viernes, 3 de septiembre de 2010

LA CHICA DE AYER

Ayer volví a verla, después de mucho tiempo. Y no fue agradable. Más bien al contrario: fue uno de esos momentos en los que se hace patente lo perra que puede ser la vida, cuando le da por ahí.

La conocí en la universidad, hace ya muchos años. Fuimos compañeros de carrera. El por qué una chica como ella había escogido una carrera tan unánimemente considerada como sólo para hombres (eran otros tiempos; ahora las cosas han cambiado bastante) siempre fue un misterio. Ella daba la impresión de estar por encima de todo, con una actitud hacia la mayoría de compañeros, profesores y mundo en general, que estaba entre la displicencia y el desprecio más abierto. Y, sin embargo, por alguno de esos extraños mecanismos que toman a veces los mandos de nuestra mente, conseguía caerle bien a todo el mundo.

Desde el principio fue una chica popular. Era conocida por todos. También puede influir, claro, que estuviera tremendamente buena, porque estábamos todos en una edad demasiado hormonal como para poder obviar ese detalle, y porque el resto de compañeras la envidiaba a muerte, y en el fondo la envidia no es más que otra forma de popularidad. Yo no llegué a intimar con ella, pero sí charlamos bastante durante un año, por coincidencias de clases y horarios, y porque supongo que yo era para ella tan insignificante que no merecía siquiera el trabajo de ignorarme. Pero el caso es que la conocí, un poco.

Y supe que era una chica con las cosas tremendamente claras. Con sus objetivos vitales bien definidos. Ella no había ido a la universidad para estudiar, sino para conocer gente. No se tomaba la carrera como un paso hacia la vida laboral, sino como la exploración de un coto de caza que parecía ofrecerle posibilidades de cobrar alguna buena pieza. Ella había ido allí para elegir a su futuro marido.

No la juzgué entonces, y no voy a juzgarla ahora. Quién soy yo para juzgar a nadie. Sobre todo teniendo en cuenta que nunca he sido demasiado bueno para comprender las motivaciones de la gente en general, y de las mujeres en particular. Lo que sí puedo decir es que ella se tomaba su obligación mucho más en serio que yo la mía. Porque mientras yo afrontaba los estudios con bastante dejadez, ella hacía gala de una disciplina espartana para lucir siempre radiante, inmaculada, feliz, alegre. No recuerdo verla un solo día, incluso cuando teníamos clase a las 8 de la mañana, sin estar todo lo arreglada que la ocasión permitía. En aquel entonces, aquello nos llamaba mucho la atención. Supongo que ninguno de nosotros la comprendía. Pero ahora la comprendo, o al menos así lo creo. Ella sentía que esas eran sus cartas, y las jugaba de la mejor manera que sabía.

Le perdí la pista al acabar la carrera, y no la había vuelto a ver hasta ayer. La casualidad la puso en mi camino, gracias a que su trabajo (un trabajo vulgar, de esos que ella siempre quiso evitar) se cruzó por un instante con el mío. No me reconoció, y yo tampoco hice nada para que me recordara. No quise. No pude.

El encuentro me dejó lo bastante impresionado para pedirle más información a un compañero de estudios que ahora, además, trabaja conmigo, y que suele estar enterado de qué ha sido de todos los que nos conocimos durante aquellos años. Y me contó, a grandes rasgos, cómo le había ido. Se casó, al fin, con un tipo de los que ella buscaba. De buena familia, con mucha pasta y con futuro. Un tipo que a los pocos años montó una empresa inmobiliaria que subió como la espuma, y con el que empezó a disfrutar de la vida que ella siempre había querido tener. Hasta que cambió el viento, y comenzó a disminuir el dinero, y comenzaron a aumentar las deudas. Hasta que (las desgracias nunca vienen solas) él comenzó a portarse como un perfecto hijo de puta. Luego vino una quiebra, y un divorcio, y ella se vio de nuevo sola, sin dinero, sin nada. Ni siquiera conserva ya aquella imagen deslumbrante de cuando la conocí: han pasado 18 años, y por ella han pasado de muy mala manera.

Hubiera preferido no verla. No fue agradable, como deberían ser siempre los reencuentros con los viejos conocidos, con gente a la que por algún motivo apreciaste. Me hubiera gustado verla feliz, exitosa y triunfante. Hubiera preferido mil veces sentir envidia de su suerte que pena por su desgracia.

Pero supongo que eso no es posible. O, al menos, no es posible siempre. Por cada ganador debe haber un derrotado, así que es inevitable que haya algún perdedor circulando por ahí, lamiéndose las heridas, y te encuentres con ellos de vez en cuando. Y puede que sea algo bueno, después de todo. Como un saludable recordatorio de que la vida te puede zarandear en cualquier momento, de cualquier manera. Como la certeza de que, por muy bien que juegues tus cartas, siempre puede haber alguien con una mano mejor.

Sin embargo, todo esto no son más que consideraciones filosóficas sin ningún valor. Porque lo único cierto es que volví a verla. Volví a ver a aquella chica que ayer me deslumbraba, me emocionaba, me ponía alegre. Y aquella chica de aquel ayer es hoy una mujer vencida y triste, que ya no deslumbra a nadie.

Hubiera preferido no verla. Fue tan triste…

8 comentarios:

112 dijo...

SI que es triste.
Pero te has parado a pensar ( claro que si) que no fue solo el destino o la mala suerte, que cada uno pone su parte para llegar donde se esta?.
Yo no veo en la vida ganadores y perdedores, veo circunstancias, decisiones, exitos y fracasos en todos y distintas formas de afrontarlos.
En cualquier caso, aun es joven para darle otro rumbo a su vida,tal vez la proxima vez que la veas tenga otra cara.Ojala.

