jueves, 17 de junio de 2010

SUDÁFRICA 2010 (I): LA PRIMERA EN LOS MORROS

A estas alturas nadie debería dudar ya de que España es un país de tradiciones. Y la Selección (la Roja, como dicen ahora; yo siempre había creído que la roja era la Pasionaria, pero, en fin), como fiel representante de los anhelos y esperanzas de todos los españoles…. de casi todos los españoles…. de muchos españoles… bueno, de algunos españoles, no puede sino ser consecuente con su propia naturaleza. Si la tradición es joder los pronósticos, pues por ellos que no quede.

Ya lo hicieron hace 2 años, en Austria, cuando la prensa deportiva, en un acto sin precedentes conocidos, no nos daba como favoritos. El equipo ganó la Eurocopa, creo que para sorpresa incluso de ellos mismos. Pero no fue el afán de victoria, el ansia de la gloria deportiva lo que los impulsó: fueron las ganas de dar por el culo a todo el mundo. Porque, recuerden la situación, el equipo llegó a la fase final de la Eurocopa después de una clasificación entre mediocre y mala, jugando una repesca. La selección llevaba dos años (desde la eliminación ante Francia en el mundial del 2006) aguantando críticas (algunas justificadas, todas feroces). La afición pedía el cese del entrenador, y la prensa deportiva, sobre todo la madrileña, pedía su cabeza. Literalmente. Así las cosas, con el clima en torno a la selección, digamos, cálido, ni siquiera los más forofos tenían los huevos suficientes para decir lo de siempre. Es decir, que este año sí.

Y, claro, eso fue demasiada tentación. Una ocasión pintiparada para llevarle la contraria a todo el mundo. Así que la selección jugó bien, tuvo la puntita de suerte necesaria, y ganó el campeonato. Lo que tuvo algunos curiosos efectos colaterales: los jugadores cuya inclusión en el equipo habían pedido hasta la nausea algunos medios y buena parte de la afición cayeron de repente en el limbo del olvido; el seleccionador pasó de villano a héroe sin estaciones intermedias; los periodistas se la envainaron, con la desfachatez que caracteriza a su gremio, y de crucificar al seleccionador pasaron a comerle la polla sin el menor disimulo (Luis siempre ha sido un genio, si lo sabré yo que soy su más mejor amigo desde juvenil); y, en general, el ambiente alrededor de la selección experimentó un cambio espectacular: antes todo estaba mal y ahora no es que todo estuviera bien, es que no se podía hacer mejor. Ninguna decisión se cuestionaba. Todo era perfecto, de lo bueno lo mejor, de lo mejor lo superior. Y si encuentra algo mejor, cómprelo.

Total, que los futbolistas llegan a Sudáfrica con callos en la espalda después de dos años de palmaditas ininterrumpidas (para mí que tanto elogio tiene que acabar por descentrar, quieras que no; más que nada, por falta de costumbre). Y llegan a Sudáfrica para que a las primeras de cambio un equipillo de los Alpes, hecho así como de retales, con un relojero de aquí, un chocolatero de allá, un banquero del otro lado, los ponga mirando a Triana. Como decía ese gran filósofo que es (algún día se le reconocerá) Luis Aragonés, lo malo no es perder: lo malo es que se te queda cara de tonto.

Porque la cosa no ha sentado bien. Lógico. Ninguna derrota cae demasiado bien, pero perder después de meses de sesión intensiva de favoritismo hace que la sensación sea extraña, como poco. Las primeras declaraciones del día después apuntan a que todavía hay posibilidades, pero se dicen con la boca pequeña. Pueden apostar a que faltan milímetros para que empiecen a volar los dardos envenenados.

