miércoles, 15 de septiembre de 2010

POR QUÉ ME SUICIDÉ

Algunas cosas son difíciles de comprender, lo sé. Pero, de todas formas, creo que a todos nos gustaría entender por qué la gente hace lo que hace, conocer sus motivos. Casi todo tiene una explicación, y casi todos tenemos nuestros motivos para hacer lo que hacemos. Por eso quiero explicarles por qué me suicidé.

La historia arranca hace unos siete años. Por aquel entonces yo era un triunfador. Abogado brillante, esposo de una mujer increíble, con dos hijos estupendos… mi vida era, sencillamente, perfecta. Me lo había currado, desde luego. Nadie me había regalado nada. Y aunque trabajaba como un burro, sabía disfrutar de lo que tenía. Sin remordimientos, sin complejos: me lo había ganado.

Visto con perspectiva, creo que por ahí fue por donde empezó a patinar todo. Supongo que a veces se me iba la mano con lo de disfrutar. Siempre me han gustado las mujeres, y, a pesar de que quería mucho a Mónica, en ocasiones no es fácil resistir la tentación. Cuando ella se iba con los niños al chalet de la sierra, solía salir a tomar una copa, alguna noche. Y más de una (y más de dos) de aquellas noches acababan en una cama equivocada, entre unos brazos extraños. Entonces no me parecía nada grave. Yo tenía cuidado, y Mónica, si alguna vez sospechó algo, se lo guardó para ella. Quizá porque también tenía su armario lleno de esqueletos, no lo sé. Ni me importa. Habíamos llegado a una especie de acuerdo, y éramos felices. ¿Qué importaba una noche de juerga más o menos?

Fue en una de aquellas noches cuando conocí a Daniela. Una morena espectacular, con los ojos claros. Recuerdo que tenía un peculiar acento (era hija de argentino y colombiana, aunque había nacido en España), lo suficientemente perceptible para acentuar su exotismo, lo suficientemente suave para no resultar empalagoso. Era simpática. Y estaba muy buena. Nos conocimos en un bar. Ella estaba sola, y yo andaba en busca de compañía. Congeniamos, y acabamos en su casa. Eso fue todo. O, para ser exactos, eso debería haber sido todo.

Antes de continuar con la historia, quizá convenga aclarar a qué me dedicaba. Yo era uno de esos abogados que se dedican a blanquear dinero de origen incierto. Me siguen, ¿verdad? Trabajaba para una empresa con sede en Gibraltar, a donde viajaba con frecuencia, aunque las oficinas centrales estaban en Madrid. Desde allí era desde donde controlaba un tupida red de empresas, bancos, filiales de empresas y empresas fantasma por las que el dinero circulaba sin cesar, en cantidades enormes. Montar aquella telaraña no había sido fácil, pero una vez en marcha, funcionaba de lujo. No era sencillo controlar todo aquel entramado, ni siquiera para mí. No podías permitirte ni un respiro, porque el más mínimo despiste podía suponer un desastre, y no sólo económico. Yo trabajaba para gente que se jugaba mucho, y que podía ser tremendamente expeditiva en caso de que las cosas les fueran mal. Así que mi trabajo requería una gran concentración. También una gran dedicación: pasaba muchas más horas en la oficina que en mi casa. A cambio, aquel trabajo me proporcionaba mucho dinero, una buena cuota de poder, y algún que otro remordimiento que había aprendido a ignorar sin demasiados problemas.

Una de las cosas que aprendí en aquel trabajo fue a dominar las emociones. A controlar un puñado de trucos de tahúr para que la cara nunca reflejase lo que tenías en la cabeza. Puedo asegurarles que es algo muy útil. Más que útil, imprescindible. Así que no me costó demasiado disimular la mañana en que llegó a mi oficina un sobre con mi nombre, sin remitente ni distintivo alguno. Al abrirlo, cayeron sobre mi mesa un puñado de fotos en las que se nos veía a Daniela y a mí en una actitud inequívoca. El fotógrafo había hecho bien su trabajo. No había nada más. Ni una nota, ni un mensaje, ni una petición. Nada. Sólo las fotos. Como les digo, supe disimular. Pero he de reconocer que aquello me puso sumamente nervioso.

La cosa se repitió un par de veces más, a lo largo de un mes. Otra carta, y un correo electrónico. Sólo fotos. Estaba claro que alguien quería ponerme nervioso. Y lo estaba consiguiendo. Aquello sólo podía suponer problemas. Problemas serios. Por un lado, deseaba que todo aquel asunto no fuese más que una broma pesada de alguien con un dudoso sentido del humor. Por otro, sabía que no lo era. Que aquello era sólo el primer paso de algo más complicado, y que tarde o temprano alguien tendría que hacer el siguiente movimiento. Y lo estaba deseando, la verdad. Prefería enfrentarme de una vez a lo que fuera que seguir con aquella incertidumbre.

El siguiente movimiento llegó, en efecto. De donde menos me lo esperaba, pero llegó. Fue una noche, cuando estaba a punto de irme a casa. Germán me llamó a su despacho. Sería sólo un momento, me dijo. Bueno, pensé, es el segundo de a bordo. Si le apetece retenerme durante horas tampoco podría quejarme. Cuando entré en su despacho me recibió con una sonrisa, me hizo sentarme en una butaca y me ofreció un whisky. Sé que él sólo bebe del bueno, así que se lo acepté. Sirvió un par de copas, se sentó junto a mí, y fue directo al grano, como acostumbraba.

-Bueno, Martín. No merece la pena andarse con rodeos, así que seré directo. ¿Qué piensas de las fotos?

Por un momento, me olvidé incluso de poner cara de póker. Así que era él. En un segundo valoré mi situación, y la conclusión no fue muy esperanzadora. Podía darme por jodido. Pensé que no valía la pena disimular.

-¿Qué quieres que te diga? Una noche loca. Ya sabes cómo son esas cosas.

-Eso está feo, Martín. Estás casado, tienes hijos…

El tipo me miraba como si fuera mi padre. No podía creer que me estuviera echando un sermón. Él, cuyos líos de faldas eran tan frecuentes que incluso yo había tenido que hacer malabarismos más de una vez para sacarlo de alguna situación incómoda. Sabía que tenía que haber algo más, así que esperé. Y no tuve que esperar mucho.

-¿No sabes quién es Daniela?
-No.
-Es la nueva amiga de Max. Te has metido en un buen lío, Martín. Ya sabes cómo es Max con sus mujeres.

Me quedé en silencio. No sabía qué decir. Y, de haberlo sabido, no creo que hubiera podido decir una sola palabra. Max era mi jefe. El Don, como lo llamábamos todos. Maximiliano Prunetti, napolitano, refinado, elegante. Una leyenda en el ámbito en el que nos movíamos. Con reputación de tipo fiable entre los italianos, los colombianos y los marroquíes. Coleccionista de obras de arte, de coches deportivos y de mujeres. Y, según me constaba (demasiado bien), celoso, despiadado y cruel. La conclusión seguía allí, tan clara que casi era una presencia física entre Germán y yo: estaba jodido.

-No lo sabía, Germán. Me conoces, y sabes que ni siquiera la habría mirado si hubiera sabido que era la chica de Max.

Levantó las manos, en un ademán pretendidamente tranquilizador. El muy cerdo estaba disfrutando.

-Te creo, Martín. Te creo. Es más, estoy seguro de que fue así. ¿Sabes por qué?

Dejó la cuestión en suspenso durante un instante. Antes de proseguir, me miró de una forma extraña. Supongo que así es como miran los gatos a los ratones, antes del zarpazo definitivo.

-Porque yo lo preparé para que fuera así.

No recuerdo mucho más de aquella reunión, la verdad. Sólo sé que volví a casa como envuelto en una nube, mientras tres pensamientos se alternaban en mi cabeza. Uno: aquello no podía pasarme a mí. No era posible. Dos: claro que era posible. De hecho, era un clásico: el tipo de confianza que traiciona al jefe, la chica que juega a dos barajas, y el imbécil (yo) al que era fácil utilizar. Tres: estaba jodido.

Germán se reunió conmigo un par de veces más. Al principio no me pidió nada. Creo que sólo intentaba comprobar que yo había entendido correctamente la situación. Yo la había comprendido perfectamente: me tenía en sus manos. Fue entonces cuando decidió contarme lo que esperaba de mí. Algo simple, en realidad: yo tenía que desviar algún dinero a una cuenta invisible y hacer que pareciera cosa de Max. Una vez que el asunto saliera a la luz, el Don estaría acabado. Con los socios no se jugaba. Era algo simple, en efecto. Simple, pero peligroso.

Yo no tenía opción. El asunto no me convencía en absoluto, pero, ¿qué podía hacer? Negarme sería tanto como ponerme la soga al cuello. Y ni siquiera podía soñar con ir con el cuento a Max: eso sólo serviría para que Germán me acompañara en mi viaje, pero no iba a librarme de dormir con los peces. Ni a mí, ni a mi familia. Como buen napolitano, Max era respetuoso con las tradiciones del gremio, y para él había ofensas que iban más allá de una sola persona. Como solía decir, era una cuestión de respeto. Por otra parte, si cumplía con mi parte del trato sólo tenía la palabra de Germán de que nada iba a pasarme. Una palabra que no valía nada. Pero una posibilidad, al fin y al cabo.

Fueron unos días horribles. No podía dormir, ni comer, y estaba constantemente de un pésimo humor. Siempre a punto de saltar. Incluso Mónica, habitualmente impasible ante mi comportamiento, por extraño que éste fuese, lo notó. Pero todavía faltaba lo peor.

Porque Germán no me lo había contado todo. Sólo una semana antes de la fecha prevista para la operación me hizo saber que el plan tenía un final ligeramente distinto del que yo había imaginado. Además de desviar el dinero hacia una de sus cuentas, yo tenía que hacer que el Don estuviese en un determinado lugar, en un determinado momento. Una vez allí, ellos se encargarían. No quise preguntar de qué iban a encargarse. No era necesario. En realidad, debería haberlo imaginado, porque así es como se hacen estas cosas. Cuando estás jugando con miles de millones, no conviene dejar cabos sueltos, y Germán prefería no dejarle a Max la posibilidad, remota, si, pero posibilidad, al fin y al cabo, de convencer a los socios de su inocencia. Este era uno de esos asuntos en los que conviene dejar las cosas bien atadas.

Aquello acabó de revolverme el estómago. No es que Max fuera mi amigo. De hecho, yo lo consideraba un hijo de puta con mayúsculas. Pero llevarlo de la mano al paredón era más de lo que yo estaba preparado para soportar. Fueron los peores días de mi vida. Mientras, Germán parecía disfrutar con todo aquello. Cuando nos cruzábamos en la oficina, le costaba reprimir una asquerosa sonrisa de suficiencia.

Pero, ahora lo veo claro, cometió un error. No sé si fue por sadismo, porque le gustaba verme sudar, o porque en realidad necesitaba planear las cosas con antelación, pero me dio demasiado tiempo para pensar. Cuando alguien está acorralado, no es buena idea darle tiempo para pensar. Nunca se sabe lo que se le puede ocurrir a alguien desesperado, y les puedo asegurar que yo lo estaba. Llevaba semanas sintiéndome un hombre muerto, y jugar con un hombre muerto puede ser peligroso: ya no tiene nada que perder.

Cuando llegó el momento, todo comenzó a desarrollarse según lo previsto. El día acordado, una enorme cantidad de dinero fue transferida desde una de las empresas del grupo a una cuenta indetectable ( y creánme cuando digo indetectable; esa era mi especialidad, después de todo). Cité a Max en mi despacho, a última hora. No fue fácil, porque no le gustaba quedarse hasta tarde en el trabajo, pero insistí en que era importante, y acabó por acceder a encontrarse conmigo. Según lo planeado, avisé a Germán. Era mi parte del trato, y la había cumplido. No estaba orgulloso, pero no siempre puede uno estar orgulloso de lo que hace, ¿verdad?

De todos modos, me permití introducir alguna pequeña variación en el plan original. Me jodía que aquel payaso se saliera con la suya, así que decidí cambiar algunas cosas. Y creo que el nuevo final que yo había diseñado fue una sorpresa para todos. Porque, cuando Max acudió a mi despacho, a última hora de la tarde, cuando nadie quedaba ya en el edificio, se encontró con una auténtica carnicería: allí estaba Germán, con la cabeza destrozada de un escopetazo (disparado con la escopeta de Max, por cierto: una Abiatico & Salvinelli, hecha a mano, carísima, que solía guardar en su despacho). Allí estaba también Daniela, bellísima, desnuda y muerta, al lado de su amante. Y allí llegó la policía, convenientemente avisada, al cabo de un minuto, para hacerse cargo inmediatamente de la situación: Max, una escopeta con sus huellas, un socio, un ataque de cuernos, la sangre que se sube a la cabeza,… una historia vieja como la vida misma. Aliñada, además, con un fraude multimillonario.

No me dirán que no fue original. Sin embargo, yo sabía que después de aquello no podía esperar salir con bien de esa historia. Aún descabezada, la organización comenzaría a rastrear el dinero desaparecido, y pronto todos los dedos apuntarían hacia mí. Quizá no pudieran demostrarlo nunca, pero no era gente que necesitara pruebas. Así que decidí suicidarme.


