jueves, 15 de julio de 2010

HECHICERÍA MODERNA

Hace tiempo hablaba muy a menudo con un abogado. Entonces yo era una criatura inocente (fíjense que ni siquiera entendía el por qué de los chistes de abogados...). Un buen día, mi amigo el abogado me dijo, medio en broma, medio en serio, que la suya era una profesión que debía su prestigio al desconocimiento del público. Es decir, que cuanto menos supiera la gente acerca de lo que los abogados hacen, y cuanto menos entendieran al leer un texto jurídico, mejor considerados estarían los abogados.

Un año más tarde, creo, por razones que no vienen al caso, escuché la misma máxima en boca de otro abogado, que ejercía como asesor para la sede provincial de un Ilustrísimo Colegio de Médicos. Según él, estaba en el lugar perfecto, ya que médicos y abogados eran las dos profesiones que más le debían a la ignorancia del público acerca de sus funciones. Y lo justificaba comparando dichas la práctica de la medicina y la abogacía con el trabajo del hechicero de la tribu: nadie sabe lo que hace, ni cómo lo hace, pero parece importante. A mí me sonaba demasiado cínico.

Pero ahora que los años han pasado, y me han deparado un trato mucho más estrecho de lo que me hubiera gustado con médicos y abogados, puedo decir sin miedo a equivocarme que de demasiado cínico, nada. Y, la verdad, esto de encontrarse a estos hechiceros modernos en nuestra vida cotidiana, asusta un poco.

Porque si bien lo de llamar a las cosas de mil maneras para que suenen mucho más complicadas de lo que son y nadie se entere de lo que estás diciendo es algo común a muchos gremios o profesiones, para mí que en ninguna se alcanzan las cotas de oscurantismo y tortura del idioma que en los dos anteriormente aludidos. Verdadero encaje de bolillos, oigan, para no llamar a las cosas por su nombre.

Por ejemplo, la terminología médica. Vale, de acuerdo, muchos términos médicos tienen raíces latinas o griegas, y se mantienen así aunque eso provoque que los legos en la materia se pierdan entre los tecnicismos. Eso es aceptable. Pero otros términos tienen toda la pinta de haber sido inventados expresamente para despistar al personal.

¿Saben que les dirá un médico cuando no tiene ni puta idea de por qué usted tiene fiebre? Que lo que en realidad tiene es un “síndrome febril idiopático”. Con un par. ¿Qué consigue con eso? Principalmente, dos efectos: uno, que usted se acojone tanto que cualquier cosa que el médico le haga o le recete le parecerá un regalo de los dioses; y dos, que usted no se enterará que tras el palabro idiopático se esconde en realidad un médico que tiene aún menos idea que usted mismo de lo que le pasa.

Otro palabro de este tenor es iatrogénico, que se podía traducir aproximadamente como “un médico metió la pata y me ha jodido vivo”. Bueno, siendo realistas, conviene tener presente que los médicos son humanos, y por lo tanto falibles. Todos metemos la pata de vez en cuando. Pero no todos podemos poner en un informe un término tan absurdo para que la víctima no se entere de que se la han metido hasta donde pone Albacete.

Quieren otro ejemplo? Qué les parece nosocomial? Sitúense: usted entra en un hospital a operarse, por decir algo, un juanete. Pero a los dos días empieza a tener dolor de garganta, también por decir algo. A usted, desde su perspectiva de profano, le parece que eso es raro, pero, en fin, está en un lugar lleno de gente con batas blancas, y doctores tiene la Iglesia, así que les llama y obtiene un bonito diagnóstico. Cirugía de juanete con complicaciones por infección nosocomial respiratoria aguda. Casi nada. Pero cabe la posibilidad de que pasado el susto y la impresión, caiga usted en la cuenta de que no ha entendido lo de nosocomial. No se preocupe, que para eso estamos, para traducir. Nosocomial quiere decir que usted no lo traía puesto, sino que lo ha cogido en el hospital. Bien porque la señora de la limpieza olvidó pasar el mocho por el quirófano, bien porque unos internos de guardia mataron el tiempo jugando al tute en la mesa de operaciones después de que esta fuera desinfectada, bien porque las bacterias de quirófano son como el primo de Zumosol de los microbios y se descojonan de los antibióticos en su cara, bien porque el encargado de la desinfección ese día se quedó sin Don Limpio y la realizó con agua con gas. Quién sabe. Lo que está claro es que usted entró al quirófano para una simple operación y se encontró con un trueque: cambio juanete por infección nosocomial. ¿Qué consiguen con ese término? Pues que usted, en vez de montar bulla, salga de allí incluso agradecido, pensando que los médicos son tan buenos que le han hecho un dos por uno.

De este pelaje tienen muchísimas expresiones: éxitus, autolisis, o totalgia,… para decir cosas tan sencillas en castellano como muerte, suicidio o dolor generalizado. Únanle a esto la manía que tienen de escribir con una letra que a veces no entienden ni ellos, y la costumbre de ir con mascarilla (ellos dicen que es para no contaminar al paciente, pero yo creo que en realidad lo hacen para no ser reconocidos) y díganme si no es suficiente para que sean un gremio, cuando menos, sospechoso.

Claro que no son los peores. Porque luego están los psicólogos (ya saben, esa especie de proyecto de psiquiatra inacabado) que son los auténticos campeones en eso de buscar nombres rimbombantes e impenetrables para cosas que, en el mejor de los casos, sólo les interesan a ellos. En la mayoría de las ocasiones se trata de cosas más simples que mecanismo de un chupete que todo el mundo puede ver por sí mismo a poco que tenga ojos en la cara. Por ejemplo, la manera de hablar o negociar de la gente. Todos sabemos que hay gente que trata de imponerse por el artículo 33, gente que habla razonadamente y gente que dice que sí a todo. Esto, lógicamente, no da para más. Pero si le damos esto a un psicólogo, lo llamará, respectivamente, conducta agresiva, conducta asertiva y conducta pasiva, lo relacionará con algún trauma infantil y escribirá un libro de tropecientas páginas que no entenderá nadie. Entre las cosillas que se han inventado los psicólogos últimamente están el síndrome postvacacional, el trastorno adaptativo y cosas así. Que no son otra cosa que llamar de una manera rara a la sensación de ascopena que todo el mundo tiene, ha tenido y tendrá al ponerse a trabajar después de estar un tiempo sin pegar un palo al agua, o sentirse agobiado cuando uno tiene trabajo para él y para regalar. Bravo y viva. Los psicólogos han descubierto la pólvora. Estamos salvados.

Claro que entre las tonterías psicológicas, mi preferida es la disonancia cognitiva. Dicho así, ni puta idea, ¿verdad? Sin embargo, no es más que el nombre incomprensible para un conocido fenómeno que todos realizamos alguna vez y que tiene lugar cuando nuestras opiniones, gustos o creencias chocan con la realidad. Como cambiar la realidad es jodido, lo que hacemos es cambiar nuestras opiniones, gustos o creencias. Por poner un ejemplo: tu trabajo no te gusta y te pagan una puta mierda. ¿Puedes cambiar eso? No. Entonces, ¿qué haces? Fácil. Te autoconvences de que te sientes realizado con ese trabajo, o de que cumples una función de importancia capital para que los planetas sigan girando en sus órbitas, o para la paz en el mundo, o te congratulas porque la oficina está bien situada…. Lo que sea antes que reconocer ante uno mismo que el trabajo es una mierda pinchada en un palo. También se podría llamar buscarle el lado positivo a la vida, pero, claro, disonancia cognitiva queda como más científico, más serio. Dónde va a parar.

En cuanto a los abogados, jueces, fiscales y demás gente del gremio de la toga, no me quiero extender demasiado, porque me conozco, y sé que a la mínima se me calienta la tecla y me gano una querella. Sólo mencionaré dos de los aspectos que más me desquician.

Por un lado, esa manera tan característica de redactar de los juzgados, extendiéndose quinientos folios redactados en lo que acaba pareciendo una mezcla de castellano antiguo y esperanto, para que lo único verdaderamente importante esté en la última página, en un párrafo de cinco renglones. Delicioso.

