viernes, 30 de abril de 2010

MAGIA

Si ha habido un deportista que haya conseguido emocionarme, ese ha sido Earvin Johnson. Más conocido por su apodo, “Magic” Johson no fue sólo un jugador excepcional, divertido, espectacular: también cambió para siempre el destino de un deporte, algo que muy pocos han podido hacer a lo largo de la historia. Y lo hizo, además, cuando yo era un tierno adolescente que aún creía en los héroes, lo que le mantendrá para siempre en el nº 1 de mis mitos deportivos de todos los tiempos.

Descubrí el baloncesto, la NBA y a Magic casi al mismo tiempo, mediada la década de los 80. Era la época del boom del baloncesto en España. La selección acababa de ser plata olímpica (¡plata olímpica!) en Los Angeles, y por todas partes proliferaban canastas, convirtiendo las pistas deportivas, antaño monopolizadas por el fútbol, en una curiosa mezcolanza de jugadores, balones, atuendos…


En aquella época comenzó a emitirse un programa los viernes por la noche, en un impresentable horario de madrugada, que se convirtió pronto en un objeto de culto para unos cuantos mitómanos noctámbulos: Cerca de las Estrellas. Comandado por el simpar Ramón Trecet, emitía un partido de la NBA, invitaba como comentarista a algún famosete al que le gustara el baloncesto y charlaban de las figuras más relevantes de la liga americana, que es tanto como decir de los mejores jugadores mundiales, de largo.








Era la época dorada de la NBA. Durante la década de los 70, la liga había languidecido, bajando año tras año la asistencia de espectadores a las canchas y las audiencias televisivas. Pero, a principios de los 80, todo cambió: impulsada por la rivalidad entre dos equipos míticos, los Boston Celtics en la Costa Este y Los Angeles Lakers en la Costa Oeste, la NBA se convirtió en pocos años en un fenómeno mundial, que trascendió el papel de un mero acontecimiento deportivo para convertirse en la mejor propaganda del American Way of Life. Y el motivo principal fue la irrupción en la liga de dos jugadores que llevaban maravillando al país desde que eran unos críos y jugaban en el instituto: por un lado, Larry Bird, de French Lick, Indiana, que recaló en los Boston Celtics; por el otro, Earvin “Magic” Johnson, de Lansing, Michigan, que fue a parar a Los Angeles Lakers. Ya hablaremos de Bird más adelante; hoy es el turno de Magic.


Magic creció en Lansing, una ciudad en la periferia de Detroit, en una familia obrera que había emigrado desde el sur. Desde su más corta edad destacó por su altura, y salvo una breve incursión en el fútbol americano en la escuela, pronto se decantó por el baloncesto. Para cuando llegó al instituto, Earvin Johnson ya era conocido más allá de las fronteras del estado de Michigan. Los periódicos comenzaron a mandar corresponsales a los partidos del equipo del instituto para ser testigos, un día tras otro, de las proezas de aquel espigado chaval que hacía lo que quería dentro de la pista.


Porque Johnson hacía de todo: era un tipo alto, que dominaba el juego cerca de la canasta, pero también podía botar el balón como un base bajito, y tenía una habilidad para el pase fuera de lo común. A esto se le unía una velocidad y un sentido del espectáculo que pocas veces se había visto antes, así que, efectivamente, la sensación que dejaba ver un partido suyo era la de haber asistido a algo mágico.


Por eso un periodista de Lansing le propuso comenzar a utilizar ese apodo, cuando Johnson tenía 16 años: “¿Qué te parece si te llamo Magic?” “¿Magic? Muy bien, como quieras”, fue la despreocupada respuesta de un chico que no sabía todavía que sería conocido por ese apodo el resto de su vida, en todo el mundo.