Mi cuerpo apareció varios días después en un pantano del norte de Madrid, dentro de mi coche, hundido en el barro. Estaba horriblemente descompuesto ya, pero mi mujer no tuvo ningún problema en identificarme, a pesar de las lágrimas. Era mi coche, era mi ropa, era mi reloj… Nadie acertó a explicarse de qué manera había estado implicado en aquel extraño caso, pero supongo que todo el mundo dio por hecho que me había quitado de en medio un segundo antes de que ellos lo hicieran por mí. Todo parecía la jugada desesperada de alguien que sabe que ha llegado al final de un callejón sin salida.

Al final, todos decidieron echar tierra sobre el asunto: la policía pensó que era mejor no remover más, la empresa se resignó, mi familia lloró en mi funeral… Todos decidieron seguir adelante, pero nadie llegó a comprenderlo.

Por eso tenía que explicarlo. Ahora ya saben por qué me suicidé.




Eso sí, les puedo asegurar que no fue barato.

Porque hay muchos tipos capaces de cualquier cosa por dinero (y por suerte yo conocía a unos cuantos), pero algunas cosas son extremadamente caras. Ejecutar (nunca mejor dicho) el trabajo de la oficina requirió profesionales eficientes y discretos, y estos nunca son baratos. Tampoco fue sencillo conseguir un cuerpo para hundirlo en el pantano, ni conseguir una nueva identidad, ni encontrar el lugar ideal en el que comenzar de nuevo. Pero el dinero, si tienes el suficiente, facilita mucho las cosas. Para qué negarlo.

Supongo que a estas alturas ya lo habrán adivinado: la transferencia fue suficiente para todo eso. Incluso para la cirugía estética (todavía no me he acostumbrado del todo a mi nueva cara), y para comprar una casa en este rincón apartado (siempre había soñado con comprarme una casa en Brasil). Para empezar una nueva vida.

Y para vivirla bien. De hecho, podría decir que soy feliz.

Aunque, a veces, todavía eche de menos a Mónica y a los niños.
Pero sólo a veces.

13 comentarios:

Gonzalo Viveiró Ruiz dijo...

OOOOOOLE!!!!!

Anónimo dijo...

Sin palabras me he quedao...

112 dijo...

Me gustó.
Otro al registro. Cualquiera diria que tienes una vida la mar de interesante.

Teresa, la de la ventana dijo...

Me ha gustado mucho. Realmente bueno.

el chico de la consuelo dijo...

¿O sea que tu fuiste el que se cargo a Prunetti?
No sé si lo sabes, pero Prunetti fue el que puso el dinero sucio para llevarse a Quinteros al Cai. Se lo debía al padre de la chica un bonaerense de Boca "Dejame a tu hija daniela, le dijo, haré de tu niña una señorita y a su amiguito el de la canasta lo haré jugar en un equipo grande".

P.D-. Me ha encataooooooooooo!!!

Er-Murazor dijo...

La verdad sobre el caso Prunetti, desvelada al fin. Salió bien la jugada, por lo que veo.

Muy bueno, sí señor.

Cazurro dijo...

Vaya! Muchas gracias a todos.

112, mi vida y yo somos radicalmente normales (pese a lo que diga mi psicólogo; qué sabrá él...). Y entiéndase normal como antónimo de interesante (pese a lo que diga la RAE; qué sabrán ellos...)

Chico, hubo algo en el caso Quinteros que siempre me olió mal. Pero lo de equipo grande no lo pillo, la verdad...

Zor, la jugada salió bien según para quien. Siempre que alguien ríe, otro llora. Supongo que eso equilibra el karma.

Repito, gracias a todos.

Anniehall dijo...

Me ha gustado Cazurro. No había descubierto todavía tu vena cuentista.

Cazurro dijo...

Annie, me alegra que te guste.

La RAE define cuentista, en su primera acepción, como persona que acostumbra a contar enredos, chismes o embustes.

Para no conocerme, qué bien me has definido...

Pero, bueno, si te refieres a los relatos, ya he colgado unos cuantos en el blog.

Diva Gando dijo...

Joeeeeer,

al principio pensaba que era real... o lo es?

Muy buen relato.

Cazurro dijo...

¿Qué si es real? Jo, Diva, me has pillado.

La verdad es que no vivo en León: escribo el blog desde Brasil, y la cirugía fue más radical de lo que sugiere el relato (de hecho, ahora me llamo Vanessa).

Pero guárdame el secreto,¿vale?

Me alegra que te haya gustado.

Speedygirl dijo...

Llego mil años tarde pero tengo que decir lo mismo que Gonzalo. ¡Y TAN OLEEEEEEE!!!!!! A mí también me ha encantado

Cazurro dijo...

Speedy, muchas gracias. Y no te preocupes por el retraso: el relato no caduca, y todos sabemos que las superheroínas sois gente muy ocupada.