Por otra parte, esa forma tan característica de preguntar a los testigos en los juicios. ¿No es más cierto….? Oigan, es que lo hacen todos. Sin excepción. Ni que se tiraran los cinco años de carrera y la pasantía practicando la puta preguntita. Que además, la mires como la mires, no tiene ningún sentido. Las cosas son ciertas o falsas. Lo demás es marear la perdiz para ver si el testigo mete la pata y le pueden enchufar hasta la muerte de Manolete. Y ojo, que si el testigo se revuelve y le contesta al preguntador, aunque sea educadamente, que no entiende la pregunta, o que pruebe a hablar como una persona normal, lo más probable es que Su Señoría le eche la bronca a él, que es el único de la sala que parece que no tiene una enfermedad neurodegenerativa. Por desacato, que nadie sabe muy bien lo que es, pero todo el mundo tiene claro que a los jueces les jode un montón.
Eso sí, por mucho que me fastidie, tengo que reconocerles el mérito. Porque ese lema de "si no me entienden no podrán discutir conmigo" se le podía haber ocurrido a cualquiera, sí. Pero fueron ellos los que tuvieron la idea.
A lo mejor es que no todos valemos para hechiceros.

miércoles, 14 de julio de 2010

HISTORIAS DE LA PUTA MILI (IV): SOMME, 1916

Me doy cuenta de que tengo mis historias bélicas un poco abandonadas últimamente (dichoso Mundial), y eso no puede ser. Así que me dispongo a retomarlas con un episodio de la 1ª Guerra Mundial, la que sin ninguna duda ha sido la mayor salvajada conocida por la humanidad.

Como siempre, comencemos por ponernos en antecedentes. A principios del siglo XX, el mundo era muy diferente de lo que conocemos hoy en día. Algunos de aquellos países ya no existen, o al menos no existen como eran entonces: todavía existía el Imperio Ruso en el Este de Europa, el Imperio Austrohúngaro en el centro, o el Imperio Otomano en el sureste. El imperio Inglés todavía era la mayor potencia económica mundial, y se resistía a perder la hegemonía que le disputaba la recién nacida Alemania (surgida hacia 1871 como estado, porque hasta entonces había sido un conjunto de condados o regiones más o menos relacionadas entre sí por lazos culturales, históricos y económicos). El Imperio Otomano continuaba con su largo proceso de descomposición, sin parar de perder posesiones en Europa, lo que dio lugar a países de nueva creación como Serbia, Montenegro, Bulgaria, Albania, Rumania o Grecia. El Imperio Austriaco pretendía expandirse por esa zona hasta el mar negro, siguiendo el valle del Danubio. El Imperio Ruso, con una sociedad prácticamente feudal y una economía de pena, consideraba que era su deber defender a los países eslavos de los abusones austriacos, y le dejó claro a los centroeuropeos que de expandirse por allí, nada. Que si alguien se iba a expandir por allí, serían los rusos, que también necesitaban salida al mar por el sur. Por su parte, Francia, la otra gran potencia europea de la época, arrastraba una de sus tradicionales pataletas contra los países vecinos, en este caso con los alemanes, con los que habían estado en guerra 50 años antes. Guerra en la cual los alemanes llegaron a París (les suena?) y, con la característica sutileza germana, proclamaron el II Reich alemán (el primero lo consideraban el Sacro Imperio Romano Germánico, que ya había llovido)… en el Palacio de Versalles!!! Con un par. Bueno, pues los franceses (ya sabemos todos cómo son) se lo tomaron a mal, y como además los alemanes les habían trincado las provincias fronterizas de Lorena y Alsacia, estaban un poco susceptibles. Así, pese a haber estado pegándose con los ingleses hasta 1899 por asuntos coloniales (entre ellos dos se habían repartido casi toda África), cuando vieron que los alemanes empezaron a ponerse chulos, no dudaron en aliarse con los británicos para intentar preservar el estado de cosas que tanto les había costado conseguir. Después de siglos de arduo trabajo para conquistar el mundo, no iban a dejar que ahora viniera un Káiser cualquiera a meter la cuchara así como así.

Como consecuencia de todo esto, los primeros años del siglo XX fueron un entramado de alianzas y contraalianzas que configuraron un tenso equilibrio entre los imperios germanos, en el centro, y la alianza franco-británica por el oeste y los rusos en el Este. Es decir, y por simplificar: los alemanes queriendo expandirse para cumplir su destino de guía y faro del mundo, y los demás empeñados en que no lo hicieran, porque para ese papel ya estaban ellos (les suena esto también?). En esa situación bastaba una chispa para que se liara una muy gorda.

La chispa fue el asesinato del heredero del Imperio Austrohúngaro en Sarajevo, el 28 de Junio de 1914, a manos de nacionalistas serbios. Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia, Rusia a Austria, Alemania a Rusia, Francia a Alemania e Inglaterra, como amiga de toda la vida de Francia, también a Alemania. O sea, la de Dios. Para Agosto ya se había montado una pajarraca en la que estaba involucrado medio mundo.

Así que los militares entraron en acción, una vez que los políticos y diplomáticos habían hecho lo que mejor saben hacer: liar las cosas para que no quede otro remedio que arreglarlas a tiros. El problema es que a los militares les pilló el tema en una época de cambios técnicos que los altos mandos no habían asimilado del todo. Las armas y los equipos habían evolucionado una barbaridad, pero las tácticas y las ideas no tanto, así que los Generales dispusieron una guerra al estilo de Napoleón, 100 años antes, y se encontraron con la sorpresa de que aquello de mandar avanzar a la infantería contra ametralladoras y cañones de retrocarga no era un buen negocio. La consecuencia de todo esto fue que no había nadie que supiera cómo ganar la guerra, lo que se tradujo, en el frente occidental, en un estancamiento. Después de comprobar que yendo de frente y a lo bruto no se conseguía nada, los ejércitos comenzaron a fortificar sus posiciones y empezaron a construir trincheras enfrentadas, constituyendo una línea que iba desde Suiza al Mar del Norte. El conflicto se transformó entonces en una guerra de desgaste (nombre muy apropiado, la verdad, porque estar 4 años matándose tiene que desgastar una barbaridad).

Con ese panorama, en vez de esperar a ver quién era el primero que se aburría y se iba para casa, los militares ssiguieron luciendo sus anacrónicos conceptos de la guerra: cargas masivas de infantería, cargas de caballería, batallas con un número de bajas escalofriantes… ya saben, cosas de esas. Comenzaron a surgir armas nuevas, como los aviones, los lanzallamas, los tanques o el gas venenoso, pero no estaban lo suficientemente evolucionados para producir una ruptura del frente, y sólo sirvieron para incrementar el número de muertos y la dureza de la campaña. Incluso una cosa aparentemente sin relación vino a complicar la situación: las conservas. Porque la 1ª Guerra Mundial fue la primera contienda en la que los ejércitos contaban con un abastecimiento constante de provisiones gracias a los alimentos envasados, por lo que pudieron seguir la campaña durante el mal tiempo, sin necesidad de efectuar una pausa (les suena lo de retirarse a los cuarteles de invierno, ¿verdad?) que les hubiera venido muy bien para actualizarse un poco.

Después de casi 2 años, visto que no se podía romper la línea de trincheras del enemigo, el Comandante en Jefe del ejército Alemán, Erich von Falkenhayn, tuvo una idea brillante: plantear una batalla en la que mataría a tantos enemigos que ya no quedarían hombres para rellenar las trincheras. Fácil, brillante, bien pensado. Simplicidad germana.

El sitio escogido para plantear la batalla fue la ciudad de Verdún. Falkenhayn sabía que, por razones históricas más que estratégicas, los franceses no iban a abandonar la defensa de la ciudad, y empeñarían en ella cada vez más tropas y recursos. Una vez que se les acabaran las tropas y los recursos, kaput. En febrero de 1816 comenzó el baile en Verdún. Los alemanes les dieron un buen meneo a los gabachos, que se vieron rápidamente con el agua al cuello, pero, como había previsto el Comandante alemán, resistieron.

Inciso: en Verdún fue donde surgió la famosa consigna “No pasarán”, que muchos creen inventada en Madrid años más tarde. En realidad, fue un general francés, Robert Nivelle, el que lo dijo. Claro que lo dijo en francés (On ne passe pas!) y no se le entendía nada. A veces pienso que para lo único que sirven las guerras es para que alguien diga frases que pasan a la historia. Fin del inciso.

Así se pasaron unos meses, matándose unos a otros en Verdún. La estrategia estaba saliendo como habían planeado Falkenhayn, aunque a ellos también les estaba costando un buen número de bajas, y los franceses las empezaron a pasar moradas. Se las apañaron, no obstante, para resistir, pero el coste era muy alto, y la cosa no podía seguir así.

Y para cambiar el panorama, los aliados retomaron una vieja idea que tenían en mente desde antes del ataque alemán a Verdún: plantear una ofensiva en el norte de Francia, junto al río Somme. En principio, la ofensiva tenía el propósito de reconquistar Holanda y expulsar a los alemanes de la costa del Mar del Norte, impidiéndoles así usar sus puertos para abastecer a los submarinos que estaban convirtiendo el tráfico marítimo por el Canal de la Mancha en algo muy entretenido. Como los alemanes se anticiparon, la cosa quedó en el limbo. Pero el General británico Douglas Haig, que había sido nombrado Comandante de la Fuerza Expedicionaria Británica (el ejército inglés en Francia) decidió que ahora podía ejecutarse el plan, ya que serviría, como mínimo, para que los alemanes sacaran algunos efectivos del asedio de Verdún para contener la ofensiva aliada en el norte.

