martes, 8 de febrero de 2011

ASÍ ES COMO SOY

Catorce mil doscientos cuarenta y siete días. Ese es el tiempo que llevo dando tumbos por el mundo. Equivalen a 39 años, de los cuales 10 han sido bisiestos, y dos días. Esto quiere decir que el domingo pasado fue mi cumpleaños. Siendo puntillosos y recreándose en el detalle, también quiere decir que ya estoy viviendo mi cuadragésimo año. Técnicamente, ya soy un cuarentón.

Quieras o no (y les aseguro que yo no quería), los cumpleaños mueven a la reflexión. Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos… ya saben, esas cosas. Y, como dice mi amigo el fotógrafo, supongo que con conocimiento de causa, los 40 son una edad jodida. Un terreno peligroso, en el que uno comienza a ser consciente de que la cuesta abajo ha empezado. Seguramente hace mucho tiempo, claro, pero quizá los 40 son la cifra espoleta, el momento que, por alguna razón, nos hace sentir más plenamente que los jovenzuelos que nos llaman de usted desde hace tiempo tienen sus motivos, y los que no lo hacen es más por un problema de buenas maneras que otra cosa. Al fin y al cabo, la mítica crisis de los cuarenta, como todos los mitos, debe tener algún fundamento. Algo tiene el agua cuando la bendicen, ¿no? Bueno, pues como de vez en cuando tengo un ramalazo de originalidad (contradictorio e imprevisible que es uno), a mí me ha pasado todo eso un año antes.

Pero tampoco creo que un año más o menos sea importante. Sean 39 o 40, viene a ser lo mismo. Quizá la clave radique en el hecho de que, de todas las decrepitudes que comienzan a acecharnos cada vez menos disimuladamente cuando nos asomamos a estas edades, las que afectan a la memoria son las menos evidentes. O las más insidiosas y difíciles de comprender. Uno tiene todavía los recuerdos frescos de aquellos años, por momentos lejanos, por momentos anteayer, en los que la vida era una página en blanco. Y, para bien o para mal (seguramente para bien), no nos paramos demasiado a mirarnos a nosotros mismos y contradecir esos recuerdos, así que nos parece que, en cierto modo, seguimos siendo aquellos despreocupados postadolescentes que no veían el momento de empezar a comerse el mundo a bocados. O aquellos jóvenes de veintimuchos (qué elástica es la palabra joven, a veces) que ya habían comprobado que lo de comerse el mundo igual era un poco más difícil de lo que parecía, pero seguían manteniendo intacta la ilusión. O aquellos treintañeros recientes, con la década recién estrenada, que comenzaban a cambiar la ilusión por un saludable cinismo (un mecanismo de supervivencia extraordinariamente efectivo) y se permitían mirar con condescendencia a las generaciones que venían por detrás, repitiendo el ciclo, y con cierta callada admiración a las que iban por delante, como el que empieza a explicarse el por qué de muchas cosas.

Pero no. Nos engañamos. La memoria tiene estas cosas. Trabaja mezclando las escalas temporales, y nos pone en el mismo plano imágenes y sensaciones de distintas épocas, y eso, si bien no es necesariamente malo, tampoco es precisamente bueno. Porque llega un día (por ejemplo, cuando cumples 39 años) en el que la realidad te asalta desde el espejo y la comparación de la imagen que ves en él con el caleidoscopio que tienes en la cabeza comienza a chirriar más o menos desagradablemente (aunque supongo que esto último depende de la capacidad de sorpresa de cada uno).

Dado que yo me fío lo justo de mi memoria, prefiero hacerle caso al espejo. Ir a los datos, y dejar de lado los recuerdos y las sensaciones. Así que, yendo a lo objetivo, y probablemente dejando de lado lo importante, intentaré contar cómo soy[1]. O, para ser más exactos, cómo me dice el espejo que soy.

Mido 1,70 y peso unos 70 kg (me gustaría decir que de puro músculo, pero el espejo diría que menos lobos). Soy moreno, aunque algunas canas comienzan a menudear en las sienes y en la barba. Por eso me afeito a diario. Por eso y porque me pica, y nunca he podido aguantar la barba de varios días más de varios días (excepto una breve temporada en la que me dio, vaya usted a saber por qué, por llevar perilla, con gran éxito de crítica, pero no tanto de público; no sé si me explico).