De hecho, sería más exacto decir que el primer dardo ya ha sido lanzado. El ex seleccionador acaba de rajar, así como sin querer, diciendo que el hubiera hecho esto, y lo otro, y que esto está mal gestionado, desde hace tiempo (léase desde que él se fue). Es decir, que ahí está Don Luis Aragonés, grande de España, aportando su granito de arena para comenzar la bronca (la verdad, olé sus cojones: ya que sabemos que la bronca se va a formar tarde o temprano, alguien tiene que dar el primer paso, que si no estas cosas las vas dejando, las vas dejando… ) Desde luego, si el propósito era calentar los ánimos, va camino de tener éxito, porque algunos tertulianos ya lo han tachado de ventajista, inoportuno, revanchista y traidor a la patria. Qué quieren que les diga: en mi opinión, Aragonés tiene todo el derecho del mundo a decir lo que le salga del cimbel; a él le sacudieron hasta en el cielo de la boca, le llamaron de todo menos bonito, llegaron a la crítica personal. Pero lo aguantó y acabó ganando una Eurocopa: sólo faltaría que no pudiera decir lo que piense, o lo que no piense, por no molestar a nadie. Durante su etapa no se tuvieron tantos remilgos. Otra cosa es que no haya sido elegante, pero, oigan, estamos hablando del mundo del fútbol, seamos realistas. Si quieren elegancia, nos ponemos a hablar de moda y comentamos la colección primavera-verano del Corte Inglés, pero, la verdad, no me apetece mucho.

De todas formas, como siempre hay que buscarle el lado positivo al asunto, me voy a tomar las declaraciones de Luis como un último favor del ex seleccionador a los que fueron sus discípulos hasta hace poco. Porque a España no le va bien el clima la euforia, sino la desesperación. Si estuviéramos hablando de ligar, la mentalidad española no es bajar la luz, poner música de Coltrane y jugar a hacer dibujitos con la lengua en la espalda de la contraria. Nuestro estilo es más bien de cogerla en un rincón oscuro, aplastarla contra la pared e ir al grano, así, un poco a lo bruto. El típico aquí te pillo, aquí te mato, sin sutilezas. Pero, entiéndanme bien, esto no tiene nada que ver con la estética, ni con la táctica de juego, ni con la manera de plantear los partidos, sino con la actitud con la que los jugadores saltan al campo. En medio de tantos parabienes, a lo mejor nos hemos olvidado de que lo más necesario para ganar es desear ganar. Desearlo más que el rival, por lo menos. A veces, ser mejor no basta. Así que tal vez ahora se abra la veda y después de dos años en los que parecía que todo, absolutamente todo, se había hecho perfecto, alguien se atreva a cuestionar algo. Lo que sea, pero algo. Tal vez así nos creamos de una puta vez que hemos venido a competir, y no sólo a coger la copa que el amigo Blatter tenía reservada para nosotros. Y, a la hora de competir, qué mejor motivación para un jugador español que poder dejar en mal lugar a un periodista que le haya criticado.

Porque, y vamos ya con el partido de ayer, España no jugó mal, ni mucho menos. Los suizos ganaron porque tuvieron una potra que no les cabe en el país. Pero esas cosas pasan. Lo único que se puede echar en cara a la selección es que estuvieron…¿cómo decirlo?... blanditos. Que jugaron un poco lento, que no salieron a comerse a los suizos como si fueran los célebres bollos homónimos. Porque eso marca la diferencia. Ayer tardaron más de media hora en meter a los helvéticos en su área. Eso tienes que conseguirlo en 5 minutos, porque de lo contrario, el partido se te complicará. Como se complicó ayer. El toque es una alternativa tan válida como cualquier otra (sobre todo cuando tienes jugadores que lo único que saben hacer es tocar), pero no hay que perder de vista el detalle de que los partidos los gana el que mete más goles, no el que más veces toca la pelota. El toque, la posesión, no son un fin en sí mismos, sino un medio para buscar el gol. Y, ayer, eso faltó. La impresión era que los suizos iban a quedarse contemplando, arrobados, lo bien que la tocamos, y que al final, si no marcábamos gol nosotros, lo harían ellos en propia puerta, como agradecimiento por el grandioso espectáculo brindado por nuestros centrocampistas. En fin, que me parece que eso cabe apuntarlo en el debe de los jugadores.