Los preparativos para el ataque comenzaron inmediatamente y el 1 de Julio de 1916, un ejército compuesto por ingleses, franceses, neozelandeses, canadienses, sudáfricanos y australianos dio comienzo a la ofensiva sobre las posiciones alemanas, a lo largo de un frente de uno 40 km de longitud. Probablemente aquel 1 de Julio haya sido el día más sangriento de la historia, con un número de bajas rondando las 60.000 entre los aliados y las 10.000 entre los alemanes. Esta batalla fue quizá la que más puso de relieve la letal combinación que suponían las tácticas decimonónicas con el armamento moderno: los ataques comenzaban con la infantería avanzando al paso, hombro con hombro, en filas compactas, teniendo que recorrer distancias considerables al alcance de las ametralladoras y la artillería enemiga. Aunque los tiempos habían cambiado, los mandos no se adaptaban: incluso se mantenían costumbres como que los oficiales (de todos los ejércitos) usaran uniformes distintos de los de los soldados rasos, y notablemente más vistosos. Todavía consideraban una deshonra igualarse con la chusma, porque ellos eran gente de honor. Esta vez el honor les salió aterradoramente caro: todos los ejércitos estaban instruidos en buscar a los oficiales enemigos para dejar a las tropas sin nadie que las dirigiera, y los oficiales tuvieron una proporción de bajas extremadamente alta. Entre unas cosas y otras, imagínense el panorama: era como tirar al blanco. No es de extrañar que fuera una carnicería.

La batalla en el Somme se mantuvo hasta el 18 de Noviembre de 1916, y acabó en empate técnico. La ganancia en terreno de la ofensiva aliada fue mínima (apenas llegaron a avanzar 8 km). A cambio, tuvieron más de 600.000 bajas, entre muertos, heridos, desaparecidos y prisioneros. Eso sí, durante esos 5 meses en los que el infierno tuvo una delegación en el norte de Francia, los alemanes también tuvieron numerosas bajas. Y en el ejército alemán no era tanto una cuestión de cantidad, sino de calidad.

Porque al inicio de la contienda el ejército alemán era mucho más profesional que el británico y el francés, formado por reclutas apenas instruidos (sobre todo el inglés). Los alemanes consideraban que la gran amenaza era el ejército francés, y por eso habían montado una picadora de carne en Verdún para aniquilarlo. Sin embargo, cuando los ingleses reaccionaron y les pagaron con la misma moneda planteando una sangría de hombres semejante en el Somme, el ejército alemán se encontró con que cada vez le costaba más sustituir sus bajas con soldados bien entrenados, hasta que llegó el momento en que tuvo que recurrir a nuevos reclutamientos. Y eso igualó mucho la contienda, porque hasta entonces la impresión era que los aliados iban siempre a remolque de la iniciativa alemana.

Además, la batalla del Somme también cumplió su propósito original, cuando consiguió que a finales de Julio la ofensiva sobre Verdún redujera su intensidad hasta casi detenerse, según habían previsto los mandos aliados, ya que los alemanes tuvieron que utilizar algunas divisiones de la batalla de Verdún para reforzar el frente del Somme.

Por lo tanto, prácticamente todo el mundo coincide en señalar la batalla del Somme como la clave de la victoria aliada en el frente occidental durante la 1ª Guerra Mundial. En palabras de un oficial del ejército alemán, el Somme fue “la tumba de barro del ejército alemán”.

Sin embargo, el hecho de que estratégicamente fuera un movimiento rentable, a la larga, para los aliados, no puede hacer olvidar que fue una de las mayores carnicerías de la historia. En la que se puso de relieve, además, que los oficiales no dominaban demasiado bien su oficio, y que consideraban sus tropas como simple carne de cañón, sin preocuparse lo más mínimo por las condiciones en las que afrontaban los combates (algunos ataques tuvieron lugar a plena luz del día, cargando desde más de 1 km de distancia a través de un terreno embarrado y con alambradas, al alcance de las ametralladoras durante todo el recorrido, y llevando una impedimenta de más de 30 kilos; podría decirse que las posibilidades de supervivencia eran escasas). Son numerosos los casos de soldados fusilados por cobardía, o víctimas de sus propios oficiales cuando intentaban retroceder durante los ataques. La frialdad con la que se diseñaron las estrategias de la batalla del Somme (y de la batalla de Verdún, al fin y al cabo tan relacionadas) resulta espeluznante: los británicos sabían que en el Somme tenían una relación de fuerzas de 3 a 1, así que todo su objetivo era intercambiar muertos. Exactamente igual que lo que habían planteado los alemanes en Verdún.

En resumen, después de 5 meses de batalla en el río Somme, y de casi 10 meses de batalla en Verdún, las posiciones iniciales permanecieron sin cambios. Entre ambas batallas causaron más de 2.000.000 de bajas en ambos ejércitos, de las cuales más de 600.000 fueron muertos o desparecidos.

El General Douglas Haig, Comandante de las fuerzas británicas en la batalla, pasó a ser conocido como “El carnicero del Somme”. Sin embargo, quizá el apodo no le haga justicia. Simplemente, se limitó a hacer la guerra de la forma en la que entonces se hacía. Sin reparar en gastos. Claro que la cuenta la pagaban otros, y eso siempre ayuda.

Como última ironía, pocos meses después del fin de la batalla, el Alto Mando alemán, por propia iniciativa, retrasó la línea del frente un buen trecho, para acortar su longitud y establecerse en una posición más fácilmente defendible, las fortificaciones conocidas como la Posición Sigfrido. Abandonando así el terreno por el que habían peleado tan duramente durante 5 mese, con lo cual los aliados obtuvieron, en febrero de 1917, una ganancia territorial más de 10 veces mayor que durante la batalla del Somme, sin necesidad de un solo disparo.

Qué cosas tienen las guerras, ¿verdad?

martes, 13 de julio de 2010

EN BABIA

A mucha gente le suena la expresión estar en Babia. Significa estar distraído, poco atento, fuera del mundo. Lo que no sabe tanta gente es que Babia existe. Como Teruel, o más. Durante mucho tiempo me he encontrado gente que pensaba que era un lugar inventado. Pasa como con Jauja (que también existe, pero creemos todos que no). Pues si, señores. Babia existe. Babia es real.

Babia es una comarca del norte de la provincia de León, formada por un par de valles encuadrados entre las comarcas de Omaña al sur, Laciana al oeste y Luna al Este, y limita al Norte con Asturias. Dividida administrativamente en Babia Alta y Babia Baja, que físicamente coinciden, grosso modo, con el valle que va de Luna a Laciana y con el valle de Luna a Asturias, por el puerto de Ventana.

El origen de la expresión anterior (estar en Babia) tiene un origen curioso. Esta zona era la elegida como lugar de asueto por los Reyes de León, allá por el siglo XI. Cuando la vida en la capital del reino les generaba demasiado estrés, que ya sabemos todos lo agobiante que puede ser eso de gobernar, cogían los trastos y se piraban unos días a este rincón del mundo. Desaparecían. Y cuando en la corte de León alguien preguntaba por el rey, se le contestaba: El rey está en Babia. Que era tanto como decir que no estaba para nada, ni para nadie.

Aunque también hay otra explicación para la expresión. Babia es una zona de pastos. El paisaje, formado por peñas calizas, con relieves pronunciados y valles no demasiado amplios, no da para más. Actualmente la ganadería predominante es vacuna, pero antiguamente era de ovejas (y de caballos, por supuesto: según la tradición, el caballo del Cid, Babieca, debía su nombre a su origen babiano). Las ovejas son bichos bastante viajeros, y estaban en Babia los meses de verano, pero los inviernos, que por esta tierra son bastante jodidos, se iban al sur, en busca de mejor clima. Y con ellas se iban, claro, los pastores. Entre ellos, algunos eran chicarrones babianos que en las noches extremeñas no podían evitar quedarse absortos recordando su tierra, mirando hacia el norte con aire distraído, y motivando que sus compañeros, cuando los veían así, comentaran que estaban en Babia. En cualquier caso, me parecen dos explicaciones verosímiles.

Porque, la verdad, no me extraña que los Reyes eligieran este rincón para olvidarse del mundo, ni que los pastorcillos lo añoraran cuando estaban lejos de él. Es una zona muy bonita, con paisajes preciosos, con un estilo de vida tranquilo, y con una temperatura que te permite dormir a gusto por las noches, incluso en verano (por dormir a gusto entiéndase dormir arropado con una manta y un edredón, so pena de pelar un frío del copón a partir de las 12 de la noche).

Conocí esa zona cuando me casé con una indígena del lugar. Para ella, al igual que para toda su familia, Babia es su casa, aunque ha vivido casi siempre fuera de allí y la casa del pueblo (pedazo de casa, por cierto) sea sólo para vacaciones y fines de semana ocasionales. Más allá del tiempo que pase allí, la sensación de pertenecer a algún sitio, de tener raíces, de que ese pueblo sea el que está en sus recuerdos de la infancia, es lo que hace que ella considere que aquel es su refugio, su santuario, el lugar en el que cargar las pilas. Realmente, es muy fácil olvidarse de todo, relajarse y recuperar el equilibrio que a veces el día a día se encarga de quitarnos.

Debido a su trabajo, bastante flexible, y a su fobia al calor (detalle este compartido por nuestra prole), en cuanto a los críos les dan las vacaciones en el colegio salen pitando rumbo a Babia, y se pasan allí prácticamente todo el verano. Yo voy los fines de semana.

Y, oigan, es una gozada. No me sorprende, porque ir a descansar a Babia no es más que seguir el ejemplo de los reyes, y esa gente siempre ha sabido cuidarse. Pero, independientemente del paisaje, de la temperatura amable, de poder estar tirado a la bartola a la sombra de un manzano, de la buena comida, Babia me gusta también por otras razones, más sentimentales.

No llego, lógicamente, al nivel de militancia de mi mujer. Al fin y al cabo, ella es oriunda, y yo no. Pero no puedo evitar pensar que mis hijos tienen suerte al poder disfrutar de un sitio así desde su infancia. Babia estará para siempre asociada a su niñez, y eso es algo que me alegra. Porque todos los niños deberían tener algo parecido para recordar cuando ya no sean niños. Y el hecho de saber que Babia formará siempre parte de su vida hace que también forme parte de la mía.

Así que, ya ven, podría decirse que me he acostumbrado bastante al paisaje. Además, tiene un aliciente añadido: es una auténtica pasada salir a correr por los caminos de los alrededores. Son muy empinados, si, pero la sensación de correr al lado de los regueros, durante algunos tramos sintiendo el sol en la cara, otros corriendo a la sombra de los árboles, rodeado por el olor de los prados húmedos o de la hierba recién segada no tiene precio. Por fortuna, porque si lo tuviera seguramente yo no podría pagarlo. A todo esto hay que añadirle la espectacular imagen de la mole caliza de Peña Ubiña como telón de fondo. Impresionante. No todo es idílico, desde luego: de vez en cuando te cruzas con una vacada que baja de los pastos de verano (los puertos, dicen allí), y, aunque en general las vacas de la comarca son pacíficas, a veces te dan algún pequeño susto; por otra parte, desde que el SEPRONA ha tenido la feliz idea de repoblar la zona con osos pardos, lo de salir a correr por según que caminos no deja de ser un deporte de riesgo. Pero, en general, es un sitio ideal.

Aunque, claro, estamos hablando del verano. Qué, curiosamente, es la época del año en la que se produce un mayor contraste entre la población autóctona y los que vamos de vacaciones o a pasar el fin de semana. Porque para los habitantes de la zona, el verano es la época más estresante del año: es cuando más trabajo tienen, porque es cuando tienen que segar y recoger la hierba que será el alimento del ganado durante el invierno. Así que con el trabajo de segar, remover para que se seque bien, recoger y guardar en el pajar, la gente de por allí está bastante ocupada. A esto hay que añadir, además, el cuidado diario del ganado y la ansiedad que los ataca cada vez que en el cielo aparece alguna nubecilla (la lluvia puede echar a perder la hierba, porque si no se seca bien no se puede recoger). Aunque, para ser sinceros, lo del estrés no parece ser algo que se haya inventado en Babia, precisamente. El paisanaje es de natural más bien tranquilo y sosegado, y las cosas se hacen a un ritmo pausado. La vida va a otra velocidad.

Pero, como les decía, en verano siempre te asalta un puntito de vergüenza porque tú estás mangándola como un bellaco mientras les ves a ellos currar. En invierno, sin embargo, el tema cambia. En invierno no hay nada que hacer, porque las primeras nieves, generalmente en diciembre, ya pillan a la gente con la hierba para el ganado recogida, con la matanza hecha, curándose en la bodega, y con la despensa bien provista. Fuera de atender al ganado, no hay más que hacer que comer y dormir. En esas condiciones, es más difícil sentirse extraño entre ellos, porque estás en la misma situación. Y si el paisaje es bonito en verano, todo verde de prados y blanco de peñas, no les digo nada en invierno, cuando caen unas nevadas espectaculares. No hay nada comparable a la sensación de levantarse por la mañana y ver, al abrir la ventana, el paisaje de Babia cubierto por un manto de nieve.


Este clima es el que configura también, en parte, las costumbres de la gente. En el invierno de Babia el tiempo no invita precisamente a salir mucho de casa, así que allí, como en buena parte del norte de León, todavía se hacen los filandones, esas charlas eternas sobre cualquier cosa, o sobre ninguna, en las que antiguamente las mujeres aprovechaban para hilar la lana (hilar = filar) al amor de la lumbre, y que hoy, que compramos la ropa hecha y ya poca gente sabe hilar, se hacen simplemente para hablar mientras el tiempo pasa y el resplandor de la luna en la nieve se filtra por las ventanas. Esas charlas en las que la gente afila el ingenio, y la ironía.

Porque les puedo asegurar que lo de asimilarse al paisanaje llega hasta cierto punto. Los nativos de la zona gastan una retranca muy difícil de alcanzar por alguien de fuera, por más que se intente. Al principio no sabes muy bien de qué van, ni cómo tomarte algunos comentarios. Con el tiempo te acostumbras, e incluso puedes llegar a devolverles alguna puya (aunque sin llegar a su nivel), lo que, con suerte, servirá para que te acepten como miembro del clan. Aunque quizá más acertado que aceptar sería el verbo tolerar.

Pues nada, allí me he pasado el fin de semana, secuestrado por los niños (que como ahora que estoy de Rodríguez pasan menos tiempo conmigo, en cuanto me ponen la vista encima ya no me sueltan en todo el fin de semana), aprovechando para correr mientras ellos meriendan o duermen la siesta, jugando con ellos en la piscina, paseando a la orilla del río, durmiendo con manta…

En una palabra, estando en Babia.

La verdad, se lo recomendaría, pero es que igual se animan y se me llena aquello de gente. Y no sería lo mismo. Me gusta tal y como está ahora. Así que fíense de mi palabra: Babia es una preciosidad.
Ya está. Ya no necesitan ir a conocerla.



Ah, también estaba en Babia mientras veía la final del Mundial. Pero esa es otra historia, y ya se la he contado.

lunes, 12 de julio de 2010

SUDÁFRICA 2010 (VII): ¡CAMPEONES!

Pues si. España es campeona del mundo de fútbol. Jo, qué bien suena eso. Campeona del mundo.

Vamos con la crónica del partido.

Veo el partido, de nuevo, en casa de mi suegra. Con los niños, mi mujer, mi suegra, dos cuñados y dos cuñadas. Oficialmente, el fútbol sólo me gusta a mí, pero, a la hora de la verdad, los hooligans eran ellos: gritos, insultos al árbitro, vuvuzelas, saltos, más gritos, nervios,… Como hay 2 televisores, los Ultra Sur ven el partido en una, y mi mujer, los niños y yo en la otra.

Empieza el partido con la sensación de que España tiene un plan: jugar al fútbol tocando la pelota hasta encontrar su momento.

Holanda también tiene un plan, aunque se parece más a la solución final de Hitler que a una táctica deportiva: en los 5 primeros minutos caen 3 o 4 hostias como panes. Alevosas, impresentables y premeditadas. A mi que me dejen de historias, estos tipos salieron del vestuario con el firme propósito de dar cera. Cabrones herejes.

España ha empezado bien. Remate de Ramos que despeja el portero. Uy. Qué cerca ha estado. Lo malo es que los holandeses ven cerca el gol y retoman su plan original, pero con más intensidad. Un tipo con pinta de sicario de alguna mafia del narcotráfico le calza una patada en el pecho a Xabi Alonso. El árbitro mira al holandés reprobatoriamente hasta que a éste se le pone una expresión extraña en la cara, arrepentiéndose de su atentado. O aguantándose la risa, que también puede ser.