Soy un tío rutinario. Me encanta la rutina, principalmente porque encuentro que facilita el día a día, pero también porque cuando tienes un buen número de actividades automatizadas puedes permitirte el lujo de ir por la vida con el cerebro en piloto automático, que resulta bastante cómodo. También puede ser que sea un poco neurótico y lo que yo llamo rutina sea en realidad un síndrome obsesivo compulsivo, pero como (todavía) no está diagnosticado y aquí nada es oficial hasta que aparece, negro sobre blanco, en un papel firmado por alguien competente, prefiero quedarme con mi explicación y pensar que soy un tío ordenado al que le gusta tener las cosas en su sitio y saber lo que va a hacer cada día y en cada momento.

Me gusta leer, aunque cada vez leo menos. Echo de menos las épocas en las que tenía tiempo suficiente para leer, porque ahora apenas consigo sacar unas pocas horas al mes para leer, y hace mucho tiempo que no leo un libro que me guste de verdad. Con los años, me he vuelto más selectivo y ya no me vale cualquier cosa.

También me gusta escribir, y para eso soy mucho menos selectivo (asumo mis limitaciones, pero, si no puedo escribir bien, al menos puedo escribir de cualquier cosa) y también mucho más inconstante. Puedo alternar temporadas en las que escribo más que hablo con temporadas en las que no escribo ni una línea (aunque sigo escribiendo más que hablo).

Porque soy callado. Muy callado. Rozando el autismo. En parte porque nunca he estado muy dotado para las conversaciones intrascendentes, y en parte porque soy tímido hasta unos límites patológicos. Unánle a eso una notable falta de habilidades sociales y llegarán a la conclusión de que el silencio es el estado en el que puedo resultar menos ridículo. Es la misma conclusión a la que yo llegué hace mucho tiempo. Sin embargo, cuando sé de lo que hablo (pasa pocas veces, pero pasa), puedo hablar con soltura delante de cualquier público. Supongo que con la edad he aprendido a dar el pego, y puedo aparentar más seguridad de la que siento realmente (que suele ser cero).

Tengo cierta facilidad para el pensamiento lateral. Ahora lo tengo asumido, pero es algo que me jodía, cuando era más joven, porque nunca era capaz de llegar a las mismas conclusiones que los demás partiendo de los mismos datos (sigo más o menos igual, pero quizá he aprendido a disimular mejor). Tal vez eso explica mi torpeza para las relaciones humanas. Como no sé interpretar los datos, utilizo la memoria, y archivo cual es la reacción correcta en cada situación. Elaboro unos algoritmos complicados y absurdos que me ocupan (casi) toda la memoria y eliminan de mi comportamiento cualquier rasgo de espontaneidad que pudiera tener. Suena peor de lo que es, una vez que te acostumbras.

Me encanta el deporte. Verlo, practicarlo, estudiar estadísticas, leer historias relacionadas con él.... Actualmente llevo varios años haciendo mucho, mucho ejercício. De hecho, estoy en mejor forma ahora, con 39 tacos, de lo que he estado en toda mi vida. Todos los días hago flexiones y abdominales, corro todas las semanas un par de veces como mínimo (aunque en verano puedo llegar a hacerlo a diario), y juego con cierta regularidad al pádel (signo inequívoco de decrepitud, por otra parte: cada vez van quedando más lejos los tiempos heroicos en los que los únicos deportes dignos de consideración eran los de contacto). Lo que decía antes de puro músculo no es del todo cierto, vale, pero tampoco está tan lejos de la realidad: es mi espejo, que es un poco tiquismiquis.

Soy guapo [2]. Tengo una voz grave, un sentido del humor que poca gente entiende y un pesimismo a prueba de bombas. Me gustan los finales tristes y los héroes que nunca se llevan a la chica. Me encanta la música de Sabina y los libros de García Márquez. Me apasionan los dulces. Odio el frío. No me gusta viajar. Mi color favorito es el azul, y me encanta escuchar a todo el que sabe contarme bien una buena historia.

Y algunas veces (sólo algunas) me siento abrumado por la responsabilidad de tener dos hijos y no sentirme a la altura. De preguntarme si seré un buen ejemplo, si sabré hacerlo bien, y no tener clara la respuesta. Supongo que le pasa a todo el mundo. Cuando eso pasa, también como todo el mundo, intento tirar para delante y hacerlo lo mejor posible.

Truman Capote dijo una vez, refiriéndose a sí mismo: Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio. Yo apenas bebo (algo de vino en las comidas, de vez en cuando), he dejado de fumar, y los hombres sólo me gustan como amigos (y la mayoría ni eso). Así que supongo que no soy un genio. Que nunca seré el genio que una vez soñé que sería.

Pero qué le vamos a hacer: así es como soy.

Y, créanme, podría ser peor.


[1] A petición popular.


[2] Opinión resultante de la encuesta efectuada sobre una muestra de dos mujeres (casualmente mi madre y mi mujer). Vale, la muestra quizá estaba un poco sesgada, pero no he tenido tiempo para más.

miércoles, 5 de enero de 2011

H2 CUMPLE 3 AÑOS

Pues sí, como lo oyen: H2 fue a nacer un día como hoy, hace tres años. Su madre y yo nos pasamos aquel día de Reyes en el hospital, con nuestro regalo al lado, en la cuna, y él se va a pasar el resto de su vida preguntándose por qué le han tocado en suerte unos padres tan imprevisores como para hacerle venir al mundo precisamente un 5 de Enero, con lo que la celebración de su cumple se diluye al mezclarse con la de los Reyes, y viceversa. Pero, bueno, tarde o temprano tenía que darse cuenta de los padres que tiene; si no era por esto, hubiera sido por cualquier otro detalle.

Hoy ha dormido mal. Llevábamos varios días calentándole la cabeza entre todos (que si va a ser tu cumple, que si van a venir los Reyes…), y eso debe ser demasiada emoción para un enano, así que hoy ha tocado diana a las siete y media y nos ha levantado a todos de la cama. Le hemos cantado el cumpleaños feliz, le hemos tirado de las orejas y ha tenido… “¡¡¡ un legalo!!!”. Es impresionante la capacidad que tiene este crío para la ilusión y para pronunciar mal la erre. Espero que lo segundo cambie pronto, pero que nunca pierda lo primero.

Y ahora está ahí, en el salón, jugando con su hermano con su “legalo” nuevo, un juego de construcción, mientras los miro. Como muchas otras veces, me parece increíble que yo haya tenido algo que ver con la presencia en mi casa de dos niños tan guapos, pero después de un tiempo, uno se va haciendo a la idea. También como otras veces, me maravillo ante lo diferentes que son mis dos herederos, tanto en el físico como (sobre todo) en el carácter.

Porque en muchos aspectos son la noche y el día. Si H1 es visceral, introvertido, tímido y asocial (es decir, como yo pero en guapo), H2 es muchísimo más tranquilo, sociable, alegre y payaso. Un showman con alma de delincuente. Además de parecerse muy poco a mí físicamente (es flaco, alto y rubio), su carácter es opuesto totalmente al mío y al de su hermano. No se asusta por nada, no se preocupa por nada (lo que es normal, porque tiene una facilidad pasmosa para inventarse excusas) y tiene un coraje a prueba de bombas para enfrentarse a cualquiera, sea cual sea la diferencia de tamaños (no es la primera vez que se interpone entre su hermano y algún pequeño matón en el parque). Aunque, por regla general, es más partidario de la intriga (miente más que habla, siempre está echándole la culpa de todo a los demás) y rehúye los enfrentamientos que sabe que no puede ganar (cuando lo coges en un renuncio aguanta el chaparrón sin levantar la vista del suelo, evitando empecinarse y empeorar las cosas; algo, por cierto, que su hermano debería aprender, porque H1 es más de elegir siempre la actitud equivocada y convertir una pequeña reprimenda en una bronca de proporciones apocalípticas).

H2 es un encanto de niño. Tiene un don innato para saber qué decir o hacer en cada situación y con cada persona, y hace lo que quiere con sus abuelos y sus tíos. Incluso con su madre: cuando pide algo y yo se lo niego, acude a su madre con cara de mimos, le da un beso, la abraza, le dice que la quiere mucho… y cuando su madre está flotando un par de palmos sobre el suelo, encantada de la vida, henchida de amor maternal, le formula la petición, con cara de no haber roto un plato en su vida. Y así, claro, la petición, generalmente, es atendida (“¿cómo le vas a decir que no, con esa cara”?, dice su abuela a menudo), y es entonces cuando me mira con cara de “chúpate esa”.

Es divertido, alegre y fácil de contentar. Un niño razonable, y al que no cuesta mucho enseñar. Tiene los dientes como un conejo, y como siempre está riéndose se han convertido en algo así como su seña de identidad. Aunque quizá lo más llamativo de su cara sean los ojos: inmensos, un poco rasgados, expresivos hasta decir basta. Es bromista, y tiene un sentido del humor propio y muy definido. Y está en una etapa en la que se debate entre el deseo de ser mayor y el dolor de abandonar sus pequeños vicios y sus costumbres de bebé (chupete, peluches…). Por momentos es un hombrecito, por momentos vuelve a ser un pequeñajo adorablemente achuchable. Con un montón de cosquillas, además, lo que es una tentación a la que no puedo resistirme (me encanta su risa, no lo puedo remediar).

Y hoy cumple tres años, y esta mañana está siendo una gozada verlo jugar con su hermano, aunque en lo que escribo esto ya he tenido que intervenir en varias peleas debidas a, digamos, algunas diferencias de criterio a la hora de construir un castillo para Batman (las obras en las que intervienen varios contratistas es lo que tienen). Son niños, y lo disfrutan. Como disfrutan su cumpleaños. Como disfrutan de los nervios del día de hoy (se hace tan largo esperar a los Reyes…).

Así que voy a dejar ya de escribir, y, con su permiso, jugar yo también con mis hijos, hoy que tengo tiempo para estar con ellos. Para ejercer de padre, y disfrutar yo también del cumpleaños de H2, y de los Reyes.

Feliz cumpleaños, H2. Que cumplas muchos más.
Y pórtate bien, o los Reyes te traerán carbón.

viernes, 31 de diciembre de 2010

ADIOS, 2010

Así, como sin querer, nos hemos plantado en el 31 de Diciembre. El día en el que esta bolita (achatada por los polos) compuesta por tierra, agua y detritos variados completa una nueva revolución alrededor del Sol. Para el viaje ha necesitado 365 días (y algunas horas, pero redondeemos), el periodo que los humanos llamamos un año. Este que hoy acaba, concretamente, hace el número 2010 desde que a alguien se le ocurrió empezar a contarlos tomando como punto de inicio el nacimiento de un niño en Galilea, en unas desafortunadas condiciones de saturación hotelera (ridículo, sí, pero por algún sitio hay que empezar a contar).

Ha sido el año en el que España, para asombro de propios y extraños, ha ganado el Mundial de Fútbol, lo que resulta tan espectacularmente incomprensible que supongo que bastará para recordar este año para siempre. Pero ha sido también el año de la crisis, de ver como muchas cosas se derrumbaban alrededor, de locales cerrados, de los parados (gente paseando, con las manos en los bolsillos, con cara de circunstancias). Ha sido el año del miedo (al futuro, al presente) y de la rabia (por un pasado estúpido, por aquellos polvos que ahora traen estos lodos). Ha sido el año en el que todos hemos perdido la poca inocencia que pudiera quedarnos. Aunque, por supuesto, nos queda todavía un poco de esperanza. Ya saben, es lo último que debe perderse.

En lo personal, ha sido un año peculiar. Ha sido el año en el que descubrí los blogs, e incluso me decidí a abrir uno (sé que he llegado con cierto retraso al mundo blog, pero mi vida se podría resumir como llegar perpetuamente tarde, a todo; en cualquier caso, no hay que llegar primero, hay que saber llegar). Ha sido un año en el que me he aburrido, me he asustado, me he peleado con el mundo y conmigo mismo, me he agobiado, me he estresado, me he vuelto a aburrir, me he vuelto a estresar… Pero acabo el año bien, equilibrado, sin (mucho) estrés, sin aburrimiento. Con las cosas más claras que hace 365 días. En paz conmigo mismo (el mundo tendrá que esperar). Y moderadamente feliz. Así que no me quejo, porque podría haber sido mucho peor.

Por eso, pese a todo, pese a todo lo que ha pasado este año, estoy de buen humor. Así que voy a desconectar por unos instantes mi habitual misantropía para desearles a todos que el próximo año sea mejor (mucho, infinitamente mejor) que el que hoy acaba. Para todos, y en todos los sentidos, por pedir que no quede.

Disfruten de la próxima vuelta alrededor del sol. Abróchense los cinturones.
Y crucen los dedos, porque no hay salidas de emergencia, el piloto está borracho y los controladores en rebeldía.

Feliz 2011.

viernes, 17 de diciembre de 2010

A NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS LEMAS

Al hilo de lo que contaba el otro día respecto a la diferencia entre contar cosas (narrar) y contar cosas (ya saben, uno, dos, tres…), me ha venido a la cabeza una reflexión (las reflexiones son así, atacan sin avisar, en cuanto te ven despistado), una duda, una inquietud: ¿para qué coño sirven los homónimos [1]?

Y es que, si lo piensan, son una cosa curiosa, los homónimos. Siempre me ha fascinado esa cabezonería por llamar de la misma manera a dos cosas totalmente distintas. Como si no hubiera nombres suficientes en el mundo. O como si no se pudieran inventar nombres nuevos, caso de ser necesario (o incluso sin serlo, véase el ataque de creatividad que les ha dado a los académicos de la lengua últimamente, por ejemplo). Y, para acabar de arreglar las cosas, tenemos los sinónimos, por si nos apetece llamar a la misma cosa de mil formas distintas. Alegría.

