pero, sinceramente, no puedo con ello. Sólo imaginarme planeando un viaje me provoca sudores fríos. Por otra parte, los horizontes demasiado amplios me causan una cierta agorafobia, tengo más cosas en las que pensar de las que puedo gestionar con cierta solvencia, y casi nunca tengo reuniones sociales (y cuando las tengo suelo estar callado), así que creo que puedo sobrevivir sin los viajes. Al menos hasta ahora no me ha ido mal.

Supongo que esta desgana viajera se debe a mi desmedido amor por la rutina, la comodidad y mi sofá. Aunque puede que el tema tenga también un cierto componente hereditario. Mis padres tampoco han sido nunca demasiado partidarios de viajar, y eso, quieran que no, se pega. Al menos, se nos ha pegado a mi hermano el mediano y a mí, porque el menor es otra cuestión, y tiene alma de peregrino (de todas formas, siempre he sospechado que era adoptado; tal vez algún día mis padres nos cuenten toda la verdad).

El caso es que mi vida ha transcurrido sin muchas aventuras en este sentido. Ni siquiera mi trabajo me obliga a viajar a menudo. Sin embargo, cuando uno se casa lo hace no sólo con su mujer, sino también, en cierto modo, con la familia de su mujer. Y es aquí donde las cosas han comenzado a cambiar.

Me explico. La familia de mi mujer, ella incluida, son grandes y curtidos viajeros. No hay año que no se vayan a uno de esos viajes exóticos y lejanos que a mí me ponen los pelos de punta. Y, como son muchos, el año que falla uno siempre hay otro dispuesto a tomar el relevo. Mi suegra, su hermano y todos mis cuñados son capaces de planear un viaje a un país en plena guerra civil en el corazón de África para ver el atardecer en la sabana, simplemente porque alguien les ha comentado que aquello es precioso. A menor escala, tampoco tienen demasiados problemas en organizar (es un decir) una escapada de un día a un pueblo perdido en el corazón del Pirineo porque han oído que allí se encuentra el restaurante que mejor prepara el solomillo de corzo, por ejemplo. Y, claro, luego vuelven y lo cuentan. Y ahí empiezan mis problemas.

Porque mi mujer, pese a que desde que me conoce ha renunciado a sus naturales impulsos viajeros (lo que no haga el amor…), siente sus dientes crecer cada vez que escucha estos relatos y contempla las correspondientes fotos. Hasta ahora, hay que reconocerlo, se ha comportado, y no ha cedido a la tentación. Pero mucho me temo que no se puede ir contra natura eternamente, y además mi tradicional excusa para negarme a viajar (los niños) está quedándose un poco desfasada. No sólo están creciendo, sino que con las anécdotas que sus tíos les cuentan y los regalitos que les traen de allende los mares se les están desarrollando unos afanes de ver mundo que me van a buscar la ruina. No hay nada peor que tener al enemigo en casa.

Y es que, ahora que hablamos de casa, la mía se está convirtiendo en un pequeño museo en el que se pueden seguir las andanzas por medio mundo de mi familia política. Mi frigorífico se ha convertido en el paradero de un sinfín de imanes, recuerdos de viajes a (cito de memoria, así que seguro que alguno se me queda en el tintero) Estambul, Brasil, Bali, Nueva York, Australia, Tailandia, Suiza, Islandia, Irlanda, Escocia, París, Liechtenstein (¿quién coño va a Liechtenstein, por Dios?) y un largo etcétera. De hecho, la gente que no está al tanto del carácter de mis cuñados flipa en colores cuando viene a casa y contempla esa especie de mapamundi en abstracto que tengo en la cocina. Alguno incluso ha llegado a comentarme, el angelico, que no me imaginaba tan viajado (no lo saqué de su error, porque, total, con los dichosos imanes, un par de libros y algún documental de La 2 doy el pego, y una cosa es que no me guste viajar y otra que no me guste tirarme el rollo de ser un tipo de mundo). Por otra parte, el vestuario de mis hijos comprende un variado surtido de camisetas con alegres y pintorescos motivos indonesios, peruanos, vikingos, colombianos, argentinos, italianos, franceses y otro largo etcétera. Por eso no es de extrañar que las últimas veces que mis cuñados les han traído algún detalle de algún sitio lejano los niños (el mayor, principalmente) me pide que le señale en el globo terráqueo la ubicación del lugar de procedencia del regalo, y que le explique si hasta allí hay que ir en avión o se puede ir “en el coche de mamá”.

A todo esto hay que unir las indirectas de mi suegra cuando vuelve de un viaje, o cuando asistimos todos a la exposición del reportaje fotográfico de rigor de alguno de mis cuñados, acerca de que deberíamos viajar más. Mensajes sutiles, elegantes, como es ella. Sugiriendo, más que ordenando. Algo así como “ si es que os estáis echando a perder, os vais a apolillar en casa, no sé por qué no salís más…”. Que son sutiles, sí, pero van haciendo mella.