El resto de la primera parte se va desarrollando con la misma tónica. España juega el balón, y en cuanto da más de 4 pases seguidos Holanda le pega un meneo a algún jugador español, para acto seguido ir a protestar al árbitro, no sé muy bien por qué. Seguramente porque les dolía el empeine, de tanto dar en hueso, y querían que expulsara a algún español por hacerles pupita. Lamentable. El árbitro se limita a poner cara de malo y hacer un gesto tajante con las manos. Al principio asusta un poco, pero después de las dos primeras veces los holandeses se descojonan de él.

Al fin llegamos al descanso. La sensación es que nos están complicando el partido a base de palos para matarnos en la única puta ocasión que van a tener, al contragolpe, o de rebote, o algo así. Es una sensación deprimente, la verdad. Salgo al jardín a dar un paseo y sacar algo de tensión, pero me encuentro con mis cuñados que están lamentando que el Duque de Alba no se hubiese aplicado más en el siglo XVII en lo de la limpieza étnica en Flandes, y deseando la vuelta de los Tercios. En vista de cómo está el patio, me vuelvo con los niños, que están flipando al comprobar a qué grado de tontería pueden llegar los adultos. Angelicos, no les queda nada por ver…

Empieza la segunda parte. Sigue todo igual. España intentando jugar, y consiguiéndolo a ratos, y Holanda intentando percutir sobre el chasis de algún jugador español, y consiguiéndolo siempre. Lo de los Tercios empieza a parecerme buena idea, la verdad.

Minuto 16. Balón en profundidad a Robben, que se queda solo delante de Casillas. En ese segundo el tiempo se detiene. Soy consciente de mis cuñadas gritando, de que un escalofrío me recorre el espinazo, de que toda mi vida pasa ante mis ojos, de que todos rezamos en una décima de segundo todas las oraciones que sabemos y algunas que nos inventamos para la ocasión. Robben chuta. Casillas despeja a córner con la puntita del pie derecho. Dios existe. La propuesta de invadir Holanda es sustituida por la de nombrar a Casillas patrimonio de la Humanidad. En casa hay unanimidad. Muy mal Robben: ha violado el 1º mandamiento del catenacciero y han perdonado la ocasión más clara del Mundial. Se van a arrepentir.

Sale Navas por Pedro, que no ha estado muy fino. El sevillano tiene dos misiones: buscar el uno contra uno en la banda y seguir desgastando las botas holandesas con las espinillas. No hay dolor.

Ocasiones de España. Uy. Casi. El disparo de Villa lo saca un holandés que, probablemente por primera vez en el partido, no estaba entretenido pegándole una patada a alguien. La sensación de fatalidad aumenta.

Ocasión de nuevo para Robben. Gana por velocidad a Puyol, que le agarra. En lugar de tirarse, se planta trastabillado ante Casillas, que le quita el balón sin demasiados problemas. El holandés se enfada, con razón, porque el árbitro nos ha perdonado una expulsión. Que se joda. El karma del fútbol se ha vuelto contra Holanda. Mi mujer suspira, todavía con el susto en el cuerpo, y comenta: "Cómo corre, el cabrón". El niño la mira y le pregunta:"¿Por qué le llamas eso, mamá? Eso no se dice". Mi mujer me mira, pero yo me abstengo de intervenir. Venga, mujer, anímate: a ver cómo se lo explicas.

Remate de Ramos en un córner. El balón sale alto. Una pena, porque el sevillano estaba sólo.
Cambio en España. Sale Cesc por Alonso, que en un gesto muy feo abandona al campo sin devolverle al holandés los tacos de la bota, que lleva clavados en el pecho desde la primera parte. Los holandeses protestan, sigo sin saber por qué. Será para no perder la costumbre.

España lo intenta, pero no puede. Nos vamos a la prórroga. Aprovechamos para acostar a los niños, que ya no pueden más, y seguimos viéndolo mi mujer y yo, a solas.

Primera parte de la prórroga. Ocasión para España: el balón llega a trompicones a Xavi, dentro del área, y cuando va a chutar un holandés mete el pié entre Xavi y el balón. Para mí es penalti, pero viendo como va el arbitraje hoy me contento con que no expulsen al español.

Ocasión para Cesc, mano a mano con el portero. El guardameta de los herejes saca el balón con el pie. Los tesoreros del Barça se alegran. El resto de España se lamenta.

Ocasión para Iniesta. Recoge el balón en la frontal del área, contra un solo defensa. Villa por la izquierda, Navas por la derecha. El manchego decide ir por el centro, donde estaba el único holandés en 3 km a la redonda. Una pena.

Acaba el primer tiempo de la prórroga.

Salvo porque entra Torres en lugar de Villa, la segunda parte sigue por los mismos derroteros. Holanda está cada vez más cansada y sus patadas hacen cada vez menos mella, pero España también está un poco descoordinada. El partido se pone en plan ruleta rusa, con los españoles atacando contra una defensa cada vez menos expeditiva y los holandeses buscando un contraataque contra una defensa que cada vez deja más espacios.

Sorpresón: el árbitro expulsa a un holandés. Le saca la segunda tarjeta por sujetar a Iniesta cuando se iba como una flecha a la portería. Indignadas protestas holandesas: hombre, por favor, pero si ni siquiera le hemos roto nada… si no sangra…. si todavía respira… así no se puede jugar… Yo flipo con la jeta que tienen estos tipos, la verdad. Jugar no han jugado una mierda, pero qué manera de protestar. Qué concentración. No han desaprovechado ni una oportunidad.

Falta a favor de Holanda, a unos 30 m de la portería española. El balón da en la barrerra y se va a córner. El árbitro dice que saque Casillas. Seguramente está hasta los cojones de que los tulipanes le coman la cabeza y decide que él también puede ponerse juguetón. O eso, o está ciego, o no tiene ni puta idea. En cualquier caso, bien por él. Los holandeses se enfadan. Yo les hago un corte de mangas mental mientras España pone el balón en juego. Le llega la bola a Iniesta, que se la pasa a Torres, escorado a la izquierda. Torres centra como suele, es decir, de pena, pero el rechace de la defensa holandesa lo recoge Cesc, que se la pasa a Iniesta, que la revienta para incrustarla en la red holandesa. Goooool de España! Nos abrazamos, gritamos, saltamos, reímos… hasta tocamos las putas vuvuzelas, sin darnos cuenta de que los niños están acostados. Yo casi no me lo creo. Estamos a 3 minutos de ser campeones del mundo.

El tiempo vuelve a ralentizarse. Los tres minutos pasan muy lentamente, con los holandeses colgando balones a la desesperada y la defensa española achicando de cualquier manera.
Fin del partido. España es campeona del mundo….

Nos reunimos todos. Abrazos, gritos, saltos…. España es campeona del mundo. Jo, qué bien suena. En medio de la juerga, todavía nos miramos, de vez en cuando, con cara de no creérnoslo del todo. Pero es verdad. Lo está diciendo la tele: somos campeones del mundo. Y ya sabemos que la tele nunca miente.

Estamos a la espera de que nos den la copa. Fotos, risas, comentarios, insultos a los holandeses…. y por fin Íker Casillas, el capitán de la selección española, recibe la copa de campeones del mundo y la eleva al cielo sudafricano.

Y de paso, nos hace un poquito más felices a todos.

Gracias, chicos. Ha sido muy bonito.

viernes, 9 de julio de 2010

ONE FINE DAY

Lunes, 5 de Julio de 2010.


7:50- Suena el despertador. Lo apago.

7:55- Vuelve a sonar. No lo había apagado bien. Menos mal.

7:59- Me afeito. La primera pasada de la maquinilla me hace un corte. No es nada, pero sangra de cojones. Ssssstupendo.

8:02- Afeitado a medias. El lavabo parece el decorado de la matanza de Texas. Me pregunto si alguien habrá muerto desangrado por un corte al afeitarse. Decido que es poco probable.

8:03- Valoro la posibilidad de dejarme barba.

8:04- Decido que la barba en Julio no es lo mejor.

8:15- Salgo de la ducha. No me he caído. El día empieza a mejorar.

8:16- Con la ducha se me ha ido el papelito de la cara y vuelvo a sangrar. Pues nada, más papel.

8:17- Voy a desayunar. No hay café. Ssssstupendo (bis)

8:18- No hay leche.

8:19- No hay galletas.

8:20- Al borde de la desesperación descubro un paquete de Krispies. Bravo y viva! Estoy salvado.

8:21- Los Krispies a palo seco hacen una pasta acojonante en la boca.

8:23- La pasta se disuelve con agua. Bien.

8:25- Me lavo los dientes. Descubro una mancha de sangre en la camisa.

8:26- No hay camisas limpias.

8:27- Valoro la posibilidad de ponerme un jersey.

8:28- Decido que el jersey en Julio no es buena idea.

8:29- Decido que la mancha casi no se ve.

8:33- El coche no arranca. Ssssstupendo (y 3). Nunca me ha gustado esta mierda de coche.

8:35- El coche arranca al tercer intento. Dios, amo a este cacharro.

8:55- Entrada al trabajo.

8:56- Las plazas de parking a la sombra están ocupadas. Curiosamente, por coches con aire acondicionado. El mío no lo tiene. Mierda de cacharro.

8:57- Empiezo a sudar pensando en el momento de coger el coche por la tarde.

9:00- Ya tengo 13 correos urgentes en el Outlook. Va a ser un día duro.

9:05- Me llama el jefe. Reunión en 5 minutos. Trago saliva.

9:07- Me llama el otro jefe. Reunión en 5 minutos. Pregunto si es la misma reunión que con el otro jefe. Me dice que no. Le comento que el tema de la ubicuidad todavía no lo tengo controlado, y si la cuestión se va a resolver atendiendo al primero en llamar, a la antigüedad en el cargo o al escalafón en el organigrama. Me dice que bueno, que da igual, que ya me volverá a llamar.

9:10- Acudo a la reunión con el primer jefe. Está hablando por teléfono. En el antedespacho estamos esperando 5 personas. Decido que es buena señal. No creo que vayan a despedir a 5 tíos de golpe, y si hay bronca, tocaremos a 1/5 de bronca cada uno. Ánimo.

9:25- Seguimos esperando. El acre aroma del teléfono echando humo empieza a filtrarse desde el despacho del jefe.

9:30- Su Excelencia nos honra con su permiso.

9:32- Fin de la reunión. Nos ha encargado elaborar un informe sobre la implantación de una pijada. Los 5 abandonamos el despacho sintiendo una reconfortante sintonía: todos hemos pensado que para una cosa que podía habernos pedido con un simple mail no hacía falta tenernos 20 minutos esperando, y ninguno ha creído oportuno comentarle que la pijada en cuestión lleva 15 días implantada.

10:15- Llamada de centralita. Un proveedor quiere verme. Pregunto si tenía cita. La telefonista me dice que no. Pregunto qué quiere. La telefonista contesta que verme. Medito un instante la posibilidad de que la telefonista me esté vacilando. Al final prefiero pensar que no.

11:33- Fin de la entrevista con el proveedor. Me ha puesto la cabeza como un bombo, me ha hecho mil ofertas que no necesito, he perdido una hora que si necesitaba y mi simpatía por la telefonista ha bajado muchos enteros. Decido que necesito un café.

11:35- En la cafetería la máquina tiene el día creativo: le he pedido un capuchino y me ha puesto un té con limón. Sin azúcar. La maldigo.

11:36- Entra el otro jefe. Pregunta qué tal la reunión. Bien, digo yo. Pregunta qué si tengo un rato ahora. Sí, digo yo. Mira significativamente el té con limón en mis manos. Capto el mensaje, abrevio el trámite y lo acompaño a su despacho.

11:38- Llegamos al despacho del otro jefe, ambos en silencio: él parece pensativo; yo tengo quemaduras de 2º grado en la lengua. Espero que diga algo.

11:40- Fin de la reunión. Me ha encargado otro informe sobre la implantación de otra pijada, totalmente incompatible con la pijada que ya está implantada y sobre la implantación de la cual me ha pedido otro informe el primer jefe. Decido que tengo problemas: debo elaborar dos informes contradictorios, mis jefes no saben utilizar el correo electrónico, tengo la lengua abrasada y sigo necesitando un café.

12:15- Llamada de centralita. Otra visita. Pregunto si es otro proveedor. La telefonista contesta que no. Le pido que me dé alguna pista. Es un inspector de trabajo. Hoy no es mi día.

12:45- Prueba superada. Un trámite de documentación. Hemos tenido suerte y el inspector se había tomado su medicación.

12:47- De vuelta al despacho. Los correos urgentes se han multiplicado por 5. Malditos. Debí haberlos contestado antes de que llegaran a la edad de reproducción.

13.45- Liquido el tema correos. El teléfono lleva un rato sin sonar. No es que lo eche de menos, pero es raro. Lo miro y compruebo que estaba mal colgado. Definitivamente, necesito un café.

14:00- Cambio de turno del personal. Hora de visitas. Se me plantea la misma queja por parte de 12 trabajadores. Me pregunto de qué coño hablan en la hora del café. Está claro que el trabajo en común no es una virtud con mucho predicamento en la empresa.

14:35- Vamos a comer. Ni me he dado cuenta de la hora que es.

14:50- Terminamos de comer. Probablemente hemos batido algún record mundial. Tengo que mirar en el Guinnes en cuanto está el mejor tiempo.

16:10- Vuelta al curro. No me pregunten. Uno tiene derecho a un rato de asueto en mitad de la jornada laboral.

16:12- Nuevo episodio de la invasión de los correos urgentes. Terror de serie B. Mucho miedo.

16:30- Tema correos solucionado. 36º a la sombra. Al sol, supongo que más, aunque no me atrevo a comprobarlo.

16:33- Correo de mi mujer desde el pueblo. Con una foto de los niños en la piscina. No sé si es para animarme o por joder. Decido pensar bien. La otra opción no me llevaría a nada bueno.

17:05- Paseo por las instalaciones. Efectivamente, al sol hace todavía más calor que a la sombra.

17:09- Doy por concluido el paseo. Demasiado calor. Todavía quedan 2 horas para salir? Seguro que este reloj funciona?

17:10- Pues si, si funciona. Decido dedicarme a los correos no urgentes.

17:20- Acabo de enterarme de que el orgasmo del cerdo dura 30 minutos. Echo cuentas: no llego a 30 minutos ni sumando todos los de mi vida. Qué cabrón, el cerdo.

17:25- Acabo de enterarme de un truco utilísimo para pagar menos llamando por teléfono a números 901 y 902. Está siendo una tarde productiva, pero no dejo de darle vueltas a lo del cerdo. La envidia me está amargando.

17:41- Me llama el Jefe para pedirme unos documentos. Le prometo que en un minuto se los mando.

17:45- Le mando los documentos.

17:48- Llamada del otro Jefe para preguntarme por qué le he mandado esos documentos. Lo del cerdo me ha impresionado tanto que me he confundido de Jefe.

17:50- Le envío los documentos al Jefe correcto.

18:10- El Jefe me llama y me pide que vaya a su despacho.

18:12- Llego a su despacho. Está hablando por teléfono. Me imagino otros 20 minutos de espera, como por la mañana.

18:24- Sólo han sido 12. Bravo y viva.

18:25- El Jefe es conciso. Quiere que lo acompañe a dar una vuelta por las instalaciones. Cerca de 40º a la sombra, recuerden. Se podrá considerar esto como mobbing? Digo que faltaría más.

19:15- Volvemos al despacho del Jefe. Él está fresco como una lechuga. Yo sudo como un pollo. Pienso que tengo 10 años menos que el Jefe y me deprimo. Pienso que dentro de un momento tendré que coger el coche convertido en una sauna y me deprimo más.

19:25- Fin de la reunión. El informe que por la mañana no tenía prisa lo quiere dentro de 2 días.

19:35- Valoro la posibilidad de ducharme antes de irme a casa. Decido que sería una tontería, porque al entrar en el coche volvería a sudar como un pollo.

19:37- Me subo al coche. Vuelvo a sudar como un pollo.

20:10- Llego a casa, después de chuparme el atasco al sol y sin aire acondicionado. Intento ser positivo: mi brazo izquierdo y el lado izquierdo de mi cara se están poniendo morenos. Algo es algo.

20:20- Debería planchar, pero me da pereza. Decido salir a correr. Tengo la sensación de que estoy olvidando algo.

20: 30- Vuelvo a casa. Sigue haciendo demasiado calor para correr. Decido ducharme.

20:35- Estoy en la ducha cuando recuerdo lo que se me olvidaba: no he ido a comprar galletas, ni café, ni leche. Mierda. El recuerdo del engrudo de Krispies hace que un escalofrío recorra mi espalda.

20:36- Me hago la firme promesa de ir mañana a comprar. Sin falta.

20:50- Ceno un plátano.

21:10- Comienzo a zapear en la tele, en busca de un programa que me guste y que sea corto. No quiero acostarme tarde, y sé que si me lío a poner películas en DVD al final voy a trasnochar.

22:55- No encuentro nada visible. Pongo un DVD. Mientras ajusto el menú intento pensar qué coño ha pasado con las dos horas anteriores.

01:36- Despierto sin saber dónde estoy.

01:37- Consigo aterrizar. Estoy en el sofá y la película ya ha terminado. Me voy a la cama.
Viernes 16 de Julio de 2010
Recibo un indignado mensaje de mi hermano: "Cómo te atreves a llamar cacharro a MI coche" (él fue el que me lo vendió, hace años; pero por lo visto el hecho de que yo se lo pagara religiosamente no fue suficiente para desatar los lazos afectivos que le unían al bólido). Me exige una reparación de tamaña afrenta. En fin, un hermano es un hermano (que cada uno entienda esto como quiera), así que ahí va la rectificación: mi co.... su co... el coche es lo más mejor del mundo mundial. Lo quiero. No podría vivir sin él.
Ya ven. Ha sido un día genial... que ha durado unas 270 horas.

jueves, 8 de julio de 2010

SUDÁFRICA 2010 (VI): ESPAÑA ÜBER ALLES

España jugará el domingo la final del mundial. España jugará el domingo la final del mundial. España jugará el domingo la final del mundial.

Disculpen, pero estaba probando, a ver si repitiéndolo en plan mantra me lo creía. Va a ser que no. Ni con la repetición. Si les soy sincero, me da miedo despertarme y descubrir que todo esto sólo ha sido un sueño. En cualquier caso, habría sido un bonito sueño.

España jugará la final después de ganar a los alemanes en semifinales. Y de ganarles bien, además. Los otrora invencibles germanos ayer no supieron ni de donde les venía el aire. Lo intentaron, con esa mentalidad prusiana que aún atesoran algunos de sus componentes (aunque para mí que la multiculturalidad y el mestizaje no les ha sentado demasiado bien, la verdad: han ganado calidad, pero han perdido aquel espíritu indomable que los asemejaba a una División Panzer, y no sé si les compensa), pero España era superior, y a la diosa fortuna no le dio esta vez por echarles una mano a los teutones, así que prevaleció la justicia.

Vamos con la crónica.

Veo el partido de nuevo con mi mujer y mi cuñada. Se caen de la anterior alineación mi suegra, los niños y mi cuñado. Por un lado, la cosa es menos entrañable. Por otro, más cómoda. Además, tiene la ventaja de que con este público me puedo lucir contando historietas y exhibiendo mis conocimientos futbolísticos.

Primer tiempo.

España controla la pelota. Alemania no sale de su campo. El ritmo de balón es infinitamente más rápido que en partidos anteriores. Casualmente, sin Torres en el equipo. Yo no digo nada, pero…

Hacia el minuto 15, se produce uno de los momentos más importantes del partido: llega el repartidor de pizzas. Cuatro quesos y especial de la casa. Humm, huelen bien… Me cuesta centrarme en el juego, y Alemania aprovecha esta ligera laguna para desperezarse, pero poco, en plan no quiero molestar. España no ha creado ocasiones de gol, pero sigue dominando.

Mis chicas deciden que todavía no es hora de cenar, así que dejamos las pizzas en la mesa y seguimos viendo el fútbol. Mi cuñada resalta algunos detalles tácticos inquietantes. El entrenador alemán es un tipo interesante (¿?). El lateral izquierdo tiene un cuerpazo impresionante (¿?). Se me ocurren varias cosas para contestarle, pero al final me callo. Tengamos la fiesta en paz.

Puyol remata alto un balón de Iniesta. Uy. Los alemanes siguen sin salir de su campo. España está jugando bien. Mi mujer y mi cuñada se enzarzan en una surrealista discusión acerca de si los rizos de Puyol han sido los culpables de que el balón saliera alto. Mujeres.

Los alemanes se estiran un poco, y así a lo tonto consiguen un saque de esquina. Sensación de acojono generalizada. Un plano corto nos revela que los tiparracos de la camiseta blanca nos sacan unos 30 cm de ventaja, como media. Tragamos saliva. Casillas despeja mal y cede otro córner. Ya no me queda saliva para tragar, así que pruebo con una cerveza. Mucho mejor. Los comentaristas le echan la culpa al balón, pero me temo que la causa sea más grave: el efecto Carbonero ya ha pasado. Si es así, que el cielo nos ayude.

Sigue pasando el tiempo con la misma tónica. La tensión es inaguantable. El olor de las pizzas también. España sigue dominando, pero no acaba de encontrar la manera de meterle mano (es un decir) a los alemanes. Al menos ellos tampoco crean peligro, lo cual es tranquilizador.

Un minuto después, contraataque alemán y Özil se planta sólo en el área. Ponemos cara de susto. En el último instante, Ramos llega junto al alemán y éste se cae. Un comentarista dice que es penalti. Traidor. El árbitro no pita nada. Bien hecho. No hay más que verle la cara al alemán para saber que no ha sido falta. Tiene pinta de enfermo. Para mí que ha sido una bajada de tensión.

Llegamos al descanso. Ganamos cero a cero.

Segundo tiempo.

La cosa empieza mucho mejor, debido sobre todo a que decidimos comernos las pizzas de una puta vez. La selección sigue más o menos igual, pero los alemanes están desconocidos. Parecen más lentos, como cansados, y ni siquiera han dado una triste patada. Los alemanes se cansan…. El descubrimiento me abruma. Decido que necesito otra cerveza.

España está completando los que sin duda son sus mejores minutos del Mundial. Alonso, Pedro y Villa deciden organizar un revival de la Legión Cóndor y comienzan a bombardear al portero alemán. Por televisión ponen un plano corto del chaval, que empieza a tener cara de susto. Los alemanes se asustan… otro descubrimiento. Mi cuñada pone el toque técnico a la cuestión: qué ojazos tiene el portero alemán. Mujeres. Cómo pueden pensar en esas cosas en estos momentos.

Jugada de fantasía de los españoles. Marean la perdiz por un lado, cambian al otro, se van a la esquina, salen de ella, entran en el área, pases de tacón, y de repente Iniesta que se queda solo delante del portero y en lugar de pasar a Villa elige chutar fuerte. El balón sale desviado. Villa no llega por poco. Si entra es el gol del mundial. Mi cuñada echa pestes de Iniesta. Claro, como no tiene los ojos bonitos…

Cambio en Alemania. Entre Pedro, Xavi y Ramos llevan un rato bailando al lateral izquierdo, y el entrenador lo cambia por otro todavía más grande, más rubio, con más cara de mala leche… en resumen, más ario. Mi cuñada no le hace ascos al cambio. No sé si eso es buena señal. Estoy tentado de acusarla de colaboracionista (colaboración horizontal, como decían en Francia en la 2ª Guerra Mundial; qué gráficos son los franceses, ¿verdad?).

Otro cambio en Alemania. Se va un alemán de origen polaco y entra otro ario puro. La Panzerdivisionen van tomando cuerpo de nuevo. Ya sólo les quedan en el campo dos polacos, un turco y un tunecino. Un comentarista, supuestamente experto en fútbol, dice que el que entra es el mejor chutador del mundo mundial. Que mucho cuidado, que con su potencia y los efectos raros del balón… Desde luego, experto en fútbol no sé, pero lo de acojonar al personal se le da bien.

Jugada de fantasía de Alemania (esto es, más de 3 pases seguidos) que culmina con un centro de Podolski al área y un remate de volea del anteriormente proclamado mejor chutador del mundo mundial. Casillas hace una buena parada. O el alemán no era para tanto como decía el experto o ha habido terapia Carbonero en el descanso. Mi cabeza se va del partido por unos momentos…

Minuto 73. Córner a favor de España. Recuerden, los alemanes son altos y fuertes, y nosotros bajitos. No me parece posible que vayamos a ganar el partido en una jugada así. Mi mujer, que tiene un don para adivinar algunas cosas, dice que tendría gracia que les metiéramos gol de cabeza.

Minuto 74. Gol de España!!!! Saltos, abrazos, gritos, más saltos. Toma Puyol, toma rizos, toma salto, toma remate. Gol de España!!! Por todas las ventanas, la gente se asoma para gritar, sacar banderas, hacer sonar bocinas,…. la de Dios. En medio del jolgorio, me asaltan dos pensamientos a cual más inquietante: no entiendo una mierda de fútbol y mi mujer es un poco bruja.

Los alemanes hacen de tripas corazón y a falta de más argumentos se van para arriba con dos cojones. A toda España se le ponen los ídem por corbata. A toda? No. En un alejado rincón de Sudáfrica, un pequeño grupo de irreductibles hispanos aguantan la invasión del imperio germánico. ¿Su secreto? ¿Una pócima? ¿Un druida? Nada de eso: una periodista fetiche. Bueno, eso, y que juegan al fútbol de puta madre.

Asedio alemán sin consecuencias.

Contraataque español sin más consecuencias que evidenciar que Villa está reventado. Cambio en España: se va Villa y entra Torres. Nunca la frase “dormir el partido” ha tenido tanto sentido.

Asedio alemán sin consecuencias (deportivas, porque cardiológicas es otra cosa).

Contraataque español sin más consecuencias que provocar un ridículo espantoso: Pedro y Torres contra un defensa y el portero. El canario se ha hecho la picha un lío y ha perdido el balón. Mi mujer le dedica una especie de maldición al pobre chaval. Mi cuñada se muerde las uñas, envuelta en una bandera española gigante. Yo tengo miedo, aunque no sé si de los alemanes o de mi mujer.

Fin del partido. España en la final del Mundial!!!! Gritos, abrazos, saltos… el salón de casa es una locura. Nos asomamos a la ventana. En todos los pisos la gente está saliendo a las ventanas con banderas, bocinas, gritando…. Nunca había visto algo así… Claro que nunca habíamos llegado a la final de un Mundial, y eso también influye.

Tercer tiempo.

Mis chicas se han emocionado (es una sensación extraña ver el fútbol con dos mujeres; que ellas resulten ser más forofas que tú, sencillamente, no tiene nombre) y deciden salir a dar una vuelta y celebrarlo. Total, hace un calor que no hay quien aguante en casa. Se aprueba la moción.

León entera es un auténtico escándalo de coches pegando bocinazos, gente vestida de rojo. Caras de felicidad por todas partes. Llegamos a la plaza de Santo Domingo, tradicional punto de encuentro para celebraciones deportivas. El tráfico está cortado. La fuente del centro está petada de gente, empapada, feliz, berreando. Yo soy español, español, español. Banderas al viento, toda la plaza botando, todo el mundo gritando.

Seguimos hasta el Barrio Húmedo, por la Calle Ancha. Aglomeración histórica. Más botes. Más cánticos. España entera se va de borrachera. Me parece un buen plan. Si no hubiera que trabajar mañana….

Nos tomamos unos cacharros en la Plaza de San Martín. Todo el mundo va de rojo. Mi cuñada nos hace peregrinar en busca de un sitio abierto en el que poder comprar una bandera, una camiseta, un banderín,…. algo rojo. Peregrinamos sin éxito. Tomamos otro cacharro. Mi mujer me dice que le apetece un Cacique cola. Le digo que hoy no: si quiere ron, que sea Bacardí, que es español. Un grupo que pasa cerca me escucha el comentario y se emociona: nos rodea, empiezan a botar, a pegar bocinazos, a abrazarnos, a cantar. Yo soy español, español, español. Creo que mis chicas están empezando a asustarse. Para mí que no tenían muy claro dónde se metían cuando decidieron salir, pero tampoco es cosa de echárselo en cara ahora. Volvamos a casa.

Llegamos a casa. Ya no hay tanto ruido. Sigue haciendo calor. Somos felices.

Y somos españoles.

miércoles, 7 de julio de 2010

PASÁNDOLO BIEN

Hoy he salido a correr después del trabajo. A pesar de que los termómetros marcaban por encima de los 30º, necesitaba quemar energía. Así que me he puesto el equipo, he enchufado la música, y a la calle.

El suelo reverberaba, y el olor del asfalto semifundido era tan fuerte que he decidido ir a correr al parque de La Candamia, por el circuito que está al lado del río. El problema es que es un circuito más largo que el habitual, y hacerlo después del trabajo lo convierte en más duro todavía. De manera que me lo he tomado con calma, y he empezado suave. Ha sonado esta canción, que me gusta para ir con un ritmo más o menos cómodo. Hay días que el modo aleatorio se porta bien, y te hace coincidir la música con el ritmo, el paisaje y el estado de ánimo.

Sorprendentemente, me he encontrado bien. Digo sorprendentemente porque al salir de currar me notaba cansado, y esperaba que la carrera se me hiciera más dura. Pero no, he cogido el ritmo muy bien e incluso me he asustado un poco cuando he mirado el reloj y he visto que iba mucho más rápido de lo que yo creía. Genial. Eso siempre me pone de buen humor.

Más o menos a mitad de recorrido me he dado cuenta de que iba adelantando a varios corredores, y a pesar de que alguno lo intentó, ninguno pudo seguirme el ritmo. El hecho de que ninguno bajara de los cincuenta tacos no impidió que mi humor siguiera mejorando. No pensaba en nada. Simplemente escuchaba la música y me concentraba en respirar. Es lo que más me gusta de correr: estás un rato sin pensar en nada.

Pero en un momento dado, me ha adelantado una mujer. Y qué mujer. Tenía treinta y pico años y una figura espectacular. Madre mía, que piernas, qué culo. Así que me ha saltado el automático que todos los hombres llevamos dentro y a pesar de que ella iba un poco más rápido que yo, he pensado que merecía la pena intentar no perderla de vista. Total, para mirarle las piernas y el culo tampoco me hace falta pensar. Ante todo coherencia.

Así que le he dado unos 5 metros y he intentado que no se escapara más. Y, oigan, he aguantado. Está claro que no hay como tener la motivación adecuada. Nos hemos tirado un buen trecho así, yo mejorando mi tiempo y ella supongo que dudando entre acelerar y perderme de vista o darse la vuelta y soltarme una hostia. Hasta que hemos llegado hasta el punto del circuito en el que puedes elegir seguir corriendo por la orilla del río o pasar al otro lado y subir a correr por los cantiles. Eso supone que en lugar de correr a nivel, te esperan cerca de 3 kilómetros de subidas y bajadas de fuerte pendiente. Y me ha vuelto a saltar el automático, esta vez el de la superación personal.

He decidido que hoy era el día de los retos, así que he dejado irse a mi estupenda liebre, con gran pesar, todo hay que decirlo, y me he dispuesto a la escalada. El primer tramo es una pendiente muy fuerte, y llegas arriba prácticamente muerto. Afortunadamente, después viene un tramo más o menos llano, que permite recuperar. Lo he pasado dignamente, sin plantearme abandonar más de 3 o 4 veces. Gracias a Dios, ha sonado esta canción, que siempre ayuda.

Lo bueno de esa parte del circuito es que tienes una visión muy chula de la ciudad de León al atardecer. Es un sitio estupendo para correr. Y más hoy, que las piernas y los pulmones me estaban respondiendo genial y el modo aleatorio estaba que se salía.

Por fin he enfilado la parte de bajada, en la que ya no disfrutas tanto del paisaje, porque tiene casi tanta pendiente como la subida inicial, y si no te fijas en dónde pones los pies te puedes meter una leche importante. Normalmente es una parte que hago con el freno de mano, para no emocionarme demasiado, pero hoy me he dejado ir, y he bajado rápido, la verdad. Creo que nunca había corrido tan rápido.

La parte final del circuito coincide con la entrada al parque. Es la más distraída, porque al lado de la pista hay una gran extensión de césped y en esta época hay mucha gente, así que mientras corres puedes ver algún partidillo de fútbol, algún grupito con guitarras haciendo una pequeña jam session o alguna pareja dándose el lote sin ningún recato. Al aproximarme a la salida del parque he visto de nuevo, a lo lejos, a mi antigua liebre. Estaba estirando, justo al lado de la puerta. Entonces ha sonado esta canción, y miren por donde, la he encontrado adecuada. Me refiero a que la canción me gusta, y la chica se parecía a Christina Amphlett, la cantante de los Divinyls, no a la letra (aunque también pudiera encajarle… mmm… mejor dejo el tema; habíamos dicho que no iba a pensar, y mucho menos según que cosas).

A medida que yo me iba acercando, he visto cómo ella terminaba de estirar y se dirigía a su coche. Y, oh, sorpresa, me ha saludado al pasar. Le he devuelto el saludo, creo que con cara de pasamarote, y mientras ella subía al coche yo he seguido corriendo hasta casa (vivo como a 1,5 Km de la entrada del parque), ligeramente defraudado: así que es de esa gente que va en coche a correr (no sé muy bien por qué, pero eso no me gusta demasiado; aunque sigo creyendo que tenía unas piernas espectaculares).

Como fin de fiesta, cuando he enfilado los últimos 500 metros, que es cuando ya aprieto y procuro hacer a tope, ha sonado esta canción, que viene muy bien para esos instantes de esfuerzo máximo. Por lo visto el MP3 también estaba de buen humor.

Al final han sido 45:32 para algo más de 8 km. No es para tirar cohetes, pero tampoco está mal.

En resumen, uno de esos días en los que disfrutas. En los que pasas un buen rato y descubres que hay detalles sin demasiada importancia que consiguen hacerte sentir bien.



PS: La foto de arriba es la vista que tengo mientras corro.