W.M.M. dijo...

Siempre es malo mirar atrás.

Ya sea la buena o la mala suerte, el como te ha tratado el tiempo, la pérdida de espontaneidad o alegría que lleva aparejado el paso del tiempo...
Y quien diga que no es cierto, miente. Los kilómetros rodados van dejando su desgaste y hay cosas que no se recuperan.
Esos encuentros, sobre todo los inesperados, desequilibran y desencantan.
Mirar solo adelante. Es mejor

Cazurro dijo...

112, no creo que ella haya puesto de su parte más que tú o que yo para fracasar. La suerte también juega. Pero sí, ojalá.

WWM, ¿siempre? Habría mucho que discutir sobre eso. El tiempo desgasta y deja cicatrices, cierto. Pero algunas cicatrices resultan honrosas, y otras no tanto. Yo he tenido muchos encuentros con gente a la que no veía desde hace mucho tiempo, y al ver que les iba más o menos bien, que estaban ahí, peleando, con sus cosas, como todos, me he sentido bien. Incluso en algunos casos, de una manera un poco absurda, orgulloso de ellos.

Cuestiones demasiado profundas para un viernes, me temo.
Buen fin de semana.

Teresa, la de la ventana dijo...

El tiempo no trata a todo el mundo de igual manera, cierto. También dicen que es quien termina poniendo a cada un en el sitio que merece. No sé yo...

La suerte siempre está ahí, pero las elecciones que hacemos en cada momento determinan mucho más de lo que creemos cuando las hacemos.

No creo que mirar atrás sea siempre malo. En parte somos lo que somos por lo que fuimos. Mirar sólo hacia delante es una forma de huir de nosotros mismos, es decir del presente.

Cazurro dijo...

Teresa, ¿qué es eso de que todos acabamos en el sitio que nos merecemos? No me asustes, mujer.

Respecto a lo de la suerte y las elecciones, podría parafrasear a no sé quién cuando hablaba de no sé qué (hoy tengo la memoria de pena, como puedes ver) diciendo que la vida es el arte de tomar decisiones con conocimientos insuficientes y basándose en datos equivocados. Y, claro, así la suerte tiende a influir un poco.

Pero estoy de acuerdo contigo: no creo que sea malo mirar atrás. Te da cierta perspectiva.

Bueno, disfruta del finde.

Teresa, la de la ventana dijo...

No, no, Cazurro. De hecho digo que no se yo si eso es tan cierto. El tiempo a veces se limita a pasar. Punto.

La suerte influye, por supuesto, porque hasta para decidir lo correcto sin saber hay que tenerla. Pero me refería más bien a esas decisiones que tomas con todo el dolor de tu corazón demasiado consciente de lo que significa descartar.

Igualmente, buen fin de semana.

112 dijo...

Quiza no haya puesto ni mas ni menos que nadie para para nada.
De hecho yo tengo mucha suerte y eso esta ahi.
Pero la suerte tambien hay que buscarla un poco y debe pillarte preparado, habiendo hecho los deberes. Quiero decir por ej. que si estudias mucho, es mas probable que apruebes y si tienes la suerte de que cae la pregunta que mejor te sabes, sacaras mejor nota, pero aumentas mucho "la suerte de aprobar".
En mi experiencia, los que no lo hacen suelen quejarse de la poca suerte propia y de la mucha ajena.

Otra cosita, tambien creo que el tiempo solo da vejez. La experiencia es otra cosa:lo que aprendemos de lo que hemos vivido.

WMM: mirar atras no es en si malo o bueno, depende mas del como y del quien y del para que.

No es que este profunda, es que estoy de guardia y se ven tantas cosas...

Buen finde.

NáN dijo...

Puf, qué interesante el post y los comentarios. Perdón si me alargo un poco

"Se derramarán más lágrimas por los deseos satisfechos que por los no cumplidos", escribió Teresa de Ávila. Y tenía razón: los cuentos clásicos, que recomiendo que lean siempre los niños y las niñas, aunque no voy a explicar ahora por qué, tienen varias versiones de cómo, ante el genio que concede un número limitado de deseos, estos se pierden en tonterías y en errores.

Precisamente anoche vi la última peli de Woody Allen: frente a los culturetas y los vagos ante el cine diré que me parece una obra maestra. Hace el cine que parece tan fácil que hemos llegado a no darle importancia. La película va de eso, de los deseos egoístas y sus fracasos.

Para terminar, sobre la suerte: en este país nos gusta que las cosas caigan del cielo. He visto muchas veces que en el Trivial, un juego ya pasado de moda, al que ganaba con facilidad se le decía: "Pero no tiene mérito, porque lees y estudias mucho". ¨¡Cómo no! Lo chulo es pasarte las tardes de vinos y la noche en las discotecas, todos los días, y luego en media hora aprenderlo todo.

Picasso decía: “Las musas existen, pero lo importante es que cuando te visiten te pillen trabajando”. En ese sentido: la suerte hay que ganarla. Pero somos nimiedad: es mejor fortalecernos siempre, porque la vida puede darnos golpes que nos dejen desconcertados y perdamos lo ganado.

Esa chica de ayer, por lo que cuentas, había apostado al estatus y el dinero: lo que hace que la gente esté por debajo de tu nivel. A lo mejor ahora tiene la oportunidad de una vida más humana. Que la aproveche o no es cosa de ella. No hay por qué verlo como algo negativo.