Lo malo es que uno empieza con una reflexión así de simple, y luego la cosa se va liando. Porque llevaba varios días con el tema de los académicos en la cabeza, pensando si decir algo o callarme para siempre, pero he llegado a la conclusión de que si no lo digo reviento, y como la sangre sale muy mal de las paredes, pues lo digo: ¿a qué viene cambiar los nombres de las letras, eliminar tildes diacríticas, etc? ¿Es una maniobra para amoldar los conocimientos al nivel de la gente, visto que la gente no está por la labor de amoldar su nivel a los conocimientos?

No es que el tema me afecte muy directamente, porque no me gano la vida escribiendo, y una tilde de más o de menos no me va a cambiar la vida, pero la verdad es que me jode. Para qué negarlo. En el colegio, tiempo ha, tuve una profesora de lenguaje firme defensora del método del palo y la zanahoria. Pero por lo visto el día que explicaron lo de la zanahoria ella no había ido a clase, o no cogió apuntes, o vaya usted a saber, y eso se tradujo en que aprender a escribir correctamente me costó mis buenos capones, pero al final conseguí redactar (más o menos) y a escribir sin faltas de ortografía, al menos de manera sistemática (paralelamente, y supongo que por un mecanismo de adaptación al medio, desarrollé también un extraordinario grosor en los huesos de la cabeza y una considerable resistencia al dolor, pero ese es otro tema y no viene al caso). Hasta hoy, yo había dado por bien empleados aquellos capones, pero, claro, ahora la cosa cambia. Porque si dentro de nada el corrector de Word me va a llenar la pantalla de rojo en cuanto se me escapen las palabras escritas como siempre las he escrito, no puedo evitar pensar que para este viaje no hacían falta semejantes alforjas. Cambiar los hábitos, la manera en la que he escrito toda la vida, va a ser muy difícil. Así que, encima de la cara de tonto que se me ha quedado, voy a acabar pasando por un rebelde gramatical, como si fuera un anarquista semántico (sección María Moliner, columna Lázaro Carreter). Y nada más lejos de la realidad, oigan, que soy de naturaleza más bien dócil.

Pero esto es a título personal. Cosas mías. Sin embargo, me asaltan unas dudas más o menos razonables: ¿qué va a pasar con los libros que se editen a partir de ahora? ¿Y con los ya editados? ¿Pasarán a ser rarezas, incunables, objetos de estudio para paleolexicógrafos y otros eruditos? ¿Acabaremos hablando un lenguaje cada vez más alejado del canon, o tendremos que volver a estudiar las reglas gramaticales para evitar que el castellano del siglo XXII se parezca al actual como un huevo a una castaña?

Y lo divertidas que van a ser las clases de lenguaje, a partir de ahora (porque todavía enseñan eso en las escuelas, ¿verdad?). Porque entre el actual clima de relajo disciplinario (por llamarlo de alguna manera) existente en las aulas y el comprensible rebote que se puede pillar cualquier alumno en las presentes circunstancias (oiga, que ayer esta palabra estaba bien y hoy me la ha puesto mal, a ver si nos aclaramos), no se extrañen si más de un profesor de lenguaje acaba medio linchado por una turba de alumnos vociferantes cuando estos vean frustradas sus ansias de conocimientos por esta arbitraria variabilidad de criterio. Al tiempo.

En cualquier caso, ole los cojones de los señores académicos, digan que sí, que cuando uno está en racha (recuerden el ritmo que llevan poniendo cosas raras en el diccionario, desde bluyín a cederrón, pasando por cultureta) hay que aprovecharla. Que la inspiración es muy suya, y una vez que se va, a saber cuándo vuelve.

La única pega es que habrá que cambiar el lema del sitio, porque lo de Limpia, fija y da esplendor no casa bien con la política actual de la institución. Vale que a estas alturas lo de fijar nada estuviera jodido, lo de limpiar no te cuento y de dar esplendor mejor ni hablemos, no se vaya a molestar alguna minoría susceptible, pero, coño, si los académicos se aburren podían buscar otro entretenimiento y dejar de vacilar con el diccionario. En fin, a lo que íbamos, que desde mi humilde púlpito propongo como nuevo lema la vieja consigna de Si no puedes con tu enemigo, únete a él.

Hala, ya lo he dicho.
[1] Gracias por la corrección, Niño. Un lapsus mental (habitual en mí, por otra parte: ya te puedes hacer idea de la cantidad de capones que tuve el placer de disfrutar en mis años colegiales).

miércoles, 15 de diciembre de 2010

PONGA UNA CRISIS EN SU VIDA

Tuve una vez un profesor que nos decía que un hombre sensato es aquel que trata de adaptarse al mundo, y que, por el contrario, un hombre insensato es el que intenta que el mundo se adapte a él. Así pues, concluía mi querido profe (valga el oxímoron), el progreso se debe a los hombres insensatos. Luego, cuando en los exámenes yo cometía alguna insensatez que él, por lo visto, consideraba poco progresista, me clavaba un suspenso y se quedaba tan ancho. Pero no le guardo demasiado rencor: una incoherencia la tiene cualquiera. En cualquier caso, esto no tiene nada que ver con el tema del que yo quería hablar, que es la crisis. La nunca suficientemente valorada crisis.


Algún ente de los que tengo por compañeros en el curro (no lo tengo identificado, porque, acertadamente, ha preferido cometer la tropelía desde la comodidad del anonimato), ha puesto en el tablón de anuncios de la oficina un papelote en el que sale una foto del señor Albert Einstein, de profesión sus genialidades, al lado de un discursito que el susodicho supuestamente dijo en su día acerca de la crisis y que a mi, me van a perdonar, me parece una completa soplapollez. Pasen y vean:


No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo.
La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos.
La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura.
Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar 'superado'.
Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.
La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia.
El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.
Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.
Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.
Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.
En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla.

Aunque reconozco la buena voluntad de intentar animar a la tropa y convencer al personal de que la crisis es “una bendición”, y no puedo sino valorar los tremendos huevos que hacen falta para poner algo semejante en un nido de mileuristas hipotecados como nuestra oficina, la verdad es que Einstein nunca escribió semejante gilipollada (creo, que tampoco me he leído todo lo que escribió y dijo este señor). Lo único que escribió Alberto el Despeinado que se le podría parecer mínimamente (echándole mucha voluntad, cierto es) fue una pequeña reflexión, en su ensayo The world as I see it, en la que ponderaba lo bien que le había sentado centrar su vida en cosas como el esfuerzo y la búsqueda de la verdad antes que en la fácil complacencia de la felicidad. O sea, esto:

Nunca he visto la comodidad y felicidad como fines en sí mismos —a esta base crítica la llamo el ideal de la pocilga. Los ideales que han iluminado mi camino, y una vez tras otra me han dado valor para enfrentarme a la vida con alegría, han sido Amabilidad, Belleza y Verdad. Sin el sentimiento de parentesco con hombres de mente similar, sin la ocupación con el mundo objetivo, en lo eternamente inalcanzable en el campo de los esfuerzos artísticos y científicos, la vida me hubiese parecido vacía. Los objetivos banales de los esfuerzos humanos —posesiones, éxito exterior, lujo— me han parecido siempre deleznables.

De todos modos, si quieren que les sea sincero, tampoco me hubiera extrañado que el genial físico hubiera proferido semejante desatino, porque no conviene olvidar que la genialidad rara vez abarca la totalidad de la existencia de un hombre (sin ir más lejos, ni siquiera yo soy perfecto en todo), de manera que se puede ser un físico estupendo y un completo indocumentado cuando uno se mete a hablar de lo que no sabe. Incluso, puestos a ser críticos, se podría hasta cuestionar la trayectoria científica del personaje en cuestión, que siendo muy jovencito formuló una teoría que luego se pasó toda la vida intentando refutar (sin éxito). Ole la coherencia.

En cualquier caso, alguien ha hecho una interpretación muy libre del mensaje de Einstein, la ha transformado en la sandez correspondiente y nos la ha vendido por internet firmada por el tío Alberto. Que ya se sabe que todas las opiniones son respetables, pero, dependiendo de quién las haya dicho, unas son mucho más respetables que otras. Y si lo dice Einstein, cómo no va a ser verdad: si quiere usted progresar y realizarse, ponga una crisis en su vida.

Pero, qué quieren que les diga. A mí me parece que las cosas no son así. Que la indolencia es el estado natural del ser humano, y que las crisis sólo son una putada considerable que nos obligan a apretar el culo mientras esperamos que escampe para poder volver a nuestra indolencia habitual. Que no digo que unos glúteos firmes no sean un beneficio a tener en cuenta en algunos casos, entiéndanme, pero que, así en términos generales, a mí las crisis no me compensan.
Así que, con su permiso, voy a desaprovechar esta bendita oportunidad de superación personal que la banca internacional, la incompetencia gubernamental y la malvada estupidez humana, ex aequo, me brindan tan gentilmente, y voy a aprovechar, en cambio, para ciscarme en la crisis y en todos sus putos muertos.