Para cuando cumplió 18 años, el estado de Michigan se movilizó en pleno para lograr que Magic jugara en la universidad local, Michigan University, un gigante a nivel nacional, con una gran tradición deportiva. Había otras ofertas, como jugar en Indiana University, a las órdenes de Bobby Knight, una leyenda viviente. Sin embargo, la parte sentimental pesó más que cualquier otro argumento, y Magic acabó jugando en la (relativamente) pequeña Michigan State University. Estaba cerca de casa, y había visto los partidos de los Spartans (apodo del equipo) desde pequeño, soñando con ser uno de ellos algún día. Ese día había llegado, y Magic lo vivió como un sueño.


Contagió su entusiasmo a sus compañeros, y el primer año mejoraron de manera increíble el record de victorias del año anterior. El segundo, cuando Magic tenía 20 años, llegaron a la final, contra el equipo del otro jugador que atraía la atención del país: la Indiana State de Larry Bird. Más que un partido entre dos equipos, aquello se planteó como un duelo entre las dos estrellas emergentes, un cara a cara entre Magic y Bird. Ganó Magic 75-64. La leyenda comenzaba.


Al año siguiente Magic anunció su decisión de dejar la universidad e incorporarse a la NBA. Y tuvo la suerte de que fueran Los Angeles Lakers los que se hicieran con sus servicios: un equipo mítico, con un gran jugador (Kareem Abdul Jabbar) y en renovación, lo que suponía una ventaja para que un novato pudiera disfrutar de minutos. Magic los tuvo desde el primer momento, y no defraudó: contagió a sus compañeros, aburrió a sus rivales y asombró a un país que nunca antes había visto algo semejante. Aquel novato descarado, desgarbado y con una eterna sonrisa en la cara, podía jugar de base, de alero, tirar de lejos, rebotear, pasar,…. Lo hacía todo, y lo hacía todo bien. Y, además, lo hacía espectacularmente bonito.


El punto culminante de su temporada de debut fue en el sexto partido de las finales de la NBA. Los Lakers jugaban contra los Sixers de Philadelphia, un tremendo equipo en aquellos años. Kareem, el jugador más importante de los angelinos, se lesionó al final del quinto partido, aunque aún fue capaz de ganarlo para su equipo y dejarlo en ventaja de 3 a 2. Los Lakers sólo necesitaban ganar uno más para ser campeones. Pero Kareem no podría jugar el siguiente, y sin él nadie apostaba nada por los Lakers. Excepto Magic.


En el vuelo rumbo a Philadelphia para jugar el 6º partido, decidió sentarse en el asiento que habitualmente ocupaba Kareem, y animó a sus compañeros con una de las frases que le gustaba soltar de vez en cuando, quizá como recuerdo de sus años de DJ en la universidad: “Hey, guys, no fear. EJ is here” (Hey, chicos, sin miedo: aquí estoy yo). Nadie le tomó en serio. Hicieron mal.
Porque Magic jugó posiblemente el mejor partido de su vida, y eso es mucho decir. Jugó como base, como alero y como pívot. Encestó, pasó y reboteó. Anotó 42 puntos, cogió 15 rebotes, dio 7 pases de canasta a sus compañeros y robó 3 balones. Los Lakers ganaron el partido y el campeonato, y Magic, en su primer año en la liga, obtuvo el premio de mejor jugador de las finales y el reconocimiento mundial.


A partir de ahí, una carrera plagada de éxitos, el mayor de los cuales fue dejar su impronta en el deporte que amaba. Ganó 4 campeonatos más, en el 82, 85, 87 y 88. Fue elegido 3 veces mejor jugador de la liga (MVP), y otras 3 veces mejor jugador de las eliminatorias finales. Se hinchó a meter puntos. Dio asistencias para aburrir. Y fue el artífice de que los Lakers y el baloncesto se convirtieran en sinónimo de diversión, transformando la década de los 80 en el famoso Showtime ( tiempo de espectáculo).