Y, por si esto fuera poco para pintarme un oscuro porvenir de viajes, extravíos de equipajes en aeropuertos extranjeros y días perdidos para siempre en el limbo del jet-lag, un nuevo factor ha venido a sumarse a los anteriores. Mi hermano (el presuntamente adoptado) tiene actualmente un trabajo que lo obliga a viajar al extranjero con cierta frecuencia. Entre eso y lo que viaja por placer, se pasa media vida en los aviones. Y esto tiene dos peligrosos efectos. Por un lado, ya saben: más imanes para la nevera, más camisetas para los críos. Por otra parte, su compañía tiene el curioso detalle de facilitar regularmente a sus empleados y (atención, detalle importante) sus familias billetes gratis o a precio de risa. Mi hermano, el muy traidor, no pierde oportunidad de hacernos partícipes de estas oportunidades, acompañando la oferta de su lema favorito de toda la vida: “si es que te sale más barato que quedarte en casa”. Ante eso, me temo que es imposible que mi mujer resista demasiado tiempo. Tic, tac. El tiempo se me está acabando. Estoy acorralado. Y no vean lo que me estresa el tema.

Así que ya ven el panorama que me espera. Puede que a alguno de ustedes piense que soy un exagerado, o que esto de viajar les guste un montón, pero, qué quieren que les diga. A mi déjenme feliz en mi sofá, con mis documentales.


Eso sí, tráiganme imanes de recuerdo. Que no vean lo que molan.

PS: La nevera de la foto no es la mía, la encontré brujuleando por la red, y me gustó. La mía no tiene tantos imanes, pero denle un poco de tiempo.


16 comentarios:

NáN dijo...

Estimado amigo del Club:

Veo que tu causa está perdida. En cuanto las marcas de altura de tus hijos, junto a la puerta de la cocina, lleguen a una cota un poco mayor, la genética de la Rubia se unirá a ellos, así que en tu agencia de viajes te conocerán por el nombre.

En mi caso, Ella se dedica profesionalmente a los viajes. En ese punto está servida. Pero aún así me arrastra cada cierto tiempo a un aeropuero para que conozca lo que hay que conocer. A saber: París, Londres, Venecia y Roma; más Viena, que me falta. A cambio de que ella elige y fuerza, yo impongo los períodos: no se hará un viaje hasta que hayan transcurrido 3 o 4 años del último.

Viajar es innecesario, ya veo que lo sabes. Socialmente, se puede vampirizar las anécdotas y las imágenes de los otros. Interiormente, nada como la mente.

Mando inmediatemente al Traveler's* Club la petición de que cuando te llegue la mala racha no se te expulse y se limiten a poner tu inscripción en Stand by. Luego llega un tiempo maravilloso, en el que no se mide ya lo que han crecido los hijos, en el que con un poco de experiencia (y siendo un poco rastrero, mentiroso y manipulador), podrás quedarte en casa mientras ellos viajan.

Un abrazo de socio del Club.

*En la segunda parte de Rayuela, hay un personaje que sabe de todo pero casi no ha salido de su barrio de Buenos Aires. Le llaman Traveler y el Club se fundó en su honor.

Perdón por la longitud, pero una carta no es un email.

El niño desgraciaíto dijo...

Hombre, viajar no es tan malo, aunque sólo sea para apreciar más lo que tienes en casa...

Cazurro dijo...

Estimado NáN, gracias por los ánimos, por la comprensión y por la gestión con el club. Espero ansioso el momento de que mi mujer y mis hijos se conformen con viajar sin mi (lo de ser mentiroso, rastrero y manipulador no será problema).

Gracias también por la historia de Traveller. No la conocía, pero me he sentido tan identificado...


Niño, yo no he dicho que sea malo: simplemente, no es lo mío.
Coincido contigo en que la mejor parte de los viajes es la vuelta a casa. Por otra parte, soy capaz de apreciar lo que tengo en casa sin necesidad de viajar. Quizá no como se merecen, pero lo aprecio.

Doctora Anchoa dijo...

Tal vez la solución esté en que empieces poco a poco: alquilando un apartamento o eligiendo un sitio al que podáis llegar en coche no te dará tanta sensación de estar de viaje.
Es todo empezar, que esto de viajar acaba enganchando

NáN dijo...

Niño Desgraciaíto, he visto el autorretrato que acompaña a tu texto y claro, no me extraña que te tomes la vida así, a la ligera. Pero a los agorafóbicos cuando vamos a viajar se nos infecta una muela, se nos descompensa el equilibrio ácido-alcalino, en fin, toda una serie de calamidades.

No tengo nada contra viajar, pero... prefiero que lo hagáis los demás y luego nos contéis.

Cazurro dijo...