Y para rogarles a los banqueros ninjas, a los ministros de economía y trabajo, y, en general a todos los que han hecho (por acción u omisión) de la especulación salvaje y del trabajar en negro una manera de vivir, que en lo sucesivo intenten preocuparse un poco menos por mi realización personal y profesional (si ven que se aburren, que jueguen al Monopoly, hagan sudokus o practiquen el sexo tántrico, que tiene pinta de ser muy entretenido). Porque, aunque les parezca mentira, yo no necesitaba esta maravillosa crisis para ser feliz.

Será que soy conformista.

Qué le vamos a hacer.

sábado, 27 de noviembre de 2010

HOY HACE SEIS AÑOS...

… hacía mucho frío. Era un sábado luminoso, con sol y buen tiempo, pero terriblemente frío. Sin embargo, a pesar de ser sábado, y de lo poco que me gusta el frío, no pude remolonear en la cama porque tenía que ir a una boda. A la mía, concretamente. Y ya se sabe que una boda sin novio queda un poco rara. No tanto como sin novia, desde luego, pero creo que al final (muy al final) se hubiera acabado notando mi ausencia.

Ustedes se preguntarán, con toda la razón del mundo: ¿a quién se le ocurre casarse el 27 de Noviembre? Pues he aquí la respuesta: a mi mujer. Esperar hasta encontrar una fecha de presunto buen tiempo suponía dos años, y no queríamos esperar tanto. Y, por otro lado, ella siempre ha tenido suerte, y sabe utilizarla (es de las que siempre, siempre, siempre encuentra un sitio para aparcar; como por casualidad, pero siempre lo encuentra, riéndose a la cara de zonas azules, horas punta y demás criaturas demoníacas). Para mí que el destino, si exceptuamos la jugarreta que le hizo al ponerme en su vida, la adora.
Pero, a lo que íbamos, ella estaba convencida de que todo iba a salir bien. Yo le hablaba de la probabilidad de chubascos, de nieve, del apocalipsis… y ella contestaba: ¿y por qué va a llover precisamente ese día? Pues por la humedad, la época del año, el frío, porque estamos en Astorga y es lo normal, contestaba yo. Ella me miraba extrañada, y acababa preguntando: ¿pero cómo va a llover si es el día de mi boda? Como les digo, hizo un día radiante, y yo dejé de creer para siempre en las predicciones meteorológicas.

Ella lo organizó todo: excepto mi traje, se encargó absolutamente de todos los detalles del evento. Escogió el restaurante, las invitaciones, el menú… todo lo escogible. Hasta a mí. Yo participé en el proyecto con derecho a veto, pero sin voz para proponer alternativas (lo que, en el fondo, me encantaba, porque se me da mucho mejor encontrar defectos que soluciones), pero tampoco recuerdo que tuviera que cambiar alguna de sus decisiones (salvo los postres, tema sagrado para mí, y que me costó un desencuentro de cierta consideración con el cocinero del banquete; al final me impuse, que, oigan, el novio era yo; más tarde me enteré que era un chef de prestigio, con premios internacionales y todo, no vean qué vergüenza). Y, como no podía ser de otra forma, todo salió perfecto.

El hecho de que fuese ella la que se ocupase en exclusiva de los temas organizativos resulta menos extraño si comenzamos la historia por el principio. Porque fue ella la que me pidió en matrimonio. Siempre ha sido más decidida que yo, y supongo que a aquellas alturas ya me conocía lo suficiente como para saber que si quería boda, tendría que pedirla ella misma. Yo, quizá sorprendido por la propuesta, pero en cualquier caso haciendo gala del romanticismo que me caracteriza (y que tanto se presta a malas interpretaciones), contesté: Vale. Y ella no sólo no me partió la cara, sino que… ¡incluso pareció ilusionada! ¿Quién entiende a las mujeres?

Fue una boda estupenda. Todos nos lo pasamos bien. Ella iba muy guapa (yo, simplemente, iba; y, créanme, no fue poco), las madres lloraron un poquito, los amigos montaron una juerga importante, comimos como si lo fueran a prohibir, bebimos varias cosechas y acabamos a altas horas de la madrugada, unos pocos irreductibles, cerrando los escasos bares que encontrábamos abiertos. No llegamos a desayunar chocolate con churros de empalmada, pero por poco.

Fue un gran día. Por todo esto, y por muchas más cosas, pero por una sobre todas las demás: porque me casé con ella.

Y aunque a veces me parece que ha sido un parpadeo, resulta que han pasado seis años ya. Los mejores seis años de mi vida.

Así que, aprovechando que todavía nos soportamos y nos gusta estar juntos, nos vamos a celebrarlo como es debido, con un fin de semana sin niños, nosotros solitos, en plan novios, donde nadie nos conozca. En un sitio bonito, tranquilo y acogedor, donde podamos pasar una tarde entera leyendo, o jugar al ajedrez, como hacíamos antes (¿te acuerdas?), o dar un paseo cogidos de la mano, si el tiempo lo permite. O emborracharnos, si se tercia. O, simplemente, quedarnos dormidos juntitos, uno al lado del otro, pensando que, entonces sí, estamos en el mejor lugar del mundo.

Donde podamos, en definitiva, dedicarnos a hacer ganas de pasar otros seis años juntos.
Y luego otros. Y luego... todos.

jueves, 18 de noviembre de 2010

EL BLOG MALDITO

Vaya, de entrada, una aclaración: no soy supersticioso. Principalmente, porque trae mala suerte, pero el caso es que no creo en fenómenos paranormales, brujas, encantamientos, maldiciones y procesos de ese estilo. Sin embargo, tengo que reconocer que hay ocasiones en las que es muy difícil explicar las cosas que pasan sin recurrir a fuerzas extrañas.

Por ejemplo, mi blog. Les voy a confesar algo, y no se rían, que es una cosa seria: mi blog está maldito. Desde que empecé a escribir en él, comencé a detectar algunos sutiles indicios de que algo iba mal. De que el destino conspiraba contra mí. Al principio pensé que eran cosas mías, pero cada vez se me hace más difícil sostener que sean sólo casualidades. Una vez, puede ser. Dos, sería una coincidencia espectacular. A partir de la tercera, está claro que algo raro pasa, por muy bien que quieras pensar. Y aunque ya sé que resulta un poco paranoico eso de la manía persecutoria, y la teoría de la conspiración está muy desacreditada en los últimos tiempos, no es menos cierto que también los paranoicos pueden ser perseguidos, y que las conspiraciones siguen existiendo.

Vean, si no, algunos ejemplos. En su día hablé de auditorías, concluyendo confiadamente que todo se solucionaba siempre con buena voluntad y un paripé más o menos resultón. Pues no. Eso fue un escupitajo hacia arriba en toda regla, y adivinen dónde me cayó. Ahí, exactamente. En todo el ojo.

Posteriormente, hablé también del frío, y sobrevino una ola de temperaturas polares hasta bien entrado Mayo (concretamente, hasta el cuarenta de Mayo; se ve que como también algunas veces me meto con la sabiduría popular…) El calentamiento global puede esperar. Al menos en León.

También me quejé amargamente de las obras en mi ciudad. Ahora tengo una obra a la salida de mi casa. Todas las mañanas sorteando camiones y maquinaria variada para ir al trabajo. No quería obras, pues dos tazas.

Cuando presenté en sociedad a la pandi (ya saben, los tipos con los que llevo comiendo, día sí y día también, los últimos cuatro años), fue mentar la bicha. Reestructuración al canto, y ahora varios de los aludidos tienen puestos de mucho viajar, y no se les ve el pelo. Las comidas ya no son lo mismo, la verdad. Si es que estoy más guapo callado.

Y cuando hablé de que las enfermeras habían perdido (casi) toda su capacidad de establecer en mi mente ciertas asociaciones no demasiado elegantes, me encontré de repente con un colectivo soliviantado, sin fantasías y con una deuda que mi honor de caballero me impulsa a pagar (y cuyo pago mi alma de truhán me hace diferir, de momento con éxito).

No sé si estos ejemplos bastan para convencerlos de que hay algo en mi blog, que lo de la conspiración, en plan Todos contra Cazurro, no son imaginaciones mías. Que la cosa va tomando naturaleza de expediente X. Pero, por si acaso, no se vayan todavía, que queda lo mejor.

Porque, también en el blog, en el blog maldito (o el maldito blog) hablé de mi fobia a los viajes. Y también dije que me gusta contar cosas. Pues, hale hop, acto seguido, y por la misma reestructuración de la que hablaba antes, me han clavado nuevas funciones que implican… exacto, lo han adivinado de nuevo: viajar por un tubo. La ironía final (hay que reconocer que el destino tiene a veces un retorcido sentido del humor, y le da por jugar con los sinónimos) es que estas funciones tienen bastante qué ver con el control de entradas, existencias y salidas, con lo cual me voy a hartar de contar y recontar, aunque no exactamente de la manera que a mí me gustaría. Así que ya ven: me espera un futuro de viajero contador de cosas (que cualquiera pensaría en literatura de viajes, al estilo del siglo XIX, pero no).

Ahora díganme que alguien no le ha echado un mal de ojo al blog, o algo.

Que, oigan, haberlas, haylas.