lunes, 26 de julio de 2010

CUENTA ATRÁS

Hoy estoy optimista. Puede que sea mi manía de ir a contracorriente de la mayoría (¿a quién le gustan los lunes?), pero también puede tener algo que ver el que la semana que empieza sea la última antes de las vacaciones, que es un detalle que también anima lo suyo [1]

De hecho, me siento tan optimista que me veo capaz de extraer del fin de semana sólo lo positivo, soslayar lo negativo, y sentirme incluso inclinado a pensar que han sido un par de días maravillosos. Vamos con un pequeño extracto de lo más destacable, para que se hagan una idea.

El finde comienza el viernes por la tarde. Llego del trabajo y recibo una breve visita de mi hermano, que me trae unos juguetes que ha comprado para los niños, una especie de pistolas de agua (aunque eso es quedarse cortos: en realidad, son la Magnun 44 de las pistolas de agua). Aprovecha para recordarme que le debo un post, para meterse un poco conmigo, y de paso, con su novia, allí presente. Me pone de buen humor. Esos ratos de esgrima verbal con mi hermano me molan.

Disfruto del viaje como un indio. Me he comprado un nuevo juguete para el coche, un MP3 emisor de radio, con lo que puedo sintonizarlo con el aparato del coche. El viaje es una gozada, aunque tengo que procurar meter en el cacharro menos música cañera, porque luego me embalo, y hay algunas curvas que empiezan a ser peligrosas a 140 Km/h.

Llego a tiempo de acostar a los niños. Bien. Sumo puntos para el premio de Padre del Año.

El sábado hay una megarreunión familiar. Así que aprovecho para correr por la mañana, y después de comer me escaqueo y me paso la tarde jugando con los niños. Mato dos pájaros de un tiro: me libro de hablar con los adultos y sigo sumando puntos para Padre del Año.

Sábado por la noche. Llega lo mejor del fin de semana: se van las visitas. No quepo en mí de gozo.

Domingo por la mañana. Excursión por el monte. Los niños peleándose para que les lleve subido en los hombros (ellos dicen “a caballito”). Empiezo a pensar que jugar tanto con ellos no es buena idea. Están cogiendo demasiada confianza, los malditos.

Después de la excursión, los enanos se meten en la piscina hasta la hora de comer. Además de darme una envidia mortal, como están provistos de las armas proporcionadas por mi hermano, aprovechan para ponerme como una sopa. Medito si enfadarme y perder puntos o tomármelo con filosofía. Decido no enfadarme: total, hace un calor tremendo, así que incluso me viene bien el remojón.

A la hora de la comida, un momento cumbre. Vale que el menú consistiera en alcachofas, que odio, y que abriéramos una botella de Marqués de Murrieta Reserva del 97 sólo para constatar que se había estropeado en la pseudobodega en la que guardamos el vino (una botella más echada a perder, y van….), pero todo eso palidece ante el arroz con leche que tuvimos de postre. Inenarrable.

Y no se vayan todavía, aún hay más. En el café, buenas noticias: mi cuñada se pira de viaje. Una semana a Turquía y después dos a Etiopía. Hurra. Tres semanas sin verla… Con los destinos que ha escogido, es poco probable que le gusten tanto como para reengancharse, así que supongo que volverá. Pero, oigan, son tres semanas… [2]

Siesta en el sofá, viendo (es un decir) el Tour. Como mandan los cánones. Ah, qué bien sienta…

Juegos infantiles. Paseo por el pueblo. Vuelta a casa y más juegos infantiles. Con una novedad: como los peques empiezan a cansarse del fútbol (el efecto del mundial les ha durado poco), decido iniciarlos en el maravilloso mundo del baloncesto. Cuelgo de un manzano el cubo de recoger la fruta y les explico los rudimentos del lanzamiento: 4 de los 5 infantes presentes (el pequeño pasa de mí olímpicamente) van tirando a canasta (o a cubo, para ser exactos) por riguroso orden. Como es algo nuevo, les entusiasma. Y, además, tiene la ventaja de que yo no tengo apenas que hacer nada: sólo coger el balón cuando, por una de esas casualidades de la vida, alguno encesta. Aunque tengo que reconocer que mi hijo pequeño apunta maneras. Y yo entiendo de esto, créanme, que me he pasado muchas horas en pistas de baloncesto.

Baño de niños, cena, película de dibujos (tocó Willy Fog, quizá en honor de mi cuñada) y a la cama. Sigo sumando puntos.

Durante la cena, llega un vecino a convocar a los hombres de la casa para unos trabajillos de limpieza del río, el lunes por la mañana. Los que tenemos que trabajar y nos vamos a pirar en breve sonreímos, los que ya están de vacaciones y se quedan en el pueblo (les toca pringar) reprimen una palabrota.

Me despido del personal hasta el próximo fin de semana. Hay una noche estupenda, con una luna llena espectacular. Poco tráfico en la carretera.

En el viaje de vuelta, mi nuevo juguete del coche me regala esta canción.

¡¡¡Y ya sólo me faltan 5 días para quedarme de vacaciones.!!!

[1]No sé si existe el síndrome prevacacional, pero si es así, seguro que yo lo he pillado.

[2]- M.J., ya sabes que es broma. Te echaremos de menos y esperamos que lo pases muy bien. O, al menos, que no te secuestre nadie.

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