Doctora, a mí la solución que me mola para viajar es la del Equipo A cuando tenían que meter a M.A. en un avión: un pinchazo y todo el viaje sobando. Así, seguro que no tenía sensación de estar viajando.

Respecto a que viajar engancha, no tengo ninguna duda. De hecho, mis cuñados empezaron por probar, pasaron luego por una fase de "lo puedo dejar cuando quiera" y ahora , en cuanto se pasan 3 meses sin salir del país, empiezan a subirse por las paredes, presa de temblores, y te asaltan en cualquier rincón, gritando "necesitoviajarmeentiendeslonecesito".

Así que, como además el cupo de adicciones ya lo tengo cubierto, vamos a dejar lo de viajar, de momento. De todos modos, gracias por el consejo.

NáN, muchas veces yo preferiría que ni siquiera me lo contaran. Por una parte, hay gente que cuenta las cosas fatal, en tiempo real. Si me lo van a contar así, elijo muerte. Por otro lado, algunas cosas (y los placeres de cada cual son una de ellas) deberían ser personales e intransferibles.

W.M.M. dijo...

Bueno, yo sí he estado en Liechtenstein, aunque casi me salgo al dar dos pasos...

ME gustaba viajar. He viajado mucho. Ahora también prefiero el sofá.

Anónimo dijo...

¿Nos vamos a Paris o Florencia?.
Con cariño.
tu mujer

Anónimo dijo...

Hombre, está claro...¡¡A Florencia!!¡¡LA TOSCANA es preciosa!!Yo os ilustro: guía, restaurantes,plano, diccionario de bolsillo,reserva de entradas a museos sin colas, lo q querais...

Por los niños no hay problema,yo llevé al mío (ese sí q está de mundo...ja ja) pero si quereis os acompaño y no los vais ni a oir.

Vecina47

(A mí sacadmelo para ventanilla, pf)

Anónimo dijo...

Oye, que si os decantais por París tb os dejo todo si quereis,conozco un hotelito...divino!!

Me parece Cazurro que no te libra ya nadie del viaje

Vecina47

Cazurro dijo...

WMM, era una pregunta retórica. Me alegra que hayas visto la luz: donde esté un buen sofá...

Vamos donde tú quieras, cariño. Ejem.

Vecina47, igual son imaginaciones mías, pero juraría que disfrutas viéndome sufrir. Vamos a tener que hablar muy seriamente un día de estos.

Bett dijo...

Esta entrada me viene al pelo, más que nada porque de viajes quería hablarte... más concretamente agradecerte las recomenaciones. Soy la que, en aquel post que hablabas de Astorga, te pedía recomendaciones.

Ahora que he vuelto de esa ciudad y de Castrillo de los Polvazares quería agradecerte las indicaciones. Sirvieron de mucho, y allí encontramos gente también muy amable, que nos indicó rutas preciosas para el camino... así que aquí queda, Gracias!


Y en lo de los viajes... yo soy del club de tu mujer. Agarro una maleta en cuanto pueda, y cuánto más pueda viajar, mejor. Por el momento, Europa está bastante recorrida, pena que cruzar el charco sea tan carillo, que necesita más planificación.
Y sí, también he pisado Lietchestein, porque nos quedaba perfecto para atravesar de Suiza a Salzburgo. Plan frustrado (la continuación hacia Austria), porque fue el año del diluvio y tuvimos que tirar al final hacia Múnich, que no había trenes y los puentes estaban inundados o caídos.


Siento lo largo del comentario!


Saludos y disfruta del sofá! :)

Cazurro dijo...

De nada, Bett. Espero que disfrutaras la visita.

Visto que todo el mundo ha estado en Liechtenstein, voy a proponer un lugar más complicado: en mi nevera también hay un imán de Isla de Pascua (un viaje absurdo a todas luces: para ver cabezas de piedra maciza no hace falta ir tan lejos).

Seguiré tu consejo y me quedaré con mi sofá... mientras mi mujer me deje.

pseudosociologa dijo...

¿Y porqué no se va de viaje ella con su familia?¿Incluso los niños?Amosdigoyo.
Entre Liechenstein e isla de Pascua....mmmmm....francamente..qué duda.

Cazurro dijo...

Pseudosocióloga, es mi mujer. ¿Cómo voy a saber por qué hace lo que hace? De todas formas, no le des demasiadas ideas.
Entre Liechtenstein e Isla de Pascua, yo lo tengo clarísimo: el sofá.

Anónimo dijo...

Pero si en el fondo te gusta viajar, pero a tu manera: sin prisas y sin improvisaciones y sin la rigidez del "no podemos marchar sin ver...".
Todo es buscar la medida.

Pseudosociologa: 1.-¿cómo voy a dejar solo a un bombón como cazurro?, querida, éso no entra en mis planes.
2.- Es por no dejarlo solo, en el fondo, es por él.
Puedes elegir la opción que mas te guste como razón para no viajar sin él.

De nuevo, tu mujer.