Además de los títulos oficiales, estadísticos, Magic atesora otras perlas en su currículum. Con él los Lakers ganaron por primera vez en la historia unas finales a su archienemigo los Boston Celtics (en 1985; los californianos habían perdido nada menos que 7 finales ante los orgullosos verdes, y estaban un poco acomplejados). Con él los Lakers lograron ser el único equipo en la historia que consiguió ganar un partido decisivo y hacerse con el título en casa del eterno rival, el mítico pabellón Boston Garden (en 1987, con una jugada clave de Magic, un gancho imitando al famoso gancho de Kareem que le dio la victoria a su equipo). Con él en el equipo, Kareem pudo prolongar su vida deportiva hasta los 40 años, convirtiéndose en una leyenda viva cuya contemplación fue un privilegio para espectadores de distintas generaciones. Y cuando el equipo comenzó a parecerse a un geriátrico, a finales de la década, y tuvo que ceder ante el empuje de las nuevas estrellas de la liga (el empuje de los Bad Boys, los vuelos de Air Jordan), Magic se convirtió en el paradigma del pundonor, del jugador de equipo, de la estrella que odia perder, que lucha hasta la extenuación en pos de la victoria, sin que nada más importe. Aunque parecía increíble, fue en esos años cuando hizo sus mejores números, cuando jugó su mejor baloncesto, cuando fue impresionante verlo dentro de una cancha. Cuando Magic dejó de ser un jugador de baloncesto. Porque durante un par de años, Earvin Johnson, el genio de Lansing, el mago, se convirtió en el baloncesto.


Magic se retiró a principios de la temporada 91-92, cuando se descubrió que era portador del virus del SIDA. Volvió durante un breve periodo para ganar la medalla de oro olímpica en Barcelona 92, formando parte de lo que probablemente sea el mejor equipo que verán los tiempos, el Dream Team (equipo de ensueño). Y después de eso, la magia se acabó.


A lo largo de más de una década, Magic me hizo enamorarme de un deporte que antes apenas conocía. Me alegré con sus triunfos, y me entristecieron sus derrotas. Pero siempre me sentí contagiado de su entusiasmo, de su amor por el juego. Por eso, no puedo describir con palabras lo que hizo Magic: la única palabra que describe la magia es magia, y no es suficiente.


Así que, señoras y señores, abróchense los cinturones. Con todos ustedes, su excelencia Earvin “Magic” Johnson. La magia. El baloncesto en estado puro. Que lo disfruten.







¿A que mola?



5 comentarios:

Anónimo dijo...

Dios mío, cuantos recuerdos.
Magic, Bird, Trecet, las noches de los viernes...
Bonito post, aunque me ha hecho darme cuenta de que ya soy muy mayor.

Pablo

Efe Morningstar dijo...

Mooolaaaa. Mí misma cosa.

Cazurro dijo...

Pablo, pues sí, tempus fugit. Pero consuélate: que nos quiten lo bailado. Piensa que las generaciones actuales se tienen que conformar con LeBron, y no es lo mismo.(Por cierto, ¿soy el único al que LeBron le parece un Geyperman jugando contra Madelmans?)

Efe, ¿cómo que TU cosa? Magic es mío, yo lo ví primero. Puedes quedarte con Jordan, si quieres... (a mi los saltimbanquis nunca acabaron de convencerme, la verdad...)

pseudosocióloga dijo...

El "dream team", término acuñado entonces y que mal uso le han dado después.
En España hubo otro Magico que profesionalmente valía pero las juergas le pudieron.

Cazurro dijo...

Pseudosocióloga, efectivamente, el término Dream Team se ha trivializado mucho desde entonces. Pero el auténtico fue sólo uno: como dirían los clásicos, quien lo probó, lo sabe.
Supongo que te refieres al Mágico González. Yo lo ví jugar (ya tengo una edad), y aún hoy me parece uno de los tipos con mejor técnica que he visto en mi vida, y he visto a muchos... El poder destructivo del cante jondo de Cádiz siempre ha sido subestimado, está claro.