Y luego está un tema aparte, que es el banquillo. Desde que Del Bosque se hizo cargo de la selección ha venido dando la impresión de que no está tan convencido como su antecesor (o no es tan capaz de gestionarlo) del estilo de los jugones. Ha ido dando una de cal y una de arena. Para empezar, amarra mucho en el centro, con dos centrocampistas menos creativos. Y siempre ha dado la impresión de mantener el esquema que heredó por no sentirse con autoridad moral para cambiarlo, pero no por estar convencido de que sea el mejor. De hecho, ha aprovechado la menor oportunidad para intentar jugar con extremos, con gente más abierta, para darle un estilo más vertical al juego. Todo muy respetable, desde luego. Un poco más indefinido que hace dos años, pero respetable. Porque, al final, los campeonatos cortos (recuerden que en el Mundial se juegan, como máximo, 7 partidos) dependen mucho más del estado de inspiración de los jugadores que del sistema de juego. En la pasada Eurocopa los pequeñitos del centro del campo español estuvieron inspirados, los delanteros tenían la puntería afinada, la defensa estuvo resolutiva y el portero paró lo que tuvo que parar. Independientemente del sistema de juego. Evidentemente, hay estilos que dependen menos de la inspiración, como el fútbol siderometalúrgico de Alemania o el catenaccio italiano. Pero nosotros no somos tan fuertes como los alemanes ni tan listos como los italianos. Tenemos los jugadores que tenemos, y estamos acostumbrados a jugar de una determinada manera. Y dentro de esa manera se admiten variaciones (con o sin extremos, 1 o 2 delanteros, 4 o 5 centrocampistas,…) pero ninguna llegará a buen puerto si los protagonistas no están inspirados. Ahora bien, creo que es más fácil estar inspirado si crees en lo que estás haciendo. Si estás plenamente convencido de cuales son tus armas y vas a morir con ellas. Esa es la tarea del entrenador: ser consciente de que es entrenador de España, y que no le queda otra que apostar decididamente por un estilo de juego, sin que nadie (y sus jugadores menos que nadie) pueda percibir la menor sombra de duda. Si quería juego largo, balones al área y más contacto, que se hubiera hecho seleccionador alemán. O inglés.

Por lo demás, quizá no haya venido mal el resultado. Primero, porque un rejonazo a tiempo siempre es un estímulo, y más con lo sensibles al ridículo que somos por estas latitudes. Y segundo, porque el gol de Suiza ya cubre gran parte del cupo de mala suerte que todos los equipos tienen en el Mundial. Mucho mejor que la mala suerte venga en la fase previa que, como ha sido tradición hasta ahora, en el cruce de cuartos. Hemos empezado mal, de acuerdo. Y quizá no pasemos la fase de grupos. Pues bueno. Tampoco sería la primera vez. Pero, la verdad, no me importaría pasar a octavos por los pelos y de casualidad, y encontrarme a los brasileños. Porque, no sé por qué (será un pálpito), me parece que este año la gran hostia, para variar, se la iban a llevar ellos.

Como comentarios al margen, y una vez vistos ya todos los equipos, cabe destacar que está siendo un mundial vistoso, con errores arbitrales, con cantadas impresentables de los porteros, goles de carambola, mucho ruido en las gradas (nota mental: averiguar el nombre del inventor de las vuvuzelas y contratar un par de sicarios para que le metan no menos de una docena de las mismas por el ojete)…. Es decir, fútbol en estado puro.


PS: Se me olvidaba mencionar (imperdonable por mi parte) lo que hasta ahora es, indiscutiblemente, lo mejor del mundial: Sara Carbonero. Fíjense cómo será que verla 10 segundos compensa escuchar al bobochorra de J.J. Santos durante 90 minutos…

No hay comentarios: